Un cuento de Navidad

A un cuento de navidad se le exige un cierto grado de transfiguración. El mundo sigue siendo el mundo de siempre. Los seres seguimos siendo igual de tiernos y miserables que éramos. Pero por un instante la mirada refulge y atisba algo parecido a la belleza, digamos que la gracia, una gracia que no merecemos.

Hace unos días encontré estas certeras palabras de Daniel en un post homónimo de este y fueron como una llamada. Así que, si lo he hecho bien, sobre esta mirada encontraréis un enlace que os llevará a un relato que pretende ser un cuento – y regalo – de Navidad. Pero antes, como los malos escritores, permitidme una pequeña introducción.

El relato que leeréis – si sois lo suficientemente generosos – me abisma por dos razones. La primera y más general, es porque los hechos son verídicos; sucedió tal y como lo cuento. Incluso he respetado los nombres originales de los personajes, como una especie de homenaje, puesto que ya todos están muertos y no es necesario proteger su intimidad. Esta historicidad creo que le da una dimensión mucho más profunda a la mera anécdota del relato.

La segunda razón es mucho más particular, íntima. De aquellos hechos tan antiguos y aparentemente ajenos a mi vida, dependió que treinta años después naciera Mimianna y, después, Nenna, las dos personas más importantes de mi vida. Me anonada constatar lo cerca que estuvieron de no llegar a hacerlo, lo cerca que está todo lo que ocurre de no ocurrir. No deja de provocar un cierto vértigo...

Pero no pretendo caer ahora en elucubraciones pseudo-filosóficas, sino desear a todos una feliz Navidad à la Dickens. Así que aquí os dejo con “Una moneda de plata”.

Otra de Galeano

A veces llueve y te quiero.
A veces hace sol y te quiero.
Aquí siempre es a veces.
Yo siempre te quiero.



Por indicación y cortesía de Blanco. Muchas gracias.

Una de Galeano

"Pájaro, no gallina", tinta fluida sobre papel; 10 cm. x 10 cm.; Nenna (5 años); 2010


1976, en una cárcel de Uruguay: Pájaros prohibidos.


Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro peso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores lo rompen a la entrada de la cárcel.

Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:

¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?

La niña lo hace callar:

Ssshhhh.

Y en secreto le explica:

Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.


Publicado en el recopilatorio “Mujeres”, de Eduardo Galeano.

¡Feliz Navidad! o La impostura, de nuevo




Ni a diciembre esperaron.

En realidad no ha sido una gran sorpresa, porque hace ya más de una semana que en el hilo musical del súper atruenan los villancicos y las tiendas de chinos están repletas de espumillón años setenta y chillonas luces estroboscópicas. Pero no eran más que iniciativas privadas, un mero síntoma de mal gusto o simples impaciencias comerciales.

Pero ayer subí a la capital y encontré sus calles iluminadas con los típicos adornos navideños, sus árboles emboscando altavoces que disparaban los mismos villancicos del súper. Sólo faltaba que los guardias lucieran rojísimos gorros de Papá Noel. Yo soy de letras, pero creo que el Ayuntamiento se ha adelantado algo así como veinticuatro días a la fecha señalada o, echando otras cuentas, piensa mantener el decorado prácticamente un mes y medio largo.

Y ese dispendio del dinero público – mío también – no puede ser gratuito en ningún caso, me he dicho, que las Autoridades están muy puestas en estas cosas y no hacen nada por casualidad.

Y he pecado de un breve momento de duda: ¿no tienen otras cosas de las que ocuparse, en las qué invertir su – mi – dinero, con la de problemas a los que nos enfrentamos..? Y con el pecado, la penitencia o con la pregunta, la respuesta: una impostura, de nuevo. Esa maniobra a la que somos tan proclives y a la que recurren de continuo nuestros próceres. Suplantemos la realidad, si la realidad no nos gusta. Creámonos, además, que la falacia substituirá a la verdad, la transformará, la solucionará.

¿Cómo que afrontar la realidad? ¿Con la que está cayendo? ¿Con lo fea que se ha puesto? ¡Quia! ¡Hagamos como que es Navidad, que es mucho más bonito y más fácil, que con cuatrocientas(mil) bombillas lo apañamos! Aunque sea noviembre, aunque falten veinticuatro días con sus noches, aunque sea mentira. Y todo sin olvidar, por otra parte, que el Día de Navidad – que es uno al año – per se no arregla nada, tampoco; todo sea dicho.

Y en eso estaba, elucubrando mientras intentaba hacer la foto que encabeza, cuando ha salido una señora y, desde una sonrisa de oreja a oreja me ha afirmado “son bonitas, ¿eh?”.

¿Le iba a decir que no?

Una particular forma de meditar


Sobre las olas
sale el sol. Tomo el remo:
todo está bien.

16 de octubre”, de “Treinta y un haiku



Hasta hace más o menos un año, lo más íntimo de mi relación con el remo no pasaba de sentarme frente a la tele cada año y dormitar mientras los de Oxford y los de Cambridge se emperraban en bajar un trozo de Támesis unos antes que los otros y sin hundirse.

