Abriendo vías

Mademoiselle Henriette, Comtesse d’Angeville, nació para la Historia – para esta historia – el año 1838 en el que a la edad de cuarenta y cuatro decidió y logró llegar la cumbre del Montblanc, y no por el dudoso honor estadístico de ser la primera mujer en hacerlo, puesto que se le había adelantado una campesina natural de Chamonix y llamada Marie Paradis, sino por la manera en que lo hizo.

Mme. D’Angeville, en su condición no solo de condesa sino de miembro destacado de la alta sociedad y de los salones del París de la restauración, prescindió de cualquier veleidad montañera o deportiva y organizó una expedición que necesitó de doce porteadores para acarrear la impedimenta mínima adecuada para una señora. Entre otros adminículos, como una inimaginable bañera de campaña o una fiambrera con manjar blanco para su solo uso privado, gran parte de los bultos contenían las vituallas imprescindibles: sesenta botellas de vino ordinario, seis botellas de Burdeos, diez de Borgoña, quince de St-Jean, tres de brandy, dos de champán, una de sirope de arándanos y seis de limonada, veinte barras de pan, diez quesos, seis tabletas de chocolate, seis paquetes de azúcar, cuatro de prunas y de uva, dos de sal, seis limones… Se permitió ser menos estricta con la cuestión del vestuario y eligió un estampado de cuadros para su traje de escalada, con pantalones anchos, abrigo largo, una gran boina con una pluma mayor todavía y una larga boa negra. Así, tras una ascensión en la que no faltó un momento lo suficientemente penoso como para que la Condesa vislumbrara su propia muerte y demostrara su templanza rogando a sus guías que, si acaecía tan luctuoso hecho, tuvieran la bondad de llevar su cadáver hasta la cumbre, Henriette d’Angeville pisó por sí misma la cima del Montblanc. Su equipo se completaba – no lo he dicho – con su cuaderno de escritura y su correspondiente escribanía, lo que le permitió tomar las notas necesarias para escribir a su vuelta a la ciudad de la luz su libro “Mi escalada al Montblanc”.

No sorprende que tuviera que enfrentarse a una cierta incomprensión de su tiempo, aunque fuera acompañada de una suficiente dosis de fama social y consecuente grado de maledicencia. Sí es más sorprendente la animadversión que su gesto – no digo gesta – continúa despertando en la literatura que trata esa práctica que llamamos montañismo. Es casi unánime la opinión de que se trató de una excentricidad, casi de una rabieta de niña mal criada producida por sus celos hacia George Sand; todos los autores coinciden en señalar la heterodoxia de la expedición, la supuesta ridiculez del carácter de Henriette, absolutamente vana, desubicada, pretendiendo reproducir un salón elegante entre los Alpes y recurren cuando menos a la sorna para referir lo que consideran una mera anécdota, un paréntesis en la verdadera historia – o Historia – del Montañismo (Claire Elaine Engel, en su “A History of mountaneering in the Alps”, llega a la crueldad definiéndola como “a spinter who loved Mont Blanc because she had nothing else to love”. Me pregunto que parte de su biografía, que desconozco, impulsa a la señora Engel a ese desprecio por las solteras).

A mí, en cambio me parece que Henriette d’Angeville se limitó – es, de nuevo, una manera de hablar – a ser ella misma, a actuar de acuerdo a lo que su voluntad, su criterio y sus gustos marcaban, prescindiendo por completo de una consideración tan superficial como el qué dirán, huyendo de los caminos marcados por otros, afrontando quizás la incomprensión e incluso el ridículo (aunque la cantidad y calidad del alcohol etílico elegido, la bañera y la pluma y el papel indican un grado de civilidad extraordinario que compensaría, a mi entender, cualquier otra consideración).

Nada de esto sabría, pues nada sé de montañismo, sin el empuje de la curiosidad. ¿Quién era el personaje y por qué el elegido como determinado pseudónimo? Ya sé quién fue. No puedo saber a ciencia cierta la respuesta a la segunda parte de la pregunta, pero me parece realmente acertada la elección. Porque da nombre a alguien cuya independencia de criterio, cuya honestidad para consigo misma, cuya inteligencia y capacidad de perspectiva me han asombrado. Alguien que reconoce que no halla lo que esperaba encontrar, aunque para buscarlo se embarcara en un largo viaje y elige a su añorado rouge para contárselo; que afronta los días con unos loables desparpajo e ironía; alguien que no sucumbe al espejismo del éxito si no es el éxito lo que buscaba me recuerda mucho a aquella condesa francesa que hace más de ciento setenta años iba desbrozando su propio camino. Así que, a título personal, voto para que, ya sea en el lejano norte, ya sobre la marejada de un mar cercano y antiguo, la Comtessa d’Angeville continúe abriendo esa nueva y única vía en la montaña mágica que es la vida, sin perder esa brújula magnífica que es su propia, levantina y levantisca visión de las cosas.

Y yo que lo vea.

6 atisbos:

Comtessa d´Angeville dijo...

Llorando me tiene señorita...

Sólo decir GRACIAS.

Anónimo dijo...

Ya he leído en otro lado que no crees en las casualidades, pero fíjate: no me he dado cuenta de que se te pueden hacer comentarios hasta hace un momento, justo en este post que me ha interesado mucho porque soy un gran aficionado a la montaña que me ha gustado también porque me ha recordado los del Ovillo de Nadna que me gustaba mucho. Así que aprovecho para saludarte por fin y felicitarte por tus blogs, aunque me gustaría que escribieras más en este.
Por cierto veo que te llaman señorita ¿eres una mujer? siempre te creí un hombre no sé porque, aunque no creo que importe, no.
Un abrazo

Dani

Nadna dijo...

No me dramatice Comtessa ;). No hay de qué darlas, siempre a sus pies.

Hola Dani, bienvenido. Muchas gracias por tus palabras, un honor contarte como lector. Efectivamente, cada vez creo menos en que las casualidades sean casualidades y a lo mejor la serie de coincidencias que explicas son una prueba de lo lógico de mi duda (no sé si me explico, pero a estas horas no doy más). En cuanto a lo de hombre, mujer o ente, como tú dices no creo que tenga importancia (al menos a nivel bloguero, en otras circunstancias sí que es importante el detalle) y te tengo que decir que no eres el único que me tiene por un hombre, como hay otros que siempre me han considerado mujer y todavía hay un tercer conjunto que me trata como un ente indeterminado. Es parte del juego que me propuse al empezar a publicar en internet. Si te es más cómodo, no tengo ningún problema en ser el Sr. Nadna para ti.

Juan Antonio dijo...

Mi querida Nadna, os había perdido la pista. Pido humildes disculpas. Y me congratulo de ver que habéis tenido a bien abrir un nuevo salón en el cual es dado expresar la devota admiración que por vos sentimos.

Beso vuestras manos.

Nadna dijo...

Mi reencontrado Juan Antonio, no hay nada que disculpar y me alegro de tus congratulaciones, aunque este salón no es para expresar admiraciones (no hacia mi persona, al menos) sino opiniones, gustos y disgustos y para eso siempre serás bienvenido.

Ah! Y apea el tratamiento, que me aturullo.

Meryone dijo...

es que la comtessa es mucha comtessa para una comtessa sola (y hablo de la que anda por noruega, no la original)

aunque haya vuelto a dejar de tener blog, esperemos que por poco tiempo

besos. a las dos. y a juan antonio, que también anda por aquí y así es más divertido. además vosotros dos sois los primeros comentaristas "nuevos" de mi blog y la señorita águeda de los que llevan desde el principio, por aquello de que nos conocíamos del fotolog

o sea, besos para todos

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