A modo de prólogo


Ossip ha escrito:


- AQUELLA GOTA DE YEATS -

El Ovillo de Nadna es la crónica de un exilio, no por elegido menos doloroso. Es también el relato de una mudanza. El término mudanza designa el traslado de una casa a otra pero también, no por azar (Nadna niega las casualidades), el número de movimientos que se hace a compás en los bailes y danzas. Una delicada partitura guía nuestros pasos a través del laberinto de recuerdos que conforman la biografía emocional de Nadna. El poder de la música y otros temas recurrentes hilvanan las páginas de su Ovillo: la memoria como identidad; el inevitable paso del tiempo; el arte, la cultura y demás antídotos contra la barbarie; el valor imperecedero de la amistad; la felicidad a pesar de todo.

El de Nadna es un laberinto clásico. No encontramos en él encrucijadas tramposas, ni bifurcaciones que acaban en callejones sin salida. Los círculos concéntricos de su viaje confluyen en una sola vía que desemboca directamente en el corazón del laberinto. Ese espacio de intimidad custodia todo aquello a lo que Nadna otorga valor: el arte y la belleza como armas de resistencia, y las personas a las que ama, descritas siempre con generosidad. Sus escritos, más allá de la anécdota, hablan de una actitud ante la vida que recurre al sentido del humor para diluir las desilusiones cotidianas: ocho meses después de iniciado el exilio, el tres de octubre de 2008, Nadna da por concluida la fase burocrática del traslado. Tras despacharse fulminando simbólicamente a los responsables de sus problemas (concejal de urbanismo; recaudador; arquitecto; albañil… ; se salva la decoradora, Nadna es un señor, ¿o una señora?) sentencia con ironía: “Sólo nos quedan las obras”. Por fortuna, éstas se prolongaron lo bastante como para permitirnos disfrutar de sus confidencias seis meses más.

Los escritores y sus libros (sus amados libros) entran y salen del laberinto con familiaridad, desde el ubicuo Borges, que hizo del prólogo un género literario, hasta la novela iniciática de Kipling, a la que Nadna regresa cada primavera. Sus recuerdos son en parte los míos. En algunos me reconozco, otros me completan devolviéndome una experiencia olvidada o ajena. Valga como ejemplo la visita a la tumba de Yeats en Irlanda. Mientras leo el aguacero que sorprendió a Nadna y Mimianna junto al monte Ben-Bulben, busco con la mirada en un estante de mi biblioteca el volumen que contiene esa gota de lluvia que debiera haber sido de Yeats y acabó cayendo sobre el poema leído. Al abrir el libro, constato que la huella húmeda permanece en él. No deja de resultar emocionante esa correspondencia.

Uno de los momentos preferidos de Nadna es el que precede al inicio de un concierto, cuando los integrantes de la orquesta afinan sus instrumentos. Toses, murmullos, notas discordantes y crujidos de tarima se mezclan en la sala antes de ser engullidos por un gesto imperioso del director. En los prolegómenos del verdadero comienzo hay una sensación de expectativa, también de deleite. Es el olor del libro recién adquirido que leeremos al regresar a casa, o la oscuridad anterior al inicio de una buena película, o ese instante que posterga el bocado predilecto. Es también el prólogo que celebra lo que vendrá.

Todo prólogo debiera ser un pararrayos, decía Lichtenberg. No es éste el caso. Permitid; por tanto, que me arrellane en mi sofá, copa generosa en mano, tal y como Nadna me imagina, y mientras me parece escuchar su voz susurrándome al oído (‘el secreto está en dejarse ir, abandonarse...’) pase la página dispuesto a perderme una vez más entre los hilos mágicos del Ovillo.



Y yo se lo agradezco (sin que esto sustituya el pago de dos postres, que continúo debiendo).

Una de Quirós


Boulot

Siempre encuentras tus manos bajo el grifo
cada mañana, como si imploraran
en silencioso rezo que no, que no
quieren ir a la escuela, al taller
otro día más, aún más parecido
a ayer que a anteayer.
…………………………….. ¿Terminará
esto con tu llegada, Adonai,
Señor de los Seis Ceros? ¿Dónde tienes
que ir, a qué estación, a qué escalera,
para que las Bahamas se desnuden,
para que el sueño no te clave sus garfios
en los músculos, en la fe, en el aire?

No es esta agua que corre gélidamente
la que limpiará tus manos dormidas:
son tus dedos los que a duras penas
tratarán de parar el cauce infinito
del destino de cada día.

De "El día que me enamoré de mi BMW", de Raúl Quirós Molina.
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