Pero hace más o menos un año, vinieron a cenar a casa ‘Daam y señora y – de esas cosas que se dicen en las sobremesas – Mimianna expresó su firme propósito de volver a hacer ejercicio, y la señora de ‘Daam afirmó que ella también y que qué tal remar, que había un club aquí, en el pueblo… ¿Remar? ¿En el mar?.. y seguimos hablando de no sé cuántas cosas más.

Lo que pasa es que a Mimianna, cuando se le mete una idea en la cabeza tiene la virtud de no dejarla tranquila y le da vueltas, la abona, la riega, le da más vueltas y al final la hace fructificar. Al precio que sea. Total que una típica mañana de domingo, paseando por el puerto de pescadores, nos sorprendió la llegada de una barca repleta de niños y remos y allá que se lanzó Mimianna – que además es una desvergonzada – a informarse de qué barcas había, qué había que hacer para apuntarse, cuál el equipo necesario… y aquella noche decidimos (el plural es por pura elegancia) que el siguiente domingo yo probaría con la barca de las ocho y media y ella con la de las diez.

Así que ese domingo de octubre me levanté sobre las siete, me enfundé en las mallas nuevecitas, que me había comprado en el Decathlon, y tiré hacia el puerto. No eran las ocho y ya estaba en el muelle admirando una salida del sol de película y disfrutando de un nudo en el estómago de lo más molesto... Y es que yo soy de natural discreto y a mí eso de presentarme por las buenas en un sitio y decir buenas, que vengo a remar, que no lo he hecho nunca pero me han dicho que venga, que no hace falta avisar, ni apuntarse ni nada… pues, qué queréis que os diga, se me hacía como extraño. Y más en plan juglar con todo bien apretadito. Y allí estuvimos el nudo y yo hasta que a las ocho y veinticinco apareció una moza alta, de cabellera negra y ojos azules que me saludo con la mayor naturalidad y yo ya le estaba explicando que me habían dicho que se podía empezar así, sin avisar y que… hasta que me cortó con un vale y una sonrisa. Y después fue llegando el resto y todos me decían vale y sonreían.

Y llegó el momento de embarcar y otra moza pizpireta, de mirada inquisitiva, me indicó que mejor de cuatro, o sea el primer sitio, o el último según se mire, porque así no molestaría (sic) y todos, uno a uno, le fueron diciendo al timonel que tranqui, que había alguien nuevo, pero nuevo, nuevo y yo iba pensando dónde te has metido, colega, pero no demasiado porque debía prestar atención a todo lo que decían: que si cortas, medias, largas, que si el estrobo, que si me encajase… Hasta que salimos por la bocana del puerto y un mozo sonriente y calvo, que bogaba a mi lado, me dijo que ahora venía lo bueno, que me lo tomara con calma y que disfrutara. Y es lo que hice.

Cuando atracamos todos parecían muy contentos conmigo y me felicitaban... pero quedaba ver cómo respondía este mi cuerpo tras dos años de inactividad. Y sí, me salieron ampollas en las manos y unas agujetas considerables en partes del cuerpo que no sabía ni que existían, pero el lunes podía caminar y era todo lo que necesitaba. Así que volví el domingo siguiente. Y luego me hablaron de las barcas de competición, de las regatas. Y luego vinieron las travesías de varias horas...

Y se me enganchó el remo (no la espalda, afortunadamente, que por cierto ha dejado de dolerme por primera vez en veinte años). Y a veces me pregunto porqué una actividad que no deja de ser dura, en la que hay momentos que sufres, que me levanta temprano los fines de semana y hasta tiene un punto de sacrificio masoca, se ha convertido en algo tan importante en mi vida.

Y creo que he encontrado la respuesta.

Más allá de que he perdido los seis kilos que me sobraban, que estoy a cincuenta pulsaciones en reposo y que no me duele la espalda (que no es moco de pavo), más allá de los lazos de compañerismo que se crean con quien rema a tu lado, de la satisfacción de conseguir metas que creía imposibles a mi edad, del espíritu de superación y la autoestima, creo que el secreto está en que le he hecho caso a mi compañero y simplemente disfruto. Mucho y muy íntimamente. Porque, en realidad, se trata de algo íntimo. Yo, sintiendo la fuerza del mar en las manos, llenando mis pulmones con el viento cargado de salitre en cada bocanada, notando el esfuerzo, el sudor y el frío. Abandonando los pensamientos. El caso es que surjo de cada bogada con el espíritu renovado, en paz, y cuando no puedo remar me pongo de mal humor y el ojo izquierdo me bota.

Dice Mimianna que, por lo que le explico, para mí remar es mi particular forma de meditar y yo, que soy de natural discreto, creo que, como siempre, probablemente tenga razón.


Alegoría


En ocasiones - pocas - una imagen vale más que mil palabras. Como la que ilustra y que tomé el otro día en nuestro estudio, tal y como lo encontré: ocupado por una tabla de planchar cubierta de partituras.
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Podría definir una cierta cotidianeidad.
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La nuestra.

