El placer de escribir

Además de muy bebedor cuando bebía (pasaba periodos abstemios), era un gran devorador de libros y había sido muy putero en su juventud. Aunque recurría a ellas, las putas le desagradaban, y tal vez por eso prefería imaginar, cuando le escribía a su mujer, Nora, escenas que quizás tuvieron su correspondiente en la realidad pese a lo teatral de las figuraciones. Al fin y al cabo, Joyce había dicho una vez que «anhelaba copular con un alma». Hace ya bastantes años se hicieron celebres estas cartas obscenas, en las que el autor solía prometérselas muy felices cuando Nora y él volvieran a encontrarse (él estaba en Dublín, ella en Trieste, donde vivían habitualmente), y en las que incluso hallaba momentánea felicidad, ya que al final de más de una confiesa haberse corrido (son sus palabras) mientras escribía cochinadas: sin duda uno de los pocos escritores que han logrado con su pluma gratificaciones tan intensas.

Javier Marías, del capítulo “James Joyce en sus gestos”, de “Vidas escritas”.

Un momento

Debía haberlo previsto, debía haberme dado cuenta de que el tiempo pasa inexorable y que el momento se iba a dar en el ídem más insospechado. Deberían haber sido ya largos los días en que la elección se hubiera perfeccionado, las ponderaciones cumplidas: ¿Borges? Descartado, nada de cargar a los hijos con las propias obsesiones; ¿Algo ligero y universal como Cervantes?; O quizás poesía, pero nada ñoño o idiota y, sobre todo ¿Quién?; ¿Y en qué idioma? Todo debía de estar preparado, dispuestos los textos adecuados a su alrededor, a su paso, a la espera del momento.

Pero como siempre, el momento me ha pillado con el culo al aire – y, creedme, no hay mucho que enseñar al respecto – y este mediodía, mientras comíamos, mi hija ha leído sus primeras palabras motu propio: “tomate frito”.

Debo estar mal porque, con todo, me he emocionado

Robert Capa o la redención de la impostura

Federico Borrell, natural de Alcoy, murió en la cresta de una loma, cerca de Cerro Muriano, en Córdoba, a finales de octubre del treinta y seis, de un balazo en el costado, para que Robert Capa captara ese preciso instante con su Leica y obtuviera así una de sus fotografías más famosas y que la simplificación de lo repetido ha convertido en la representación de la guerra civil española.

O eso hemos creído hasta ahora.

Ahora que los expertos han descubierto que Borrell murió, efectivamente, en Cerro Muriano, a finales de octubre del treinta y seis, pero unas semanas después de que posara para Capa en otra localidad cordobesa, a quince kilómetros del frente, que simulara la muerte que le esperaba frente a la cámara de aquel; después de que se hayan confirmado las sospechas que se arrastraban desde hace treinta años de que todo fue una patraña, una camama. Una impostura.

Un engaño que quieren – que es – gigantesco por la importancia iconográfica de la imagen, por su dimensión colectiva, pero que también lo es desde un punto de vista íntimo y personal, desde la perspectiva individual de Capa: porque fue la fotografía fundacional de su carrera, la que le reportó el reconocimiento profesional necesario para continuarla, pero, sobre todo, porque se convirtió en una especie de declaración de principios de su trabajo como fotógrafo de guerra y que resumió en una frase célebre: «si la foto no es lo suficientemente buena es porque no estuviste lo suficientemente cerca» recordando con ello, entre otras cosas, que la bala que siempre creímos que mató al miliciano podría haberlo matado a él mismo.

El fraude ha sorprendido a los estudiosos, ha descolocado a los abonados a los mitos porque la fotografía en cuestión ha perdido todo su valor. Queda un paso para que todo el trabajo de Capa siga el mismo camino: con la misma facilidad con que ensalzamos, denostamos. Somos simples.

