preHistoria


Tanto acopio de monedas y valor le habían deformado el bolsillo derecho de la chaqueta. Cualquiera era buena, pero escogió aquella. Un suspiro descolgó el auricular mientras buscaba el valor entre las monedas. Tenía que hacer esa llamada. La puerta de la cabina hizo un sonido extraño al cerrarse.

Insurrección

… una lúgubre noche de noviembre vi mis esfuerzos coronados. No hubo tormentas, ni galvanismos, ni espectaculares descargas eléctricas, la chispa vital no cayó del cielo. Fue tan sencillo como el impulso voluntario con que Darwin animó un fideo dentro de una vitrina.
A las tres y treinta y dos minutos del día dos, unos ojos turbios de sueño se abrieron por segunda vez al mundo. El secreto estaba cerca. No hubo azotes, ni lloriqueos, tan solo un correcto “buenos días”.
- ¿Quién es usted y qué hace aquí?
Reprimí una sonrisa paternal.
- Soy tu creador.- le concedí unos minutos de desconcierto antes de responder a la segunda pregunta, pero se levantó indignado.
- Tengo hambre.
- No sé si le conviene comer tan pronto.
- Comeré cuando me plazca. Gracias.– Mientras hablaba, su mano izquierda cedió y se fue al suelo; del antebrazo comenzó a manar un líquido seroso.
Había tiempo para corregirlo. Estudié en su mirada la angustia del náufrago que detecta un pinchazo en el bote. Después hice acopio de profesionalidad, le empujé suavemente sobre la camilla y levanté su brazo para cortar la hemorragia.
- Respire hondo que no pasa nada.
Silbando, fui hacia el botiquín y saqué unos apósitos.
- Esto ocurre con relativa frecuencia – mentí-. Sujete aquí.
Puso un dedo en el extremo de la venda.
- Apriete más.
No había cortado aún el esparadrapo cuando el dedo cedió y fue a parar a un bolsillo de mi bata.
- Vaya por Dios; no pasa nada – repetí, y con la punta del zapato arrastré la mano muerta bajo la camilla.
- ¿Qué me ocurre? – seguía mirándose sin creer lo que veía. Opté por la demagogia.
- Mire, es un problema del sistema hemostático, sucede una vez de cada cien. Si confía en mí no le pasará nada.
Aún no había terminado de hablar cuando se desgajó de raíz el brazo que estaba vendando. Mejor así, de qué servía un brazo sin mano. Tuve que arrancarle el otro porque lo había enroscado alrededor de mi cuello. Recuperada la simetría, se tumbó y rompió a llorar.
- Venga hombre, no sea criatura, - Inmediatamente caí en lo inoportuno de mis palabras y cambié de estrategia. – Piénselo bien, la vida eterna, la resurrección, siempre ha sido el gran anhelo de la humanidad. Usted murió en un accidente de circulación. Yo le he devuelto al mundo. Debiera estarme agradecido y no se le ocurre otra cosa que ponerse a llorar como si fuese un recién nacido. – Callé de nuevo, arrepentido.
- ¿Le he pedido acaso que me resucite, desgraciado? No puedo ni rascarme la nariz.
Buscando la reconciliación, traté de eliminar sus picores. Pueden imaginar lo que ocurrió. Con la prueba del delito entre el índice y el pulgar, soporté una retahíla de insultos pronunciados con voz de catarro. Lo miré y me recordó la Venus de Milo. Estaba a punto de preguntarle si deseaba que le devolviera a su anterior estado cuando recordé el principal objetivo, la obsesión de mis experimentos.
- ¿Qué ocurre cuando uno muere?
Él se miraba los pies estupefacto.
- Estos pies…, yo tenía los pies más grandes.
- Verá, el accidente fue muy aparatoso, no pude aprovechar gran cosa.
- No podré volver a caminar – gritó con voz nasal.
Le ayudé a levantarse. Esbozó dos pasos y se fue al suelo como un muñeco de trapo. La pierna izquierda salió despedida contra la pared, la derecha se le quedó junto a la cara. El suelo se tragaba sus palabras.
- Si insiste usted en ignorar mis instrucciones no respondo de las consecuencias.
Le devolví a la camilla y comencé a taponar aberturas. Al cabo de un rato me arrepentí de no haber comenzado por la boca. Cuando concluí, el laboratorio parecía un taller de desguace: manos y piernas por el suelo, charcos de un color insano, vendas empapadas, instrumental quirúrgico brillando a la luz del fluorescente y, en el centro del alboroto, una especie de paquete envuelto para regalo, con una cabeza en su extremo.
- ¿Se siente mejor? – Yo sí me encontraba bien, eufórico incluso. El experimento era un éxito.
Movió la cabeza con incredulidad, se acordó del resultado de anteriores movimientos y optó por regresar a un prudente reposo. Quedaba excluida cualquier posibilidad de rebelión, máximo desvelo de todo creador. Descorché la botella de las celebraciones y puse una copa en sus labios. Bebió con tanta avidez que el líquido se derramó por el boquete de la nariz. Tosió. Una oreja rebotó en la camilla. Volvió a toser. Le apliqué otro paquete de vendas mientras el champán se calentaba en la botella, no soporto el champán caliente. Me acerqué zalamero a su única oreja.
- ¿Qué ocurre cuando uno muere?
No contestó. Había pasado por alto una forma de sublevación, la silenciosa. Repetí la pregunta elevando el tono de voz, él se limitó a dar un respingo. Entonces fui consciente de mi poder: podía estrangularle, dejarle morir de hambre, prolongar su vida miserable. Le tenía a mi merced. Apreté los puños y respire hondo. Un escalofrío de perversidad me recorrió la columna. Cogiéndolo por los hombros, incorporé lo que quedaba de mi creación. Sus labios se plegaron en un rictus irónico. Antes de hablar escupió un diente:
- No creo en ti, yo ya estoy muerto – dijo, y soltó un diente más.
Mis manos se crisparon en su cuerpo, una de las heridas volvió a abrirse. El resultado de mis experimentos se vaciaba como una cantimplora. Comenzó a extrañarme que aún siguiese vivo, solo era una cabeza deforme sustentada por un amasijo de vendas. Le traté con amabilidad, prodigué promesas de reconstrucción, apelé a su sentido común. Dado que no lograba convencerle, insinué mi posición de privilegio: en vano. Era evidente que podía oírme porque a ratos esbozaba una sonrisa tan insufrible que, cuando quise darme cuenta mis brazos habían lanzado su cuerpo contra un rincón del laboratorio.
Cayó con un crujido de fruto seco. Me acerqué a él creyendo que había muerto, pero se aferraba a su segunda existencia. Un hilo de baba unía su boca con la oreja que le quedaba. Me incliné y formulé nuevamente la pregunta.
- ¿Qué ocurre cuando uno se muere?
Antes de contestar, trató de ofrecerme una sonrisa postrera.
- Que un indeseable te resucita – dijo, y el último esfuerzo desenroscó su cabeza del tronco.