Una de Borges (y de Montaigne)

(...) me referiré a Montaigne, que dedica uno de sus ensayos al libro. En ese ensayo hay una frase memorable: "No hago nada sin alegría". Montaigne apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso. Dice que si él encuentra un pasaje difícil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad.

(...) Yo diría que la literatura es también una forma de la alegría. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente, porque su obra requiere un esfuerzo.

Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Pienso que Montaigne tiene razón.

"El libro", coferencia de Jorge Luis Borges publicada posteriormente, junto a otras, en "Borges oral".

La gimnasia y la magnesia.

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Y sí: le han dado el Nobel de Literatura a Vargas-Llosa. Personalmente no puedo juzgar la justicia de tan alto otorgamiento porque mi relación con el premiado no pasa del sufrimiento de la lectura de "La guerra del fin del mundo", el disfrute de la de "La fiesta del chivo", el interés de una conferencia en la Juan March y el olvido de algún artículo periodístico. Pobre bagaje para opinar, desde luego. Aunque tampoco mucho mayor parece el de muchos de los opinadores profesionales que pueblan radios, diarios y demás media, que sí que se han atrevido - y mucho - a regalarnos con sus deposiciones.
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Al respecto, lo primero que me ha sorprendido - es un decir - es la profunda y mayoritaria animadversión que ha producido la concesión de este premio a este escritor. Al menos en el minúsculo territorio en el que me ha tocado vivir por ahora. Reiteradamente lo han tachado de señorito reaccionario, de político de derechas, opresor de lenguas minoritarias... Olvidando - o queriendo olvidar - que se le había otorgado un premio de literatura por su actividad como escritor, no el Nobel de la Paz, mucho más político, o el Nobel al Tío Más Simpático. No he encontrado, en cambio, ni una sola crítica al valor de su obra, que fundamentara el repudio a la decisión de la Academia Sueca.
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Más sorprendente ha sido, si cabe, la reacción de los defensores del premiado. En vez de señalar precisamente esa verdad de Perogrullo, de resaltar lo importante de su obra, de su trascendencia, o señalar que nada tienen que ver las ideas políticas o el estilo de vida de un artista con el valor de su obra - excepto en casos extremos: jamás leería el "Mein Kampf" aunque fuese el mejor libro de la Historia, claro -, se han dedicado a puntualizar que sí, que es de derechas, pero con una gran consciencia social, y muy culto, y viajado, y agradable en el trato, y hasta algo excéntrico, que se casó primero con una tía política y luego con una prima... ¡Fíjense!
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Y ahí es donde me huele a chamusquina. Porque puedo entender que los detractores se aferren a motivos espurios para deslucir al premiado, ya que no parece haber razones puras desde un punto de vista estricto. Pero que quienes creen que tal premio es justo, en vez de acudir a esas razones puras, recurran a rebatir las críticas con alegaciones igualmente ridículas, no puede ser fruto de la mera casualidad - que no existe, insisto - y mucho me temo que no es más que otra señal de los tiempos en que vivimos. Y es que nos están acostumbrando a la desaparición del más mínimo criterio crítico, del desarrollo de un discurso inteligible, de la razón, el pensamiento, del análisis. Pronto dará lo mismo que se confunda la gimnasia con la magnesia porque todo dará lo mismo.
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Supongo que la pregunta es quién sale beneficiado con toda esta confusión. O, mejor, lo que interesa es la respuesta.
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Una última mirada: la foto que encabeza ilustraba un artículo hagiográfico, como señal del compromiso social de Vargas Llosa. Tan solo basta una ojeada para comprobar, de nuevo, la impostura. El clochard - en expresión de Cortázar - ocupa la parte izquierda del banco, las manos recogidas, sí, pero las piernas abiertas cómodamente, el gabán desparramado tomando posiciones hacia el centro del asiento; el escritor, por su parte se escora hacia la derecha todo lo que la elegancia le permite, su hombro izquierdo ya fuera del respaldo, con las piernas cruzadas y el ceño que se pregunta cuánto tardará el maldito fotógrafo en hacer la maldita foto y si no había un banco más largo... ¿Era necesario?
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Una de Martí i Pol o el estado de la situación.

Ara mateix
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Ara mateix enfilo aquesta agulla
amb el fil d'un propòsit que no dic
i em poso a apedaçar. Cap dels prodigis
que anunciaven taumaturgs insignes
no s'ha complert, i els anys passen de pressa.
De res a poc, i sempre amb vent de cara,
quin llarg camí d'angoixa i de silencis.
I som on som; més val saber-ho i dir-ho
i assentar els peus en terra i proclamar-nos
hereus d'un temps de dubtes i renúncies
en què els sorolls ofeguen les paraules
i amb molts miralls mig estafem la vida.
De res no ens val l'enyor o la complanta,
ni el toc de disciplent melanconia
que ens posem per jersei o per corbata
quan sortim al carrer. Tenim a penes
el que tenim i prou: l'espai d'història
concreta que ens pertoca, i un minúscul
territori per viure-la. Posem-nos
dempeus altra vegada i que se senti
la veu de tots solemnement i clara.
Cridem qui som i que tothom ho escolti.
I en acabat, que cadascú es vesteixi
com bonament li plagui, i via fora!
que tot està per fer i tot és possible.
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Miquel Martí i Pol
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Sabido es que todo está ya escrito por otros y mejor de lo que quien suscribe pudiera hacerlo por mucho que viviera. Todo. Incluso lo que acontece en mi humilde día a día. Sobran, por tanto, hasta estas breves palabras, que explican que ese poema retrata exactamente el estado actual de la situación.