Y en realidad debería sorprendernos la sorpresa, porque Capa, de alguna manera denotó a lo largo de su vida aquella primera y fundamental impostura. Porque para empezar Robert Capa nació como un impostor, un fotógrafo norteamericano inexistente, creado por Gerda Taro para colocar sus fotos y las de su amante, Ernest Andrei Friedman; cuando Gerda murió poco después arrollada por un tanque durante la batalla de Brunete, Friedman asumió en solitario la personalidad de Robert Capa.

Pero, sobre todo, porque Capa se dedicó con ahínco casi desesperado a cumplir el resto de su vida con sus principios profesionales, aquellos que había conculcado en su primera fotografía, la que le había reportado el primer éxito. Así llevó al último extremo la peligrosidad de su trabajo, la proximidad del combate, y llegó a formar parte de las primeras oleadas de desembarco en las playas de Normandía, armado únicamente con su cámara Leica, o a saltar en paracaídas sobre territorio hostil. Siempre un poco más cerca. Un poco más. Como si cada centímetro de distancia que reducía le acercase, de alguna manera, al cumplimiento de una penitencia, al pago de una deuda contraída consigo mismo.
Un poco más cerca, hasta que pisó una mina en Indochina y murió dieciocho años más tarde que Federico Borrell. Me pregunto si escuchó el ínfimo chasquido de la espoleta antes de la explosión atroz. Si, por un instante, sonrió y pensó que por fin le llegaba la bala que nunca existió aquella lejana tarde cordobesa y, con ella, la redención.

Asesinato

Fragmento del atestado policial:

«Fecha y hora de autos: Domingo, 03:17 h.
Arma de color rojo metalizado, equipada con ABS + MSR, TCS + ESP (incluyendo EBA), airbags frontales y laterales, sistema isofix, llantas de aleación y espolier trasero con testigo de frenado y provista de un motor de 1400 cm3, que desarrolla una potencia de 85 cv y permite una aceleración de 0 a 100 Km/h en 11 segundos y una velocidad máxima de 180 Km/h, aunque la velocidad máxima permitida en cualquier vía es de 120 Km/h. Refiere un testigo de conocimiento que quedan pendientes de pago veinte cuotas y la final.
Edad de la víctima: 18 años».

Fin del fragmento.

Abriendo vías

Mademoiselle Henriette, Comtesse d’Angeville, nació para la Historia – para esta historia – el año 1838 en el que a la edad de cuarenta y cuatro decidió y logró llegar la cumbre del Montblanc, y no por el dudoso honor estadístico de ser la primera mujer en hacerlo, puesto que se le había adelantado una campesina natural de Chamonix y llamada Marie Paradis, sino por la manera en que lo hizo.

Mme. D’Angeville, en su condición no solo de condesa sino de miembro destacado de la alta sociedad y de los salones del París de la restauración, prescindió de cualquier veleidad montañera o deportiva y organizó una expedición que necesitó de doce porteadores para acarrear la impedimenta mínima adecuada para una señora. Entre otros adminículos, como una inimaginable bañera de campaña o una fiambrera con manjar blanco para su solo uso privado, gran parte de los bultos contenían las vituallas imprescindibles: sesenta botellas de vino ordinario, seis botellas de Burdeos, diez de Borgoña, quince de St-Jean, tres de brandy, dos de champán, una de sirope de arándanos y seis de limonada, veinte barras de pan, diez quesos, seis tabletas de chocolate, seis paquetes de azúcar, cuatro de prunas y de uva, dos de sal, seis limones… Se permitió ser menos estricta con la cuestión del vestuario y eligió un estampado de cuadros para su traje de escalada, con pantalones anchos, abrigo largo, una gran boina con una pluma mayor todavía y una larga boa negra. Así, tras una ascensión en la que no faltó un momento lo suficientemente penoso como para que la Condesa vislumbrara su propia muerte y demostrara su templanza rogando a sus guías que, si acaecía tan luctuoso hecho, tuvieran la bondad de llevar su cadáver hasta la cumbre, Henriette d’Angeville pisó por sí misma la cima del Montblanc. Su equipo se completaba – no lo he dicho – con su cuaderno de escritura y su correspondiente escribanía, lo que le permitió tomar las notas necesarias para escribir a su vuelta a la ciudad de la luz su libro “Mi escalada al Montblanc”.

