Delibes bajo aquella manta

Era viernes por la noche – esa noche temprana de los viernes de diciembre – y acabábamos de llegar a la casita de verano de mis padres, a la que mi padre se empeñaba en arrastrar a toda la familia cada fin de semana. Mi madre se afanaba en deshacer los bártulos que había hecho apenas una hora antes, mientras él se peleaba con el hogar de leña, que nunca tiró como habría tirado un hogar decente, y llenaba de humo frío el helor de la sala. Cape, mi hermano pequeño, deambulaba, temblaba y se asombraba de que saliese vaho de su aliento dentro de la casa. Y yo desaparecía ese par de horas hasta la cena bajo la rasposa manta gris de caballería, tan liviana y tan sorprendentemente cálida a la vez, que me envolvía casi como una jaima individual, encomendándome a la lectura del libro de turno.

Así, sintiendo el mordisco del frío en la nariz, las mejillas y los dedos que sujetaban sus libros, respirando aquel extraño perfume mezcla de naftalina y caballeriza, conocí a Delibes. Fueron tres o cuatro fines de semana seguidos y yo tenía diez años. “Las ratas”, “El camino” y “Viejas historias de Castilla la Vieja”, los títulos suyos que había en la surtida biblioteca de mis padres, se siguieron sin solución de continuidad. Nada parecía más alejado de mi vida que las penurias de aquellas infancias castellanas de posguerra, en las que las ratas podían constituir un manjar, pero yo tenía diez años y mucha imaginación y frío mientras lo leía a Delibes y, quizás por eso o quizás también por su español límpido, exacto y directo, me identifiqué perfectamente con los personajes y las historias que me mostraban. Como respondiendo a una imposible llamada atávica contenida en la tierra de algunos de mis antepasados, tan o más protagonista de la literatura de Delibes, me vi transitando aquellos paisajes y aquel pasado como si así hubiera ocurrido en mi propio pasado. O mejor: descubrí que ese pasado podía ser presente, en realidad; que existían niños cuyos padres no tenían casitas de verano, ni ellos mantas cuando tenían frío, ni tan siquiera ratas que comer…

Han pasado los años – muchos – y con ellos las carcajadas que me produjo “Cinco horas con Mario” y la pesadumbre de “El hereje”, que en total hacen los cinco libros suyos que he leído. Y, al final, Delibes se ha muerto. La casualidad no existe y esa, la noticia de su muerte, fue la primera que sonó en la radio cuando puse el coche en marcha a las seis de la mañana. No adoro especialmente a mis mitos y excepto en contadas ocasiones – con Borges y Fofó, quizás – no me apena en realidad su muerte. Las siento, claro, pero no me causan auténtica pena: la desaparición física de alguien a quien no conozco o de quien solo conozco – y aprecio – sus escritos, que no desaparecen con él y a los que siempre puedo volver, no es causa suficiente, a mi sentir. Por eso me sorprendió que se me hiciera aquel nudo en el estómago y aflorara un sincero “¡Mierda!” en mis labios, porque sabía que aquel ya era, a las seis de la mañana, un mal día, y que todo fuera por la muerte de un escritor al que no leía desde hacía un lustro al menos. Y que sintiera pena.

La edad – al menos en mi caso – incrementa la curiosidad sobre las propias reacciones, los sentimientos que provoca lo que nos acontece, la aparición de la sorpresa. Así, a la pena se sumó la pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué con Delibes? Han pasado los días y quizás haya encontrado la respuesta. A Delibes no lo conocí como persona, pero a esa persona – entre otras, por supuesto – le debo ser un poco menos egoísta de lo que podría haber sido, la visión de que la realidad no es siempre mi realidad y que esas otras realidades son a menudo mucho más duras y que quienes las afrontan son merecedores de todo mi respeto y que están irrogados de una dignidad que muchas veces echo en falta entre los que vivimos acomodados. De alguna manera, por tanto, sí perdí a alguien con su muerte: a un maestro que me guió, sin saberlo ni pretenderlo, desde la distancia de un libro leído bajo aquella manta.


Ximo

Las manos de Ximo son toscas, cuadradas, de dedos anchos y están surcadas de cicatrices tan negras como la mugre que enmarca sus uñas y que afirma, con una tímida sonrisa de disculpa, no se va con nada. Sorprenden las manos de Ximo, la delicadeza con la que le hizo a Nenna un estrobo mínimo con el cordel, que la niña había encontrado en vaya a saber qué rincón, la ilusión pura que compartieron ambos con ese pequeño milagro ovillado en la palma inmensa. Sorprende Ximo y se sorprende de estar con este grupo heterogéneo de urbanitas transplantados a su pueblo. Porque Ximo es del pueblo y, como el pueblo, es pescador. Así lo delata el olor a salitre y gasoil y pescado que afirma, con una suave sonrisa de disculpa, no se va con nada. Ximo se sorprende de que, como anoche, nos vayamos todos a cenar y le pidamos que venga con nosotros; que siempre haya un sitio en el laúd para él, o que sea al primero que saludamos cuando llegamos retrasados. De que no sea uno más, sino el presidente de nuestro club, tan moderno, tan europeo que hasta hay mujeres que reman.