Felicidades y felicidad


Hay a quien el día de su cumpleaños le parece una fecha aciaga, un hito que señala el paso del tiempo, el acrecentamiento de la decadencia, el acercamiento de la muerte. Hay quien, el día de su cumpleaños se entristece porque es "un año más viejo". Olvidan, quizás, que cada día, cada momento, somos un poco más viejos, decadentes, finales y que además eso no es necesariamente negativo porque también somos más expertos, sensatos y sabios - o deberíamos serlo -.

Hay quien el día del cumpleaños le enfada. A mí, en cambio, cuando es el cumpleaños de alguien a quien quiero, ese día, me ronda una sonrisa en la mirada, la mañana me parece más luminosa, los gestos más amables, la vida más agradable, y paladeo un sentimiento indeterminado de algo parecido a la gratitud.

Porque ese día rememora otro - cada vez más lejano, es cierto, ¿y qué? - en que el mundo se hizo mejor por el simple y anecdótico hecho de que naciste tú. ¿Te parece poco para felicitarte, para mi felicidad?

Pues eso: ¡Felicidades! (y Las Mañanitas bien cantadas).

Adonde hemos llegado

Ha sucedido esta mañana. Han entrado los dos por la puerta de la exposición como dos clientes cualesquiera. Él un poco más adelantado, ella con la vista un poco baja. Yo estaba allí, así que se han dirigido a mí: "mire, esto no es ni para Cáritas, ni para una ONG, ni para ninguna campaña, es para mí y para mi familia, ¿puede ayudarnos con algo?", me ha espetado el hombre, mirándome a los ojos, algo envarado, pero sin vergüenza. Su mujer también me miraba, pero algo encorvada. Yo sí he sentido vergüenza cuando le he alargado el billete que he encontrado en la cartera, mientras musitaba una disculpa y un buena suerte. "¿Buena suerte? Tengo cincuenta y un años, toda la vida trabajando y mire adónde he llegado... Mis hijas todavía no saben cómo pasamos las mañanas su madre y yo, pero se enterarán pronto... Adónde he llegado," y solo en ese momento se le han caído los hombros. Su mujer le ha cogido la mano y así han salido por la puerta. Como dos clientes cualesquiera. Ha sucedido esta mañana, a primera hora, y yo todavía sigo sintiendo vergüenza.

Una lectura febril


Cabrera Infante afirmaba que le reconfortaba enfermar de gripe porque era el único antídoto eficaz que conocía contra el deseo. Yo he tenido la gripe dos veces en mi vida. No es que crea que ese dato sea importante – al contrario que Thomas Mann, tengo la certeza de que a la posteridad no le importará nada de mí, pero todavía menos mis dolencias – a no ser porque mi segundo y relativamente reciente y pandémico proceso gripal – variante A – me brindó la oportunidad no solo de perder – o casi – el deseo, sino de saltar de alguna manera a lo que Cortázar no habría dudado en llamar el lado de allá.

Ossip posee el arte del regalo y, gracias a él atesoro algunos objetos con alma, en los que, a la manera del anillo de Pushkin, se unen la belleza, la historia real o imaginada que pueden contener y la estima del ser querido. Así un grueso tintero de cristal de roca y una pequeña pluma de viaje, un pequeño gravado del Puente de Carlos, de Praga… Así un librito con una reimpresión de 1929 de la primera edición de bolsillo del “Stalky & Cia.”, de Kipling, con los que iluminó los obscuros días que rodearon mi cuadragésimo segundo cumpleaños.

El H1N1 me proporcionó unas continuadas y apreciables somnolencia y jaqueca, además de cuatro días de postrada reclusión. No recordaba cuánto hacía que no disponía de tanto tiempo libre – incómodo, pero libre – y decidí que no podía desaprovecharlo. Tenía pendiente mi lectura anual y, ya que este año iba a ser diferente puesto que el libro y hasta el texto serían nuevos, no hallé razón alguna para no variar la época y adelantar al invierno esa ceremonia que siempre había sido primaveral.

