Una de Ruiz de Castel-Branco

Cantiga sua, partindo-se

Senhora, partem tam tristes
meus olhos por vós, meu bem
que nunca tam tristes vistes
outros nenhuns por ninguem.

Tam tristes, tam saudosos,
tam doentes da partida,
tam cansados, tam chorosos,
da morte mais desejosos
cem mil vezes que da vida.
Partem tam tristes os tristes,
tam fora d'esperar bem
que nunca tam tristes vistes
outros nenhuns por ninguem.

Joao Ruiz de Castel Branco

No es necesario insistir en la magnitud de mi ignorancia: está ampliamente demostrada. Por ejemplo, no he sabido nada de la existencia de este poeta renacentista portugués hasta hace escasamente una hora, cuando por azar he escuchado una canción que musicaba precisamente el bellísimo poema que precede. Y eso debe ser horroroso porque mucho me temo que debe ser hasta famoso. Pero yo, lo dicho, ni idea. Y no sirve - o debiera servir - la manida escusa de que la cultura portuguesa es la gran desconocida - y ninguneada, me temo - por su mera proximidad. Mi ignorancia personal es causa suficiente para el oprobio y la vergüenza, insisto.
Aunque, por otra parte, gracias a mi ignorancia, un anodino trayecto en coche, camino de un día eterno de problemas y trabajo se puede convertir en un momento de sorpresa, de deleite, de emoción. De reconocimiento en un poeta muerto hace quinientos años... porque ahora que ya pasó la partida y la tristeza, aquel día de mi vida podría haber escrito - si hubiera sabido hacerlo, que no supe - este su verso partem tam tristes os tristes...
P.S. Por cierto, y hablando de ignorancia, ¿Alguien me puede decir cómo poner la tilde sobre la "a" de Joao?

Cuestión de enfoque

En una de esas maniobras malabares a las que nos obliga la tan deseada como incumplida conciliación de las nuestras vidas laboral y familiar, ayer tuve que levantar a Nenna a mi misma e intempestiva hora de cada día. Por eso y porque somos hijos de nuestro tiempo, aunque era casi de madrugada, mientras le preparaba sus cereales integrales con forma de números, puse la tele. El documental de animalitos que apareció en la pantalla le resultó lo suficientemente interesante como para ahorrarnos el suplicio de otro programa infantil. Un pájaro minúsculo picoteaba el suelo nevado, pero lo que llamó mi atención fue un leve fulgor evanescente que aparecía y desaparecía sinuoso tras el animalito. Un hilo de araña flotaba captando la luz blanca de una mañana de invierno siguiendo, además, el ritmo del vals mínimo y lento que sonaba en ese momento. Mi sonrisa acompañó al pensamiento de que la belleza se puede esconder en el hilo de una araña - disculpad, pero todavía no había tomado el café que me aleja del sueño -.
Justo antes de que el pájaro alzara el vuelo asustado, justo antes de que se abriera el encuadre, de que cesara la música, apareciera una bota desastrada envuelta en trapos y luego la pierna y, por fin, un hombre harapiento empuñando un rastrillo caminando entre basura. Justo antes de que el narrador del documental continuase explicando lo dura que es la vida en el mayor vertedero de Lituania.


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