Del viento y de lo extraño

Yo lo primero que leí de Gabriel García Márquez fue el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Lo he recordado esta madrugada, en el sofá de nuestra habitación desde el incómodo asombro de un insomnio – soy cualquier cosa menos insomne -, mientras fuera el temporal de viento desmontaba metódicamente la Vila. Desde luego no es que la conexión de mi memoria haya sido de una gran brillantez: simplemente sustituía un meteoro por otro; lo que en la ficción fue lluvia, en mi realidad se había convertido en viento. Detalles aparte, los paralelismos eran evidentes. El viento levantó por sorpresa el sábado por la tarde bandadas de hojas y bolsas de plástico calle abajo. Su violencia nos engañó y pensamos que no podía durar, no así, que amainaría, si no a la noche, con la amanecida. Pero el domingo fue un día de ruido, de golpes invisibles, de reclusión tras los cristales crujientes… pero ya no podía durar que todas las fuerzas, hasta las del viento, acaban agotándose. El lunes tuvimos que afrontar las rachas de furia, a pesar de las advertencias de las autoridades, – no se desplacen si no es estrictamente necesario, eviten árboles, cornisas y vallas publicitarias – la mala costumbre de conservar el trabajo, es lo que tiene. Por la noche supimos que era viento del norte, aunque por esas jugadas de la orografía y la dinámica de fluidos aplicada, a nosotros nos llegaba de poniente, desde la serranía, empujándolo todo hacia el mar, que más bien descolocado y algo airado – nunca mejor dicho – se esforzaba en vencer el terral y hacer llegar unas olas encabritadas, despeinadas hasta la costa… Y siguió el martes y el miércoles… No podía durar, pero ha durado hasta hoy, hasta esta noche pasada en que he pensado en Macondo, en lo extraño de sus gentes y sus hechos. Quizás por el viento, también por la ausencia del sueño y también, quizás, porque, por un momento, se me ha hecho extraña la casa tan grande, la Vila, que aquí esté mi vida.

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