Una impostura sin impostora

El bebé de la foto fue el pasajero más joven del Titanic y quien más tiempo ha vivido tras su hundimiento, hasta su fallecimiento hace pocos días. Tales circunstancias, tan fortuitas como cualesquiera otras, han hecho que su nombre y su imagen obtuvieran la efímera fama de una noticia global. Se llamó Millvina Dean y tenía nueve meses cuando sucedió el accidente.

Tenía nueve meses y no guardaba ningún recuerdo de aquel día, que no existió para ella, como no existe para nadie nuestra primera infancia. No obstante, conforme el número de supervivientes iba decreciendo, aquel acontecimiento se fue haciendo cada vez más relevante para el resto del mundo. Los actos conmemorativos, las entrevistas siempre un poco más morbosas, más bizarras se fueron sucediendo con mayor frecuencia con el paso del tiempo, a pesar de que nunca ocultó la obviedad de que no tenía memoria alguna de aquel hecho. Finalmente, el éxtasis se cumplió con su muerte. Nada importaron los acontecimientos de toda una vida casi centenaria: a Millvina Dean la conocimos – la conocí – por haber sido la última superviviente del Titanic.

Vivió en una impostura impuesta. Más en sus últimos años, en que llegó a subsistir gracias al interés ajeno por un hecho que le sucedió en ese tiempo fantasmal que no existe realmente para nadie. Fueron los otros quienes se empeñaron en pedirle que jugara un papel que no le correspondía, quienes le preguntaban por aquel desastre, quienes la tenían por una opinión autorizada, olvidando el pequeño detalle de que sus opiniones valían tanto como las de cualquier otro. Solo el hecho de que reiterara una y otra vez la ausencia de recuerdos la salvó de ser ella misma una impostora.

Somos aficionados a la impostura, no importan los detalles si los detalles desvirtúan lo estético de una casualidad o de un acontecimiento. ¿Qué importa que el siglo o, mejor, el milenio concluya la nochevieja del 0 al 1 y no la del 9 al 0; no es acaso mucho más bonito celebrar la llegada del 2000, que la del 2001? ¿Qué importa que Cervantes y Shakespeare no murieran el mismo día del mismo año, que los separaran unas cuantas jornadas de vida; no queda mejor señalar un solo día del libro que maride sus muertes? Nos hemos afincado en el si non é vero, é ben trobato, olvidamos los detalles, obviamos la realidad. Nos engañamos y nos engañan.

Y así nos va.

De saltos

per Sant Joan et vaig fer el salt...

Adam Manyé, de "Entre malucs"

Astronomía


Anoche, ya de madrugada, cumplidas las celebraciones de su aniversario y devuelta la casa a ese cierto desorden que tenemos por orden, cogimos dos copas y dos sillas y ascendimos al terrado en busca de aire fresco, en todos los sentidos. Es raro, pero anoche fue la primera que disfrutamos de ese espacio que tanto nos prometíamos mientras no lo tuvimos. Y allí estábamos casi venteando la marinada, escuchando los grillos, bebiendo y diciéndonos pero qué bien que estamos, cuánta calma, qué paz... Y de ahí a levantar los ojos no hubo más que un desperezo. Entonces nuestros índices reconocieron las pocas constelaciones que conocemos, especulamos sobre tal o cual astro... ése rojo debe ser Marte... yo lo veo rojo... bueno, pues no será Marte, será la presbicia, qué quieres que te diga... ¡Qué calma, qué paz, qué lujo! Es lo que tiene vivir en un pueblo... ¿Cuánto hacía que no veíamos las estellas? La contaminación lumínica de las grandes urbes, es sabido ¡Qué infinito, qué vasto! Tenemos que hacernos con un telescopio y un atlas celeste porque esto no se puede desaprovechar... Donde esté el cielo y sus estrellas, que se quite la tele.


Y las avenidas iluminadas llenas de gente,


y los bares y los teatros y los cines


y los paseos


y la ciudad


y aquella vida...

Una de Alberti

- Noticiario de un colegial melancólico –

NOMINATIVO: la nieve
GENITIVO: de la nieve
DATIVO: a o para la nieve
ACUSATIVO: a la nieve
VOCATIVO: ¡oh la nieve!
ABLATIVO: con la nieve
de la nieve
en la nieve
por la nieve
sin la nieve
sobre la nieve
tras la nieve

La luna tras la nieve
Y estos pronombres personales extraviados por el río
y esta conjugación tristísima perdida entre los árboles.

Buster Keaton

Rafael Alberti, de “Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos

Una de Monterroso

- Gallus aureorum ouorum -

En uno de los inmensos gallineros que rodeaban la antigua Roma vivía una vez un Gallo en extremo fuerte y noblemente dotado para el ejercicio amoroso, al que las Gallinas que lo iban conociendo se aficionaban tanto que después no hacían otra cosa que mantenerlo ocupado de día y de noche.

El propio Tácito, quizá con doble intención, lo compara al Ave Fénix por su capacidad para reponerse, y añade que este Gallo llegó a ser sumamente famoso y objeto de curiosidad entre sus conciudadanos, es decir, los otros Gallos, quienes, procedentes de todos los rumbos de la República acudían a verlo en acción, ya fuera por el interés del espectáculo mismo como por el afán de apropiarse de alguna de sus técnicas.

Pero como todo tiene un límite, se sabe que a fin de cuentas el nunca interrumpido ejercicio de su habilidad lo llevó a la tumba, cosa que le debe haber causado no escasa amargura, pues el poeta Estacio, por su parte, refiere que poco antes de morir reunió alrededor de su lecho a no menos de dos mil Gallinas de las más exigentes, a las que dirigió sus últimas palabras, que fueron tales: “Contemplad vuestra obra. Habéis matado al Gallo de los Huevos de Oro”, dando así pie a una serie de tergiversaciones y calumnias, principalmente la que atribuye esta facultad al rey Midas, según unos, o, según otros, a una Gallina inventada más bien por la leyenda.

Augusto Monterroso, de “La oveja negra y demás fábulas”.

Creo

"Haïku pour Tiananmen", de Bernard Olivier Lancelot

Aunque no es esta la imagen que recuerdo de aquella noche, sino la de un cerebro humano intacto sobre una acera olvidado probablemente por las prisas de las autoridades en hacer desaparecer el resto del cadáver.

¿Y después qué?


No causan pena. Sus sueldos son obscenos, las masas los idolatran y corean sus nombres como un mantra expiatorio de los propios pecados colectivos, de las propias miserias individuales. Les creen y les hacen creer dioses omnipotentes. El mundo – o la reducción que es su mundo – está literalmente a sus pies. Han tocado la gloria.

No causan pena. Aunque tengan veinte años y nadie les haya contado que el resto de su vida no será más que un pálido recuerdo de este momento, que solo resta la decadencia.
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