Sus flexibles tapas de hule, con el dorado sello en relieve de Kipling guardaban algo más que una dedicatoria fantasmal, de caligrafía elaborada que simula una inscripción lapidaria, o un suave papel o una edición cuidadosa; guardaba otro libro infinitamente más rico y más complejo que la triste - ahora lo sé – traducción que había conocido hasta entonces, la cual, desde las primeras páginas, se me apareció como un mero croquis, un plano rudimentario de un territorio realmente inexplorado hasta entonces. Y me adentré en la densa selva del inglés plagado de modismos dialectales del Devonshire o de la jerga estudiantil propia de los primeros años del siglo pasado; me sorprendieron unos habitantes que creía conocer íntimamente, mucho más sutiles en sus juegos de palabras, en sus sobreentendidos, en sus silencios; descubrí no solo frases sino pasajes y hasta un relato entero, que habían pasado desapercibidos a los pergeñadores de mi mapa. Y todo ello combatiendo a la vez con el dolor, el sueño y la fiebre… Y sorprendiéndome que, con todo, la lectura se fuese tornando cada vez más en un placer profundo, casi tan físico como mi malestar: con qué sentimiento de triunfo emergía de un párrafo difícil, levantando la vista hacia nuevos horizontes, qué satisfacción me proporcionaba descubrir un recodo desconocido allí donde esperaba un terreno trillado, qué felicidad casi salvaje me proporcionaba escuchar a mis amigos tal y como nunca hubieran debido de dejar de hablar.

Y de tanto en tanto, cuando necesitaba algún momento de reposo, cerraba los ojos y el libro y acariciaba su suave perfume a brea y escuchaba el bramido del viento barriendo la banquisa, mientras me preguntaba si podríamos levantarnos y continuar, aunque no fuese ya importante; o sentía la pegajosa humedad de la noche africana, mientras me preguntaba qué nombre dar a semejante caída de agua; o avanzaba bajo el sol inclemente del desierto hacia Aqaba. Y, creedme, no lo imaginaba.

He buscado una explicación y algunas se me aparecen. La fiebre, claro. Y el propio Kipling y la presencia de la India – de Oriente, diría Borges – como una corriente subterránea, como una llamada lejana pero continuamente presente en la vida de los personajes, en sus historias futuras. O quizás que el libro que atesoraban mis dedos podría muy bien haber sido parte del petate de Scott, de Livingston, Lawrence o cualquiera de esos aventureros ilustrados que fue tan propensa a producir la Gran Bretaña entre los siglos XIX y XX y de ahí la inferencia.

O quizás porque, en efecto, hay objetos con alma, que quedan impregnados de la esencia de quienes los poseyeron y los estimaron y que, de alguna manera la trasmiten a quienes ahora nos toca tenerlos y amarlos…

No sé, pero lo cierto es que a la cita del próximo año acudirá un nuevo amigo junto a Stalky y los demás y, cuando abra de nuevo mi libro no podré evitar preguntarme quién fue S. Bollen, a quien Daphne y Peggy desearon un feliz aniversario en su guarda y lo leyó, si damos crédito a su anotación a lápiz, un febrero de 1931.

The Waste Land



Los políticos no deberían ejercer de poetas. Los políticos, de hecho, en la mayoría de ocasiones no deberían ejercer de nada.

Pero menos de poetas.

Los políticos o esos sucedáneos inmorales y desvergonzados que elegimos periódicamente para que nos roben y nos engañen, para que aticen el fuego de las diferencias y los enconos, que nos harten de demagogia y propaganda… para que, dicho en breve, nos representen.

Porque cuando surgen sus desfalcos escandalosos, los tejemanejes, la zafiedad y la ruindad de sus palabras y sus actos no puedo evitar recordar una sentencia de un viejo – en todos los sentidos – amigo: “tenemos lo que queremos”, repetía mirándome por encima de las gafas cada vez que yo me exclamaba por alguno de estos asuntos “y es peor quererlo que merecerlo”, añadía explicativo. Porque si nuestros políticos son como son es porque no solo les permitimos que así sean, sino porque muchos de nosotros, la inmensa mayoría, probablemente caeríamos en los mismísimos pecados que les reprobamos en el caso de encontrarnos en su situación.

Sin embargo hay ocasiones en que los políticos pierden los últimos escrúpulos y, defendiendo los más obscuros intereses, a fuerza de excavadoras y policías, de leyes torticeras y hechos consumados, se irrogan del derecho de encarnar el desgarro de la poesía en esta prosaica cotidianeidad nuestra de cada día y asolar hogares y memorias y tornarlo todo una tierra baldía, haciendo de Abril el mes más cruel. Y nos soliviantamos ante las lágrimas de los arrasados, su desesperación. Se nos revuelven las tripas y los corazones y lanzamos consignas y nos rasgamos las vestiduras pero, con todo, la duda se mantiene: ¿No será esto lo que queremos?

