De lectores, placeres y casualidades

Las casualidades no existen, así que no debe ser casual que Vila-Matas publicara ayer un artículo tratando dos de esos temas que llamo recurrentes por su insistencia en ocupar la atención de mis elucubraciones y que casualmente - aunque la casualidad no existe, insisto - habían aflorado muy recientemente en sendos comentarios a Dani y la Comtessa. A saber: el lector como agente activo del acto literario y la lectura como placer.

Como Vila-Matas lo dice mucho mejor de lo que yo lo podría formular por muchas vidas que viviera, he aquí dos fragmentos:

"(...) Paul Valéry (...) en sus Cuadernos consideró plausibles un tipo de obras que contaran con la iluminación propia del lector, es decir, un tipo de obras escritas sin pensar en darle algo a quien lee, sino, al contrario, pensando en recibir de él: "Ofrecer al lector la oportunidad de un placer -trabajo activo- en lugar de proponerle un disfrute pasivo. Un escrito hecho expresamente para recibir un sentido, y no sólo un sentido, sino tantos sentidos como pueda producir la acción de una mente sobre un texto
(...)

Una novela es una calle de dos direcciones, animada por dos talentos; una calle en la que la tarea que se requiere a ambos lados es, al final, la misma. Leer, cuando se lleva a cabo con linterna propia, es tan difícil y apasionante como escribir. Tanto quien escribe como quien lee, aun entreviendo el fracaso, buscan la revelación certera de lo que somos, la revelación exacta de la conciencia personal de uno mismo, y también de la del otro. Y aquellos que sitúan la lectura al nivel de la experiencia pasiva de ver televisión lo único que hacen es vejar a la lectura y a los lectores. De hecho, las mismas destrezas que se necesitan para escribir se precisan también para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven en su pequeña pantalla. Los nuevos tiempos traen esa revisión y renovación del pacto exigente entre escritores y lectores. Cabe esperar, parafraseando a Henry James, que pronto pueda decirse que unos y otros trabajan con lo que tienen, y sus grandes dudas son su pasión, y esa pasión es precisamente su gran tarea."
"El lector activo", publicado en El País de 27 de septiembre de 2009, de Enrique Vila-Matas

Una de Mozart

Este es el Papageno "de verdad" preferido de mi hija. No es su Papageno preferido, que ese es de cartón piedra, pero está comiéndole muchos cuerpos de ventaja conforme ella va creciendo. A fuerza de repetir su visita a mi nuestro ordenador, también se está convirtiendo en uno de mis favoritos.

Quiero creer que no es casualidad que a ella le guste especialmente esta aria que es en realidad un canto hedónico a los placeres de la vida: el vino, la comida, la carne humana (y no me refiero al canibalismo)... Podría indicar que su educación no va tan desencaminada como nos tememos.

Disfrutemos pues de este "Ein Mädchen oder Weibchen", de la "Flauta Mágica", de W. A. Mozart. ¡Salud!

Una brevísima de Hughes


Suicide’s note.

The calm
cool face of the river
asked me for a kiss.

Langhston Hughes.


Mi incultura es infinita así que no me sorprende no haber tenido la más mínima noticia de este señor hasta que leí la reseña de la traducción de unos pocos poemas suyos que publicó el otro día Javier Galarza. No tendría mayor importancia, ya que me ocurre muchas veces, si no fuera porque el primero de ellos, que es precisamente el que encabeza esta mirada, provocó en mí esa reacción que podríamos llamar mini-síndrome de Stendhal, que sufro muy de tanto en tanto y que describiría como una sensación de sorpresa y profundo placer que me descoloca un poco y me reconcilia otro poco con la vida. Habitualmente lo he experimentado con determinadas piezas de música, con poemas o con comida.

Si pica la curiosidad, aquí encontraréis algunos poemas e incluso los lograréis leer si obviáis los anuncios de agencias pseudomatrimoniales y alter ego virtuales que los rodean (¿Qué tipo de gente suponen que lee poesía por internet?)

Lonely Toones

Recuerdo que todos mis amigos, compañeros, mis primos coincidían en observar sus desventuras desde la distancia y la superioridad de una sonrisa displicente: a nadie se le escapaba una verdad de Perogrullo: el Coyote era, por decirlo de una manera lo suficientemente gráfica e infantil, tonto del culo. Y mis amigos, mis compañeros, mis primos y, en general, los niños que me acompañaron en la infancia abominaban unánimemente de los tontos.

Y es que el Coyote era tonto. No podía alegar en su defensa que se enfrentase en realidad, a un rival; al contrario que otros perdedores de Looney Toones como Silvestre o el Pato Lucas, que debían vérselas con seres maquiavélicos como Piolín o Bugs Bunny, Coyote tan solo tenía como contrincante a un ente que se limitaba a correr, sacar la lengua y emitir onomatopeyas: el Correcaminos no era nadie, ni tan siquiera la causa de las desgracias de Coyote, ya que Coyote se bastaba y sobraba consigo mismo para recabar todas las desgracias imaginables e incluso alguna solo imaginable para la calenturienta imaginación de un guionista de la Warner.

Coyote, en cambio, siempre ha sido mi favorito de aquellos personajes de dibujos animados de mi infancia. Porque sus caídas interminables al fondo del cañón o su insistencia en acabar bajo la mayor de las rocas disponibles me han hecho reír hasta llorar, o porque su silencio o su mirada me recuerdan a Buster Keaton, aunque eso vino después.

Pero más porque Coyote es un personaje que, a pesar de todo, conserva toda su dignidad. Es cierto: jamás logra su objetivo, que no es otro que cazar al Correcaminos, y en cada intento se escenifica una modalidad del desastre, pero su perseverancia, su fe en sus propias posibilidades, su fidelidad a la meta, aunque sea inalcanzable le hace merecedor del mayor de los respetos – de mi respeto, al menos – y le pone a salvo del ridículo que aparentemente busca con tesón.

Y más todavía porque viendo sus correrías no puedo evitar que me asalte desde siempre una duda: ¿Y si Coyote no es más que una alegoría de lo que podemos llegar a ser cada uno de nosotros? ¿No nos engañaremos tras nuestras sonrisas de suficiencia? Porque en muchas ocasiones de mi vida me ha dado la sensación que me despeñaba al fondo del cañón de decisiones erróneas, o estaba a punto de caerme sobre la cabeza la roca que había impulsado la que parecía la mejor de las ideas… En muchas ocasiones me he sentido un Coyote desgarbado y mudo, persiguiendo algo tan estúpido y huidizo como un sueño llamado Correcaminos y solo me ha quedado la esperanza de conservar, al menos, la dignidad de mi amigo.


(Y contar con un ingenio ACME que me hiciera el trabajo. Aunque, ahora que lo pienso, esa corporación fantasma era la única que sacaba alguna tajada del asunto… ¿No?)
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