Ximo me mira con esa calma cándida y risueña y me lo confiesa, eso, que le sorprende que gente como yo, con carrera, con profesiones sofisticadas, dinero y lecturas y viajes y todo lo que él no ha tenido ni tendrá, queramos compartir un vaso de vino con él. Y que callemos cuando nos cuenta cómo se recogen las redes cuando el fondo es de arena y hay que purgarlas, porqué el esparto era mejor que el cáñamo para determinados trabajos, cuáles son los hitos más señalados de esta costa. Y que callemos aún más cuando endulza su voz dulce y recuerda el día que su abuelo serró el mástil del laúd de la familia porque ya no iba a hacer falta izar la vela nunca más, aquel día en que le instalaron el primer motor: un dos tiempos de apenas cuatro caballos – imagínate, la barca que llevo ahora carga novecientos y las hay ya de mil quinientos – o la suerte que tuvo la vez que no pudieron salvar a unos compañeros a los que sorprendió un temporal de levante y la codicia y el presidente de la cofradía tuvo que llamar a la Guardia Civil porque los más jóvenes – él entre ellos – no querían obedecer a la autoridad y al sentido común y pretendían aparejar y salir a buscarlos… o cómo pagó sus deudas de patrón con la indemnización que le dio Europa, los ecologistas o alguien por la locura de hundir su barca. Y entonces callamos los dos y bebemos el vino de nuestros vasos y Ximo mira por encima de mi cabeza hacia el mar que no se ve de noche, pero que ahí está. Como su barca: justo en la enfilada de la Mola con la Casa del Moro, por estribor y la vieja torre de guaita con el cortado de la rambla, por babor. Pero el silencio no dura y pronto retoma sus recuerdos que afirma, con una franca sonrisa de disculpa, no se van con nada.

Ximo se siente honrado con nuestra camaradería, no lo dice, pero se nota. No lo entiende, pero le honra. Se asombra de mi asentimiento silencioso – un nudo cierra mi garganta – a su ruego; de que mañana, que se cumple aniversario, ocho de nosotros vayamos a levantarnos de madrugada y a encontrarnos en el muelle brillante de escarcha para embarcar dispuestos a bogar como condenados una hora y media, para agradecerle, de alguna manera, el honor que nos hace, el orgullo que nos llena por permitir que le acompañemos en el momento en que salga el sol, justo enfilando la Casa del Moro con la Mola.

Elijo

Me había sobrevivido con elegancia. Era innegable. Ese pequeño, casi imperceptible, cambio que le aprecié a la salida del responso, del brazo de mi hermana, no sé: los hombros más erguidos o la cadencia tranquila de los besos con los que recibía los pésames obligados e insinceros, se fue asentando con el paso de los días. El negro del luto no parecía luto, sino moda, tan bien le quedaban los vestidos ajustados con los que cubría el resultado de la dieta, del deporte que había retomado, las horas de sueño tranquilo, los paseos por sus museos, los conciertos… Su vida se fue tornando el negativo de lo que había sido la nuestra. No tardaron en llegar las reuniones con sus antiguas compañeras del trabajo, que abandonó cuando nos casamos, y luego las cenas fuera, los viajes y, demasiado pronto, los amigos, los amantes… Era innegable que me había sobrevivido con elegancia, con alegría incluso. Por eso me sorprendía su visita anual, fugaz, sin rastro de pena como un trámite. Una mera comprobación rutinaria de que aquí y así seguía, con la misma displicencia con la que contempló cómo me bebía aquel que ella sabía que iba a ser mi último café.


(*) A propuesta de Blanco.

Agigantados

“En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo: y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero:
- La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
- ¿Qué gigantes?, dijo Sancho Panza.
- Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
- Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se aparecen, no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son aspas, que, volteadas por el viento, hacen andar la piedra del molino.
- Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar en fiera y desigual batalla. Diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que no oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:
- Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual, visto por Don Quijote, dijo: Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo me lo habréis de pagar. Y diciendo esto, encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante, y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante”

Don Quijote de la Mancha”, de Miguel de Cervantes.

Cuatrocientas treinta y una palabras – apenas una página de mi edición – dedicó Cervantes a la que no debía de pasar de ser una más de las muchas aventuras cómicas por las que iba transitando su personaje y, adecuadamente repartidas por la novela, debían mantener la atención del lector. Ni una más: creo que en todo El Quijote no se vuelve a mencionar. Sin embargo, a fuerza de ser repetida hasta la saciedad, se ha convertido en su escena paradigmática, la aparentemente esencial, la que todo el mundo reconoce y asocia al Qujote. Su marca. No es el único ejemplo, por supuesto: Beethoven es mucho – todo – más que la cancioncita “Para Elisa”; Capa no es únicamente la foto fraudulenta del miliciano… Pero es lo que nos va: lo reducido, lo simple. Aunque con ello perdamos perspectivas, agigantemos anécdotas y se nos oculten las verdaderas enjundias.


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