Delibes bajo aquella manta

Era viernes por la noche – esa noche temprana de los viernes de diciembre – y acabábamos de llegar a la casita de verano de mis padres, a la que mi padre se empeñaba en arrastrar a toda la familia cada fin de semana. Mi madre se afanaba en deshacer los bártulos que había hecho apenas una hora antes, mientras él se peleaba con el hogar de leña, que nunca tiró como habría tirado un hogar decente, y llenaba de humo frío el helor de la sala. Cape, mi hermano pequeño, deambulaba, temblaba y se asombraba de que saliese vaho de su aliento dentro de la casa. Y yo desaparecía ese par de horas hasta la cena bajo la rasposa manta gris de caballería, tan liviana y tan sorprendentemente cálida a la vez, que me envolvía casi como una jaima individual, encomendándome a la lectura del libro de turno.

Así, sintiendo el mordisco del frío en la nariz, las mejillas y los dedos que sujetaban sus libros, respirando aquel extraño perfume mezcla de naftalina y caballeriza, conocí a Delibes. Fueron tres o cuatro fines de semana seguidos y yo tenía diez años. “Las ratas”, “El camino” y “Viejas historias de Castilla la Vieja”, los títulos suyos que había en la surtida biblioteca de mis padres, se siguieron sin solución de continuidad. Nada parecía más alejado de mi vida que las penurias de aquellas infancias castellanas de posguerra, en las que las ratas podían constituir un manjar, pero yo tenía diez años y mucha imaginación y frío mientras lo leía a Delibes y, quizás por eso o quizás también por su español límpido, exacto y directo, me identifiqué perfectamente con los personajes y las historias que me mostraban. Como respondiendo a una imposible llamada atávica contenida en la tierra de algunos de mis antepasados, tan o más protagonista de la literatura de Delibes, me vi transitando aquellos paisajes y aquel pasado como si así hubiera ocurrido en mi propio pasado. O mejor: descubrí que ese pasado podía ser presente, en realidad; que existían niños cuyos padres no tenían casitas de verano, ni ellos mantas cuando tenían frío, ni tan siquiera ratas que comer…

Han pasado los años – muchos – y con ellos las carcajadas que me produjo “Cinco horas con Mario” y la pesadumbre de “El hereje”, que en total hacen los cinco libros suyos que he leído. Y, al final, Delibes se ha muerto. La casualidad no existe y esa, la noticia de su muerte, fue la primera que sonó en la radio cuando puse el coche en marcha a las seis de la mañana. No adoro especialmente a mis mitos y excepto en contadas ocasiones – con Borges y Fofó, quizás – no me apena en realidad su muerte. Las siento, claro, pero no me causan auténtica pena: la desaparición física de alguien a quien no conozco o de quien solo conozco – y aprecio – sus escritos, que no desaparecen con él y a los que siempre puedo volver, no es causa suficiente, a mi sentir. Por eso me sorprendió que se me hiciera aquel nudo en el estómago y aflorara un sincero “¡Mierda!” en mis labios, porque sabía que aquel ya era, a las seis de la mañana, un mal día, y que todo fuera por la muerte de un escritor al que no leía desde hacía un lustro al menos. Y que sintiera pena.

La edad – al menos en mi caso – incrementa la curiosidad sobre las propias reacciones, los sentimientos que provoca lo que nos acontece, la aparición de la sorpresa. Así, a la pena se sumó la pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué con Delibes? Han pasado los días y quizás haya encontrado la respuesta. A Delibes no lo conocí como persona, pero a esa persona – entre otras, por supuesto – le debo ser un poco menos egoísta de lo que podría haber sido, la visión de que la realidad no es siempre mi realidad y que esas otras realidades son a menudo mucho más duras y que quienes las afrontan son merecedores de todo mi respeto y que están irrogados de una dignidad que muchas veces echo en falta entre los que vivimos acomodados. De alguna manera, por tanto, sí perdí a alguien con su muerte: a un maestro que me guió, sin saberlo ni pretenderlo, desde la distancia de un libro leído bajo aquella manta.


Ximo

Las manos de Ximo son toscas, cuadradas, de dedos anchos y están surcadas de cicatrices tan negras como la mugre que enmarca sus uñas y que afirma, con una tímida sonrisa de disculpa, no se va con nada. Sorprenden las manos de Ximo, la delicadeza con la que le hizo a Nenna un estrobo mínimo con el cordel, que la niña había encontrado en vaya a saber qué rincón, la ilusión pura que compartieron ambos con ese pequeño milagro ovillado en la palma inmensa. Sorprende Ximo y se sorprende de estar con este grupo heterogéneo de urbanitas transplantados a su pueblo. Porque Ximo es del pueblo y, como el pueblo, es pescador. Así lo delata el olor a salitre y gasoil y pescado que afirma, con una suave sonrisa de disculpa, no se va con nada. Ximo se sorprende de que, como anoche, nos vayamos todos a cenar y le pidamos que venga con nosotros; que siempre haya un sitio en el laúd para él, o que sea al primero que saludamos cuando llegamos retrasados. De que no sea uno más, sino el presidente de nuestro club, tan moderno, tan europeo que hasta hay mujeres que reman.

