Adonde hemos llegado

Ha sucedido esta mañana. Han entrado los dos por la puerta de la exposición como dos clientes cualesquiera. Él un poco más adelantado, ella con la vista un poco baja. Yo estaba allí, así que se han dirigido a mí: "mire, esto no es ni para Cáritas, ni para una ONG, ni para ninguna campaña, es para mí y para mi familia, ¿puede ayudarnos con algo?", me ha espetado el hombre, mirándome a los ojos, algo envarado, pero sin vergüenza. Su mujer también me miraba, pero algo encorvada. Yo sí he sentido vergüenza cuando le he alargado el billete que he encontrado en la cartera, mientras musitaba una disculpa y un buena suerte. "¿Buena suerte? Tengo cincuenta y un años, toda la vida trabajando y mire adónde he llegado... Mis hijas todavía no saben cómo pasamos las mañanas su madre y yo, pero se enterarán pronto... Adónde he llegado," y solo en ese momento se le han caído los hombros. Su mujer le ha cogido la mano y así han salido por la puerta. Como dos clientes cualesquiera. Ha sucedido esta mañana, a primera hora, y yo todavía sigo sintiendo vergüenza.

Una lectura febril


Cabrera Infante afirmaba que le reconfortaba enfermar de gripe porque era el único antídoto eficaz que conocía contra el deseo. Yo he tenido la gripe dos veces en mi vida. No es que crea que ese dato sea importante – al contrario que Thomas Mann, tengo la certeza de que a la posteridad no le importará nada de mí, pero todavía menos mis dolencias – a no ser porque mi segundo y relativamente reciente y pandémico proceso gripal – variante A – me brindó la oportunidad no solo de perder – o casi – el deseo, sino de saltar de alguna manera a lo que Cortázar no habría dudado en llamar el lado de allá.

Ossip posee el arte del regalo y, gracias a él atesoro algunos objetos con alma, en los que, a la manera del anillo de Pushkin, se unen la belleza, la historia real o imaginada que pueden contener y la estima del ser querido. Así un grueso tintero de cristal de roca y una pequeña pluma de viaje, un pequeño gravado del Puente de Carlos, de Praga… Así un librito con una reimpresión de 1929 de la primera edición de bolsillo del “Stalky & Cia.”, de Kipling, con los que iluminó los obscuros días que rodearon mi cuadragésimo segundo cumpleaños.

El H1N1 me proporcionó unas continuadas y apreciables somnolencia y jaqueca, además de cuatro días de postrada reclusión. No recordaba cuánto hacía que no disponía de tanto tiempo libre – incómodo, pero libre – y decidí que no podía desaprovecharlo. Tenía pendiente mi lectura anual y, ya que este año iba a ser diferente puesto que el libro y hasta el texto serían nuevos, no hallé razón alguna para no variar la época y adelantar al invierno esa ceremonia que siempre había sido primaveral.

Sus flexibles tapas de hule, con el dorado sello en relieve de Kipling guardaban algo más que una dedicatoria fantasmal, de caligrafía elaborada que simula una inscripción lapidaria, o un suave papel o una edición cuidadosa; guardaba otro libro infinitamente más rico y más complejo que la triste - ahora lo sé – traducción que había conocido hasta entonces, la cual, desde las primeras páginas, se me apareció como un mero croquis, un plano rudimentario de un territorio realmente inexplorado hasta entonces. Y me adentré en la densa selva del inglés plagado de modismos dialectales del Devonshire o de la jerga estudiantil propia de los primeros años del siglo pasado; me sorprendieron unos habitantes que creía conocer íntimamente, mucho más sutiles en sus juegos de palabras, en sus sobreentendidos, en sus silencios; descubrí no solo frases sino pasajes y hasta un relato entero, que habían pasado desapercibidos a los pergeñadores de mi mapa. Y todo ello combatiendo a la vez con el dolor, el sueño y la fiebre… Y sorprendiéndome que, con todo, la lectura se fuese tornando cada vez más en un placer profundo, casi tan físico como mi malestar: con qué sentimiento de triunfo emergía de un párrafo difícil, levantando la vista hacia nuevos horizontes, qué satisfacción me proporcionaba descubrir un recodo desconocido allí donde esperaba un terreno trillado, qué felicidad casi salvaje me proporcionaba escuchar a mis amigos tal y como nunca hubieran debido de dejar de hablar.

Y de tanto en tanto, cuando necesitaba algún momento de reposo, cerraba los ojos y el libro y acariciaba su suave perfume a brea y escuchaba el bramido del viento barriendo la banquisa, mientras me preguntaba si podríamos levantarnos y continuar, aunque no fuese ya importante; o sentía la pegajosa humedad de la noche africana, mientras me preguntaba qué nombre dar a semejante caída de agua; o avanzaba bajo el sol inclemente del desierto hacia Aqaba. Y, creedme, no lo imaginaba.

He buscado una explicación y algunas se me aparecen. La fiebre, claro. Y el propio Kipling y la presencia de la India – de Oriente, diría Borges – como una corriente subterránea, como una llamada lejana pero continuamente presente en la vida de los personajes, en sus historias futuras. O quizás que el libro que atesoraban mis dedos podría muy bien haber sido parte del petate de Scott, de Livingston, Lawrence o cualquiera de esos aventureros ilustrados que fue tan propensa a producir la Gran Bretaña entre los siglos XIX y XX y de ahí la inferencia.

O quizás porque, en efecto, hay objetos con alma, que quedan impregnados de la esencia de quienes los poseyeron y los estimaron y que, de alguna manera la trasmiten a quienes ahora nos toca tenerlos y amarlos…

No sé, pero lo cierto es que a la cita del próximo año acudirá un nuevo amigo junto a Stalky y los demás y, cuando abra de nuevo mi libro no podré evitar preguntarme quién fue S. Bollen, a quien Daphne y Peggy desearon un feliz aniversario en su guarda y lo leyó, si damos crédito a su anotación a lápiz, un febrero de 1931.
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