No sorprende que tuviera que enfrentarse a una cierta incomprensión de su tiempo, aunque fuera acompañada de una suficiente dosis de fama social y consecuente grado de maledicencia. Sí es más sorprendente la animadversión que su gesto – no digo gesta – continúa despertando en la literatura que trata esa práctica que llamamos montañismo. Es casi unánime la opinión de que se trató de una excentricidad, casi de una rabieta de niña mal criada producida por sus celos hacia George Sand; todos los autores coinciden en señalar la heterodoxia de la expedición, la supuesta ridiculez del carácter de Henriette, absolutamente vana, desubicada, pretendiendo reproducir un salón elegante entre los Alpes y recurren cuando menos a la sorna para referir lo que consideran una mera anécdota, un paréntesis en la verdadera historia – o Historia – del Montañismo (Claire Elaine Engel, en su “A History of mountaneering in the Alps”, llega a la crueldad definiéndola como “a spinter who loved Mont Blanc because she had nothing else to love”. Me pregunto que parte de su biografía, que desconozco, impulsa a la señora Engel a ese desprecio por las solteras).

A mí, en cambio me parece que Henriette d’Angeville se limitó – es, de nuevo, una manera de hablar – a ser ella misma, a actuar de acuerdo a lo que su voluntad, su criterio y sus gustos marcaban, prescindiendo por completo de una consideración tan superficial como el qué dirán, huyendo de los caminos marcados por otros, afrontando quizás la incomprensión e incluso el ridículo (aunque la cantidad y calidad del alcohol etílico elegido, la bañera y la pluma y el papel indican un grado de civilidad extraordinario que compensaría, a mi entender, cualquier otra consideración).

Nada de esto sabría, pues nada sé de montañismo, sin el empuje de la curiosidad. ¿Quién era el personaje y por qué el elegido como determinado pseudónimo? Ya sé quién fue. No puedo saber a ciencia cierta la respuesta a la segunda parte de la pregunta, pero me parece realmente acertada la elección. Porque da nombre a alguien cuya independencia de criterio, cuya honestidad para consigo misma, cuya inteligencia y capacidad de perspectiva me han asombrado. Alguien que reconoce que no halla lo que esperaba encontrar, aunque para buscarlo se embarcara en un largo viaje y elige a su añorado rouge para contárselo; que afronta los días con unos loables desparpajo e ironía; alguien que no sucumbe al espejismo del éxito si no es el éxito lo que buscaba me recuerda mucho a aquella condesa francesa que hace más de ciento setenta años iba desbrozando su propio camino. Así que, a título personal, voto para que, ya sea en el lejano norte, ya sobre la marejada de un mar cercano y antiguo, la Comtessa d’Angeville continúe abriendo esa nueva y única vía en la montaña mágica que es la vida, sin perder esa brújula magnífica que es su propia, levantina y levantisca visión de las cosas.

Y yo que lo vea.

Solo se mueren los buenos.

O dicho en otras palabras: basta con que cualquiera profiera su último estertor para que le sean perdonados, cuando no obviados u olvidados, todos y cada uno de los pecados e inmundicias que cometiera en vida, como si la muerte supusiese suficiente castigo, como si la muerte fuese un castigo.

El fenómeno es perverso y repetido. El finado pasa de ser un ente abominable a convertirse en alguien adorable, y de hecho adorado, en el mínimo espacio de tiempo que se necesita para el trámite de morirse. Nada importa el merecimiento objetivo de la abominación o la adoración del sujeto. La muerte, al parecer, trae de serie el derecho a la hagiografía. Es común el hecho de que el grado de hipérbole de las alabanzas post mortem sea directamente proporcional a la cantidad de aspectos obscuros que contenga la biografía del muerto. Cuanto peor fue, o por peor lo tuvimos, en vida mejor será una vez muerto. Es así.

