Un cuento de Navidad

A un cuento de navidad se le exige un cierto grado de transfiguración. El mundo sigue siendo el mundo de siempre. Los seres seguimos siendo igual de tiernos y miserables que éramos. Pero por un instante la mirada refulge y atisba algo parecido a la belleza, digamos que la gracia, una gracia que no merecemos.

Hace unos días encontré estas certeras palabras de Daniel en un post homónimo de este y fueron como una llamada. Así que, si lo he hecho bien, sobre esta mirada encontraréis un enlace que os llevará a un relato que pretende ser un cuento – y regalo – de Navidad. Pero antes, como los malos escritores, permitidme una pequeña introducción.

El relato que leeréis – si sois lo suficientemente generosos – me abisma por dos razones. La primera y más general, es porque los hechos son verídicos; sucedió tal y como lo cuento. Incluso he respetado los nombres originales de los personajes, como una especie de homenaje, puesto que ya todos están muertos y no es necesario proteger su intimidad. Esta historicidad creo que le da una dimensión mucho más profunda a la mera anécdota del relato.

La segunda razón es mucho más particular, íntima. De aquellos hechos tan antiguos y aparentemente ajenos a mi vida, dependió que treinta años después naciera Mimianna y, después, Nenna, las dos personas más importantes de mi vida. Me anonada constatar lo cerca que estuvieron de no llegar a hacerlo, lo cerca que está todo lo que ocurre de no ocurrir. No deja de provocar un cierto vértigo...

Pero no pretendo caer ahora en elucubraciones pseudo-filosóficas, sino desear a todos una feliz Navidad à la Dickens. Así que aquí os dejo con “Una moneda de plata”.

Otra de Galeano

A veces llueve y te quiero.
A veces hace sol y te quiero.
Aquí siempre es a veces.
Yo siempre te quiero.



Por indicación y cortesía de Blanco. Muchas gracias.

Una de Galeano

"Pájaro, no gallina", tinta fluida sobre papel; 10 cm. x 10 cm.; Nenna (5 años); 2010


1976, en una cárcel de Uruguay: Pájaros prohibidos.


Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro peso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores lo rompen a la entrada de la cárcel.

Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:

¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?

La niña lo hace callar:

Ssshhhh.

Y en secreto le explica:

Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.


Publicado en el recopilatorio “Mujeres”, de Eduardo Galeano.

¡Feliz Navidad! o La impostura, de nuevo




Ni a diciembre esperaron.

En realidad no ha sido una gran sorpresa, porque hace ya más de una semana que en el hilo musical del súper atruenan los villancicos y las tiendas de chinos están repletas de espumillón años setenta y chillonas luces estroboscópicas. Pero no eran más que iniciativas privadas, un mero síntoma de mal gusto o simples impaciencias comerciales.

Pero ayer subí a la capital y encontré sus calles iluminadas con los típicos adornos navideños, sus árboles emboscando altavoces que disparaban los mismos villancicos del súper. Sólo faltaba que los guardias lucieran rojísimos gorros de Papá Noel. Yo soy de letras, pero creo que el Ayuntamiento se ha adelantado algo así como veinticuatro días a la fecha señalada o, echando otras cuentas, piensa mantener el decorado prácticamente un mes y medio largo.

Y ese dispendio del dinero público – mío también – no puede ser gratuito en ningún caso, me he dicho, que las Autoridades están muy puestas en estas cosas y no hacen nada por casualidad.

Y he pecado de un breve momento de duda: ¿no tienen otras cosas de las que ocuparse, en las qué invertir su – mi – dinero, con la de problemas a los que nos enfrentamos..? Y con el pecado, la penitencia o con la pregunta, la respuesta: una impostura, de nuevo. Esa maniobra a la que somos tan proclives y a la que recurren de continuo nuestros próceres. Suplantemos la realidad, si la realidad no nos gusta. Creámonos, además, que la falacia substituirá a la verdad, la transformará, la solucionará.

¿Cómo que afrontar la realidad? ¿Con la que está cayendo? ¿Con lo fea que se ha puesto? ¡Quia! ¡Hagamos como que es Navidad, que es mucho más bonito y más fácil, que con cuatrocientas(mil) bombillas lo apañamos! Aunque sea noviembre, aunque falten veinticuatro días con sus noches, aunque sea mentira. Y todo sin olvidar, por otra parte, que el Día de Navidad – que es uno al año – per se no arregla nada, tampoco; todo sea dicho.

Y en eso estaba, elucubrando mientras intentaba hacer la foto que encabeza, cuando ha salido una señora y, desde una sonrisa de oreja a oreja me ha afirmado “son bonitas, ¿eh?”.

¿Le iba a decir que no?
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