The Waste Land



Los políticos no deberían ejercer de poetas. Los políticos, de hecho, en la mayoría de ocasiones no deberían ejercer de nada.

Pero menos de poetas.

Los políticos o esos sucedáneos inmorales y desvergonzados que elegimos periódicamente para que nos roben y nos engañen, para que aticen el fuego de las diferencias y los enconos, que nos harten de demagogia y propaganda… para que, dicho en breve, nos representen.

Porque cuando surgen sus desfalcos escandalosos, los tejemanejes, la zafiedad y la ruindad de sus palabras y sus actos no puedo evitar recordar una sentencia de un viejo – en todos los sentidos – amigo: “tenemos lo que queremos”, repetía mirándome por encima de las gafas cada vez que yo me exclamaba por alguno de estos asuntos “y es peor quererlo que merecerlo”, añadía explicativo. Porque si nuestros políticos son como son es porque no solo les permitimos que así sean, sino porque muchos de nosotros, la inmensa mayoría, probablemente caeríamos en los mismísimos pecados que les reprobamos en el caso de encontrarnos en su situación.

Sin embargo hay ocasiones en que los políticos pierden los últimos escrúpulos y, defendiendo los más obscuros intereses, a fuerza de excavadoras y policías, de leyes torticeras y hechos consumados, se irrogan del derecho de encarnar el desgarro de la poesía en esta prosaica cotidianeidad nuestra de cada día y asolar hogares y memorias y tornarlo todo una tierra baldía, haciendo de Abril el mes más cruel. Y nos soliviantamos ante las lágrimas de los arrasados, su desesperación. Se nos revuelven las tripas y los corazones y lanzamos consignas y nos rasgamos las vestiduras pero, con todo, la duda se mantiene: ¿No será esto lo que queremos?
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