Una moneda de plata

Nada más te queda.

Al otro lado de tus párpados continúa la queda cacofonía de la sala, el crujido de los camastros, el gemido unánime y algún grito ahogado, el susurro helado de las corrientes de aire. Muy de tanto en tanto los pesados pasos descuidados de André. Imaginas la noche de febrero cayendo fuera. La noche cruel sobre las arenas brillantes de escarcha, sobre el mar brillante y cruel, sobre las alambradas y las armas de los guardianes negros. Y sobre toda esa gente, tan desgraciada como tú mismo, cercada por los guardianes, las alambradas y el mar de Argelés-sur-Mer. Te estremeces y no sabes si es debido a la fiebre o al recuerdo.

Intentas separar los labios. Algo tan sencillo y debes reunir toda tu voluntad para conseguirlo. Sabes que la manta ha resbalado y debe estar en el suelo. Si no se la han llevado. Te dices, sin decirlo, que es igual, que aquel trozo de tela raído no puede nada contra el frío terrible que sientes. Tampoco hay agua suficiente para calmar tu sed. Ni sueño que repare el dolor. Ni olvido que sane la tristeza.

No te queda nada más.

Ni el consuelo de desear la muerte. Porque debes reconocerte a ti mismo que ni ahora, al final, en la sala de los moribundos, quieres morir. Ha sido demasiado largo el camino para que tu vida resulte ser tan corta. Te sorprende que ese estertor sea tu suspiro. Sí han sido largos estos años, apenas dos, una vez echadas las cuentas. Tan solo dos… Y, sin advertirlo, ya no ves tus párpados, sino la carretera hacia la frontera y el exilio. Y luego, o quizás a la vez, el calor atroz de aquel altozano sobre Gandesa y el río, y la cara de aquel soldado, apenas un niño, que desapareció en el último bombardeo. Y antes, o puede que a la vez, Belchite, y Teruel, las caras de tantos soldados desaparecidos, de compañeros, de enemigos… Y entonces, o puede que siempre, como surgida del lodo de la desesperación, no una cara sino la voz de tu padre alargándote un saquito de tela burda: – “Té, fill, guarda’l fins que el necessitis de veritat. No el facis servir abans”, entre los dientes apretados, que contienen la rabia y el miedo y la pena.

Sonreirías, si pudieras: a fe que has cumplido su encargo. Incluso más allá de lo que tú mismo habrías esperado. No te han faltado ni ocasiones en que lo necesitaste, ni aquellas en las que podrías haberlo perdido. ¿Cuántas cargas, cuántas escaramuzas, trincheras, huidas? Y sin embargo aquí continúa, pendiendo de tu cuello, empapado en tu sudor, desafiando cualquier cálculo de probabilidades.

Y es todo lo que te queda.

Abres los ojos con el quejido de la puerta. Antes de mirar ya sabes que es André, que entra con el cubo y el cazo para dar de cenar la sopa boba, que reservan a los que os estáis muriendo, a los que todavía puedan cenar. Lo ves avanzar dando golpes a las camas, pisando a los que están en el suelo… No es maldad, es dejadez, le disculpas. No debe ser trabajo fácil ese de recontar cada mañana y cada noche el saldo de vivos y acarrear a los muertos, hacer sitio para los que van llegando… Aunque sea un hombretón cetrino y sin afeitar, no debe ser fácil ser el único encargado de esta sala enorme, a la que ya no llegan doctores ni monjitas, ni medicinas. En la que solo cabe esperar la llegada de la muerte. Observas cómo se detiene un momento para torcer el gesto frente al tanquista, que se ha pasado toda la mañana aullando juramentos. Adivinas que no sabe si dejar que pase la noche y cargarlo mañana, que será otro día, o cumplir con su deber y notificar que ya se ha muerto, justo antes del recuento. Total, no se va a mover, parece decirse cuando reemprende la marcha. Hacia ti. Y sabes que va a ser ahora, que ahora lo necesitas, de verdad, como nunca antes necesitaste nada.

