Una particular forma de meditar


Sobre las olas
sale el sol. Tomo el remo:
todo está bien.

16 de octubre”, de “Treinta y un haiku



Hasta hace más o menos un año, lo más íntimo de mi relación con el remo no pasaba de sentarme frente a la tele cada año y dormitar mientras los de Oxford y los de Cambridge se emperraban en bajar un trozo de Támesis unos antes que los otros y sin hundirse.

Pero hace más o menos un año, vinieron a cenar a casa ‘Daam y señora y – de esas cosas que se dicen en las sobremesas – Mimianna expresó su firme propósito de volver a hacer ejercicio, y la señora de ‘Daam afirmó que ella también y que qué tal remar, que había un club aquí, en el pueblo… ¿Remar? ¿En el mar?.. y seguimos hablando de no sé cuántas cosas más.

Lo que pasa es que a Mimianna, cuando se le mete una idea en la cabeza tiene la virtud de no dejarla tranquila y le da vueltas, la abona, la riega, le da más vueltas y al final la hace fructificar. Al precio que sea. Total que una típica mañana de domingo, paseando por el puerto de pescadores, nos sorprendió la llegada de una barca repleta de niños y remos y allá que se lanzó Mimianna – que además es una desvergonzada – a informarse de qué barcas había, qué había que hacer para apuntarse, cuál el equipo necesario… y aquella noche decidimos (el plural es por pura elegancia) que el siguiente domingo yo probaría con la barca de las ocho y media y ella con la de las diez.

Así que ese domingo de octubre me levanté sobre las siete, me enfundé en las mallas nuevecitas, que me había comprado en el Decathlon, y tiré hacia el puerto. No eran las ocho y ya estaba en el muelle admirando una salida del sol de película y disfrutando de un nudo en el estómago de lo más molesto... Y es que yo soy de natural discreto y a mí eso de presentarme por las buenas en un sitio y decir buenas, que vengo a remar, que no lo he hecho nunca pero me han dicho que venga, que no hace falta avisar, ni apuntarse ni nada… pues, qué queréis que os diga, se me hacía como extraño. Y más en plan juglar con todo bien apretadito. Y allí estuvimos el nudo y yo hasta que a las ocho y veinticinco apareció una moza alta, de cabellera negra y ojos azules que me saludo con la mayor naturalidad y yo ya le estaba explicando que me habían dicho que se podía empezar así, sin avisar y que… hasta que me cortó con un vale y una sonrisa. Y después fue llegando el resto y todos me decían vale y sonreían.

Y llegó el momento de embarcar y otra moza pizpireta, de mirada inquisitiva, me indicó que mejor de cuatro, o sea el primer sitio, o el último según se mire, porque así no molestaría (sic) y todos, uno a uno, le fueron diciendo al timonel que tranqui, que había alguien nuevo, pero nuevo, nuevo y yo iba pensando dónde te has metido, colega, pero no demasiado porque debía prestar atención a todo lo que decían: que si cortas, medias, largas, que si el estrobo, que si me encajase… Hasta que salimos por la bocana del puerto y un mozo sonriente y calvo, que bogaba a mi lado, me dijo que ahora venía lo bueno, que me lo tomara con calma y que disfrutara. Y es lo que hice.

Cuando atracamos todos parecían muy contentos conmigo y me felicitaban... pero quedaba ver cómo respondía este mi cuerpo tras dos años de inactividad. Y sí, me salieron ampollas en las manos y unas agujetas considerables en partes del cuerpo que no sabía ni que existían, pero el lunes podía caminar y era todo lo que necesitaba. Así que volví el domingo siguiente. Y luego me hablaron de las barcas de competición, de las regatas. Y luego vinieron las travesías de varias horas...

Y se me enganchó el remo (no la espalda, afortunadamente, que por cierto ha dejado de dolerme por primera vez en veinte años). Y a veces me pregunto porqué una actividad que no deja de ser dura, en la que hay momentos que sufres, que me levanta temprano los fines de semana y hasta tiene un punto de sacrificio masoca, se ha convertido en algo tan importante en mi vida.

Y creo que he encontrado la respuesta.

Más allá de que he perdido los seis kilos que me sobraban, que estoy a cincuenta pulsaciones en reposo y que no me duele la espalda (que no es moco de pavo), más allá de los lazos de compañerismo que se crean con quien rema a tu lado, de la satisfacción de conseguir metas que creía imposibles a mi edad, del espíritu de superación y la autoestima, creo que el secreto está en que le he hecho caso a mi compañero y simplemente disfruto. Mucho y muy íntimamente. Porque, en realidad, se trata de algo íntimo. Yo, sintiendo la fuerza del mar en las manos, llenando mis pulmones con el viento cargado de salitre en cada bocanada, notando el esfuerzo, el sudor y el frío. Abandonando los pensamientos. El caso es que surjo de cada bogada con el espíritu renovado, en paz, y cuando no puedo remar me pongo de mal humor y el ojo izquierdo me bota.

Dice Mimianna que, por lo que le explico, para mí remar es mi particular forma de meditar y yo, que soy de natural discreto, creo que, como siempre, probablemente tenga razón.


Alegoría


En ocasiones - pocas - una imagen vale más que mil palabras. Como la que ilustra y que tomé el otro día en nuestro estudio, tal y como lo encontré: ocupado por una tabla de planchar cubierta de partituras.
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Podría definir una cierta cotidianeidad.
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La nuestra.
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