Ximo me mira con esa calma cándida y risueña y me lo confiesa, eso, que le sorprende que gente como yo, con carrera, con profesiones sofisticadas, dinero y lecturas y viajes y todo lo que él no ha tenido ni tendrá, queramos compartir un vaso de vino con él. Y que callemos cuando nos cuenta cómo se recogen las redes cuando el fondo es de arena y hay que purgarlas, porqué el esparto era mejor que el cáñamo para determinados trabajos, cuáles son los hitos más señalados de esta costa. Y que callemos aún más cuando endulza su voz dulce y recuerda el día que su abuelo serró el mástil del laúd de la familia porque ya no iba a hacer falta izar la vela nunca más, aquel día en que le instalaron el primer motor: un dos tiempos de apenas cuatro caballos – imagínate, la barca que llevo ahora carga novecientos y las hay ya de mil quinientos – o la suerte que tuvo la vez que no pudieron salvar a unos compañeros a los que sorprendió un temporal de levante y la codicia y el presidente de la cofradía tuvo que llamar a la Guardia Civil porque los más jóvenes – él entre ellos – no querían obedecer a la autoridad y al sentido común y pretendían aparejar y salir a buscarlos… o cómo pagó sus deudas de patrón con la indemnización que le dio Europa, los ecologistas o alguien por la locura de hundir su barca. Y entonces callamos los dos y bebemos el vino de nuestros vasos y Ximo mira por encima de mi cabeza hacia el mar que no se ve de noche, pero que ahí está. Como su barca: justo en la enfilada de la Mola con la Casa del Moro, por estribor y la vieja torre de guaita con el cortado de la rambla, por babor. Pero el silencio no dura y pronto retoma sus recuerdos que afirma, con una franca sonrisa de disculpa, no se van con nada.

Ximo se siente honrado con nuestra camaradería, no lo dice, pero se nota. No lo entiende, pero le honra. Se asombra de mi asentimiento silencioso – un nudo cierra mi garganta – a su ruego; de que mañana, que se cumple aniversario, ocho de nosotros vayamos a levantarnos de madrugada y a encontrarnos en el muelle brillante de escarcha para embarcar dispuestos a bogar como condenados una hora y media, para agradecerle, de alguna manera, el honor que nos hace, el orgullo que nos llena por permitir que le acompañemos en el momento en que salga el sol, justo enfilando la Casa del Moro con la Mola.

Elijo

Me había sobrevivido con elegancia. Era innegable. Ese pequeño, casi imperceptible, cambio que le aprecié a la salida del responso, del brazo de mi hermana, no sé: los hombros más erguidos o la cadencia tranquila de los besos con los que recibía los pésames obligados e insinceros, se fue asentando con el paso de los días. El negro del luto no parecía luto, sino moda, tan bien le quedaban los vestidos ajustados con los que cubría el resultado de la dieta, del deporte que había retomado, las horas de sueño tranquilo, los paseos por sus museos, los conciertos… Su vida se fue tornando el negativo de lo que había sido la nuestra. No tardaron en llegar las reuniones con sus antiguas compañeras del trabajo, que abandonó cuando nos casamos, y luego las cenas fuera, los viajes y, demasiado pronto, los amigos, los amantes… Era innegable que me había sobrevivido con elegancia, con alegría incluso. Por eso me sorprendía su visita anual, fugaz, sin rastro de pena como un trámite. Una mera comprobación rutinaria de que aquí y así seguía, con la misma displicencia con la que contempló cómo me bebía aquel que ella sabía que iba a ser mi último café.


(*) A propuesta de Blanco.

Agigantados

“En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo: y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero:
- La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
- ¿Qué gigantes?, dijo Sancho Panza.
- Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
- Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se aparecen, no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son aspas, que, volteadas por el viento, hacen andar la piedra del molino.
- Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar en fiera y desigual batalla. Diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que no oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:
- Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual, visto por Don Quijote, dijo: Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo me lo habréis de pagar. Y diciendo esto, encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante, y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante”

Don Quijote de la Mancha”, de Miguel de Cervantes.

Cuatrocientas treinta y una palabras – apenas una página de mi edición – dedicó Cervantes a la que no debía de pasar de ser una más de las muchas aventuras cómicas por las que iba transitando su personaje y, adecuadamente repartidas por la novela, debían mantener la atención del lector. Ni una más: creo que en todo El Quijote no se vuelve a mencionar. Sin embargo, a fuerza de ser repetida hasta la saciedad, se ha convertido en su escena paradigmática, la aparentemente esencial, la que todo el mundo reconoce y asocia al Qujote. Su marca. No es el único ejemplo, por supuesto: Beethoven es mucho – todo – más que la cancioncita “Para Elisa”; Capa no es únicamente la foto fraudulenta del miliciano… Pero es lo que nos va: lo reducido, lo simple. Aunque con ello perdamos perspectivas, agigantemos anécdotas y se nos oculten las verdaderas enjundias.