Otro fenómeno común es que serán quienes más denostaron, humillaron o ningunearon al neo-cadáver cuando todavía no lo era, los que más se llenarán la boca de palabras entrecortadas por la emoción, de pañuelos llenos de mocos, los que más se apresurarán a escribir necrológicas de página y media, los que antes buscarán una cámara, los que, a nada que se descuiden los auténticos deudos, encabezarán el cortejo fúnebre.

Y no deja de sorprender esta grandiosa y colectiva desfachatez, esta impudicia en torno de un acontecimiento – la muerte – que nuestra sociedad tiende a ocultar, a disimularlo, que hemos convertido en un tabú, algo que debe ocultarse a los niños. Cabría un resquicio para reconciliarnos con nuestro carácter humano si se pudiera entrever en esta incoherencia un intento de desagraviar al muerto, un rastro de respeto por los ancestros, un reconocimiento a los miedos atávicos de la especie a la que pertenecemos.

Pero ni eso.

Ni eso si atendemos a otra casualidad que se suele dar en muchos casos: el de la genialidad tras la muerte. De Van Gogh a Bolaño son innúmeros los casos de personas que pasaron su vida sin apenas reconocimiento por su obra, sus pensamientos o sus actos, cuando no fueron abiertamente vilipendiados o combatidos precisamente por ellos, que, una vez traspasados ven –es una manera de hablar – cómo esas obras o los frutos de sus pensamientos y sus actos cobran súbitamente una importancia capital para la historia del arte, de la literatura, de la fabricación de alpargatas… o de la música. Y entonces se organizan subastas, congresos, ediciones, recopilatorios, giras… Para mayor gloria de herederos y otros tipos de rémoras, pero nunca para la del muerto que bastante le importa ya el tema. Ni a él ni a los gusanos que se lo están comiendo.

Una declaración de principios

"Jamás compro un libro que no haya leído antes: sería tan estúpido como comprar ropa sin habérmela probado."
Helen Hanff, “84, Charing Cross Road

Parece lógico, sin embargo las editoriales y las empresas de venta de ropa por catálogo conspiran en defensa de unos intereses tan inconfesables como obvios para que esta actitud no se extienda entre el gran público.

Dos pavanas


¿Demasiada música clásica? Otorgadme un voto de confianza, cerrad los ojos y dejaos mecer. Escuchad:



"Pavane pour une enfante défunte", de Maurice Ravel



Gabriel Fauré, Pavane, opus 50.

Y contestadme: ¿Demasiada música?

Una de Calvino

Pero el viejo Ayulfo, casi adivinando que su hijo volvería tan triste y arisco, hacía tiempo que había amaestrado a uno de sus animales más estimados, un alcaudón, para que volara hasta el ala del castillo donde estaban los aposentos de Medardo, entonces vacíos, y entrara por la ventana de su habitación. Aquella mañana el viejo abrió la puertezuela al alcaudón, siguió su vuelo hasta la ventana de su hijo, y luego volvió a esparcir la comida a las urracas y a los paros, imitando sus trinos.

Al poco rato, oyó el ruido de un objeto arrojado contra la alambrera. Se asomó, y sobre una cornisa estaba su alcaudón rígido. El viejo lo retuvo en el hueco de las manos y vio que un ala estaba destrozada como si hubiesen intentado arrancársela, una patita estaba rota como oprimida por dos dedos, y un ojo lo tenía arrancado. El viejo apretó el alcaudón contra el pecho y se puso a llorar.

Se encamó aquel mismo día, y los sirvientes desde el otro lado del enrejado veían que estaba muy mal. Pero nadie pudo ir a asistirlo porque se había encerrado dentro escondiendo las llaves. En torno a su cama volaban los pájaros. Desde que se había acostado todos revoloteaban y no quería posarse ni cesar de batir las alas.

A la mañana siguiente, la nodriza, asomándose a la pajarera, vio que el vizconde Ayulfo estaba muerto. Los pájaros se habían posado todos en la cama, como sobre un tronco que flotara en medio del mar.
De "El vizconde demediado", de Italo Calvino
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