Una traducción prodigiosa


Ser o no ser, de eso se trata:
Si para nuestro espíritu es más noble sufrir
Las pedradas y dardos de la atroz Fortuna
O levantarse en armas contra un mar de aflicciones
Y oponiéndose a ellas darles fin.
Morir para dormir; no más; ¿Y con dormirnos
Decir que damos fin a la congoja
Y a los mil choques naturales
De que la carne es heredera?
Es la consumación
Que habría de anhelar devotamente:
Morir para dormir. Domir, soñar acaso;
Sí, ahí está el tropiezo: que en ese sueño de la muerte
Qué sueños puedan visitarnos
Cuando ya hayamos desechado
El tráfago mortal,
Tiene que darnos que pensar.
Esta es la reflexión que hace
Que la calamidad tenga tan larga vida:
Pues, ¿Quién soportaría los azotes
Y escarnios de los tiempos, el daño del tirano,
El desprecio del fatuo, las angustias
Del amor despechado, las largas de la Ley,
La insolencia de aquel que posee el poder
Y las pullas que el mérito paciente
Recibe del indigno, cuando él mismo podría
Dirimir ese pleito con un simple punzón?
¿Quién querría cargar con fardos,
rezongar y sudar en una vida fatigosa,
si no es porque algo teme tras la muerte?
Esa región no descubierta
De cuyos límites ningún viajero
Retorna nunca, desconcierta
Nuestro albedrío, y nos inclina
A soportar los males que tenemos
Antes de abalanzarnos a otros que no sabemos.
De esta manera la conciencia
Hace de todos nosotros cobardes,
Y así el matiz nativo de la resolución
Se opaca con el pálido reflejo del pensar,
Y empresas de gran miga y mucho momento
Por tal motivo tuercen sus caudales
Y dejan de llamarse acciones.

Traducción a cargo de Tomás Segovia, del “Hamlet” de Shakespeare, citada y alabada en el libro “De eso se trata”, de Juan Villoro.


Retrato

Franz von Stuck. Portrait of Artist’s Daughter


Miradle la mirada. También la sonrisa insinuada, el pequeño mohín de la comisura de los labios, que esconde la jocosa condescendencia con la que perdona – una vez más – la nueva payasada de papá, la ocurrencia de disfrazarla con ese tocado enorme y rojo, de peinarla con moñitos asimétricos, con lazos, la excentricidad de pintarla; la misma cariñosa piedad con la que permite que todavía le llame pequeñaja, que le invente cuentos, que la quiera en su regazo o que no sepa quién es ese personaje de la tele. Deteneos y deslizad los dedos por la suavísima piel del mentón firme y decidido. Advertid la calma de su respiración, el cuello relajado, el rostro luminoso. Y volved a los ojos enormes, miradle a los ojos. Solo los ojos. ¿Me engaño o en ellos veo el sosiego y la paz, la confianza, la absoluta certeza de que ese que la mira, el que la pinta, el que a veces la regaña y con el que se pelea, acudirá cada noche, tantas veces como le llame; que no importará el tiempo que pase, lo mayores que ambos se hagan, lo que lleguen a separarse, los errores que cometan? ¿Me engaño o no es esa la más bonita de las miradas?

Último viaje a Zimbabue (*)

Me vi aparecer de repente en el recodo del sendero. Me sorprendió no hallar mi desconcierto en mi mirada, mientras me saludaba y me sentaba a mi lado en el banco. Al imposible silencio del parque africano, siguió un largo cruce de preguntas y respuestas. Primero sobre secretos triviales, recuerdos… las respuestas siempre correctas, como no podía ser de otro modo: los mismos olvidos y errores, las mismas certezas. Me incomodaba descubrir mi alianza en mi mano izquierda en vez de en la derecha, como acostumbraba a lucirla en los espejos, o el sonido de mi voz diferente. Mientras me iluminaba la noche austral me aventuré a inquirir sobre mis miedos, las dudas, mis derrotas y vergüenzas íntimas. Mis respuestas, aunque no siempre sinceras, acabaron por convencerme de que era yo mismo. ¿El mismo? No exactamente… el corte que me había hecho al afeitarme esa mañana y que mis dedos acariciaban no aparecía en mi mentón, no recordaba el sueño que me había aterrorizado anteanoche y cuyas imágenes me perseguían incluso en ese momento, negué haber bebido los gin-tonic que ardían en mi estómago y me provocaban esa ligera torpeza al juguetear con el tenedor que nunca había robado del restaurante. Finalmente volví al silencio. A pesar de la proximidad a que me obligaba el pequeño banco del parque, había evitado tocarme. No habría sabido explicar la razón de mi aprensión. Quizás intuía fatalmente que aquel mi primer contacto sería el último. Inspiré con fuerza y me decidí. Todavía no clareaba tras los edificios lejanos de Harare, mientras me alejaba sin mirar atrás, sin poder ver ya que me alejaba.



(*) N. A. El texto me lo inspiró el relato “Un viaje a Zimbabue”, que Raúl Quirós tuvo a bien regalarnos por Navidad y del que recomiendo encarecidamente su lectura, no solo por su propia, autónoma e indiscutible valía, sino porque ayuda a la inteligibilidad de todo lo que antecede, que no deja de ser un cierto y escaso homenaje.
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