André!.. Attends!.. S’il vous plaît!, mientras ves la sorpresa en sus ojos y sabes que no durará más que unos segundos, – Je m’appelle Sebastian… Je suis malade, mais j‘ai un frère… ici, à la France! Mon frère Benito…

¿De verdad tienes un hermano? No puedes evitar que te asalte la duda. ¿Seguirá Benito considerándote su hermano? Cierto que han pasado muchos años, que fue mucho antes de la guerra cuando sucedió todo. Y se te aparece Benito como el joven curita que era entonces, el orgullo de tus padres, el que iba a hacer carrera en la curia. Tan joven y tan atractivo era que tenía que quitarse a las beatas de encima. Incluso a aquella Señora. Siempre se la llamó así en la familia: la Señora, con mayúscula, como si ese fuera su nombre, ya que su nombre no se podía pronunciar. Aquella Señora que, por aquellos caprichos del destino, era la amante del obispo y que, despechada por el rechazo de tu hermano, lo cubrió de infundios, hasta que a Benito lo desterraron a una parroquia perdida en el monte. Llevas todos estos años preguntándote por qué no le entendisteis cuando decidió colgar los hábitos, por qué lo repudiasteis… por qué participaste tú en aquella ceremonia de repudio. Pero así fue, tus padres no supieron aceptar la frustración de sus ilusiones, de los planes que habían urdido para su hijo y lo expulsaron de la familia. Benito, como si fuera un apestado, se marchó tan lejos como para llegar a Francia.

Mon frère… à Le Boulou oú à Narbonne... je ne sait pas... André, s’il vous plâit! Pero sus ojos ya no te miran y sabes que en seguida apartará su brazo de la débil garra de tu mano. – André! J’ai de l’argent! Todavía no te mira, pero tampoco se va. Dejas su brazo y logras señalar tu cuello. – Attends! Ici… C’est une monnaie ancienne, mais c’est de l’argent, c’est bonne. Elle est pour vous, si vous cherchais mon frère. S’il vous plaît, André! Ahora sus ojos están fijos en el duro de plata con la efigie de Alfonso XIII, que sujetan sus dedos abotargados. No has notado que te arrancara el saquito, pero así debe de haber ocurrido. No se gira hacia ti cuando reinicia su ronda, mientras se la guarda en un bolsillo. Y entonces quieres gritarle, pero no puedes.

Ya no te queda nada.

Has jugado tu última carta y has perdido. Lo sabes antes incluso de que André se vaya de la sala esa noche, tras falsear sus cuentas de vivos y de muertos. Incluso antes de que a la mañana siguiente abra la puerta un vejete, que no deja de mascullar que no piensa tocar ni un muerto. Antes de que te cuenten que André ha pedido unos días de permiso por asuntos familiares. Y entonces cierras los ojos. Durante horas cierras los ojos, olvidado del mundo y del tiempo, sin saber si es de día o no, dejando que se muera todo a tu alrededor mientras no te llegas a morir tú. Te dejas caer en el vacío del dolor y el frío. Casi no oyes ya. Casi ni respiras. Sería tan fácil querer morir. Si al menos te abandonasen los recuerdos y las ensoñaciones del delirio…

Deixa’m, Benito, que estic molt cansat…

Cóm vols que et deixi, germà! Sebastià, que no vols venir? Vinga! Un esforç, xiquet!

¡Qué insistentes las visiones! ¡Qué reales son! Si hasta te parece que te llevan en volandas… si hasta parecen los pasos de André, su aliento agrio… Y abres los ojos para ver que es él quien te lleva en brazos sorteando los camastros, hacia la puerta de la sala, a la que ya ha llegado Benito, que está un poco más mayor, pero sigue siendo un hombre apuesto y te sonríe sobrecogido, mientras os espera. Y te dices que eres tonto, porque no es para llorar saber que André ya no tendrá que contabilizarte nunca más. Ni entre los vivos ni entre los muertos.

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