Una traducción prodigiosa


Ser o no ser, de eso se trata:
Si para nuestro espíritu es más noble sufrir
Las pedradas y dardos de la atroz Fortuna
O levantarse en armas contra un mar de aflicciones
Y oponiéndose a ellas darles fin.
Morir para dormir; no más; ¿Y con dormirnos
Decir que damos fin a la congoja
Y a los mil choques naturales
De que la carne es heredera?
Es la consumación
Que habría de anhelar devotamente:
Morir para dormir. Domir, soñar acaso;
Sí, ahí está el tropiezo: que en ese sueño de la muerte
Qué sueños puedan visitarnos
Cuando ya hayamos desechado
El tráfago mortal,
Tiene que darnos que pensar.
Esta es la reflexión que hace
Que la calamidad tenga tan larga vida:
Pues, ¿Quién soportaría los azotes
Y escarnios de los tiempos, el daño del tirano,
El desprecio del fatuo, las angustias
Del amor despechado, las largas de la Ley,
La insolencia de aquel que posee el poder
Y las pullas que el mérito paciente
Recibe del indigno, cuando él mismo podría
Dirimir ese pleito con un simple punzón?
¿Quién querría cargar con fardos,
rezongar y sudar en una vida fatigosa,
si no es porque algo teme tras la muerte?
Esa región no descubierta
De cuyos límites ningún viajero
Retorna nunca, desconcierta
Nuestro albedrío, y nos inclina
A soportar los males que tenemos
Antes de abalanzarnos a otros que no sabemos.
De esta manera la conciencia
Hace de todos nosotros cobardes,
Y así el matiz nativo de la resolución
Se opaca con el pálido reflejo del pensar,
Y empresas de gran miga y mucho momento
Por tal motivo tuercen sus caudales
Y dejan de llamarse acciones.

Traducción a cargo de Tomás Segovia, del “Hamlet” de Shakespeare, citada y alabada en el libro “De eso se trata”, de Juan Villoro.


Retrato

Franz von Stuck. Portrait of Artist’s Daughter


Miradle la mirada. También la sonrisa insinuada, el pequeño mohín de la comisura de los labios, que esconde la jocosa condescendencia con la que perdona – una vez más – la nueva payasada de papá, la ocurrencia de disfrazarla con ese tocado enorme y rojo, de peinarla con moñitos asimétricos, con lazos, la excentricidad de pintarla; la misma cariñosa piedad con la que permite que todavía le llame pequeñaja, que le invente cuentos, que la quiera en su regazo o que no sepa quién es ese personaje de la tele. Deteneos y deslizad los dedos por la suavísima piel del mentón firme y decidido. Advertid la calma de su respiración, el cuello relajado, el rostro luminoso. Y volved a los ojos enormes, miradle a los ojos. Solo los ojos. ¿Me engaño o en ellos veo el sosiego y la paz, la confianza, la absoluta certeza de que ese que la mira, el que la pinta, el que a veces la regaña y con el que se pelea, acudirá cada noche, tantas veces como le llame; que no importará el tiempo que pase, lo mayores que ambos se hagan, lo que lleguen a separarse, los errores que cometan? ¿Me engaño o no es esa la más bonita de las miradas?

Último viaje a Zimbabue (*)

Me vi aparecer de repente en el recodo del sendero. Me sorprendió no hallar mi desconcierto en mi mirada, mientras me saludaba y me sentaba a mi lado en el banco. Al imposible silencio del parque africano, siguió un largo cruce de preguntas y respuestas. Primero sobre secretos triviales, recuerdos… las respuestas siempre correctas, como no podía ser de otro modo: los mismos olvidos y errores, las mismas certezas. Me incomodaba descubrir mi alianza en mi mano izquierda en vez de en la derecha, como acostumbraba a lucirla en los espejos, o el sonido de mi voz diferente. Mientras me iluminaba la noche austral me aventuré a inquirir sobre mis miedos, las dudas, mis derrotas y vergüenzas íntimas. Mis respuestas, aunque no siempre sinceras, acabaron por convencerme de que era yo mismo. ¿El mismo? No exactamente… el corte que me había hecho al afeitarme esa mañana y que mis dedos acariciaban no aparecía en mi mentón, no recordaba el sueño que me había aterrorizado anteanoche y cuyas imágenes me perseguían incluso en ese momento, negué haber bebido los gin-tonic que ardían en mi estómago y me provocaban esa ligera torpeza al juguetear con el tenedor que nunca había robado del restaurante. Finalmente volví al silencio. A pesar de la proximidad a que me obligaba el pequeño banco del parque, había evitado tocarme. No habría sabido explicar la razón de mi aprensión. Quizás intuía fatalmente que aquel mi primer contacto sería el último. Inspiré con fuerza y me decidí. Todavía no clareaba tras los edificios lejanos de Harare, mientras me alejaba sin mirar atrás, sin poder ver ya que me alejaba.



(*) N. A. El texto me lo inspiró el relato “Un viaje a Zimbabue”, que Raúl Quirós tuvo a bien regalarnos por Navidad y del que recomiendo encarecidamente su lectura, no solo por su propia, autónoma e indiscutible valía, sino porque ayuda a la inteligibilidad de todo lo que antecede, que no deja de ser un cierto y escaso homenaje.
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