José A. Sánchez Lorenzo.
Para nuevos y mayores deleites: http://fugartesinmas.blogspot.com/

Aria mit verschiedenen Veränderungen vors Clavicimbal mit 2 Manualen





Johann Sebastian Bach. Las "Variaciones Goldberg" en las manos de Glenn Gould

Porfiar

Nadie logra todo lo que se propone. En este sentido, todos somos fracasados. Lo importante es pues no desfallecer en el continuo esfuerzo por organizar y desarrollar nuestras vidas.

Joseph Conrad. De “Una cuestión de honor”.

Leído en un ensayo obsesivo del “Stabat Mater” de Pergolesi, en clausura por una tormenta desatada y un tobillo esguinzado.

Lucas, sus desconciertos


Allá por el año del gofio Lucas iba mucho a los conciertos y dale con Chopin, Zoltan Kodaly, Pucciverdi y para qué te cuento Brahms y Beethoven y hasta Ottorino Respighi en las épocas flojas.

Ahora no va nunca y se las arregla con los discos y la radio o silbando recuerdos, Menuhin y Friedrich Gulda y Marian Anderson, cosas un poco paleolíticas en estos tiempos acelerados, pero la verdad es que en los conciertos cada vez le iba de mal en peor hasta que hubo un acuerdo de caballeros entre Lucas que dejó de ir y los acomodadores y parte del público que dejaron de sacarlo a patadas. ¿A qué se debía tan espasmódica discordancia? Si le preguntás, Lucas se acuerda de algunas cosas, por ejemplo la noche en el Colón cuando un pianista a la hora de los bises se lanzó con las manos armadas de Katchaturian contra un teclado por completo indefenso, ocasión aprovechada por el público para concederse una crisis de histeria cuya magnitud correspondía exactamente al estruendo alcanzado por el artista en los paroxismos finales, y ahí lo tenemos a Lucas buscando alguna cosa por el suelo entre las plateas y manoteando para todos lados.

- ¿Se le perdió algo, señor?- inquirió la señora entre cuyos tobillos proliferaban los dedos de Lucas.

- La música, señora – dijo Lucas, apenas un segundo antes de que el senador Poliyatti le zampara la primera patada en el culo.

Hubo asimismo la velada de lieder en que una dama aprovechaba delicadamente los pianissimos de Lotte Lehman para emitir una tos digna de las bocinas de un templo tibetano, razón por la cual en algún momento se oyó la voz de Lucas diciendo: “Si las vacas tosieran, toserían como esa señora”, diagnóstico que determinó la intervención patriótica del doctor Chucho Beláustegui y el arrastre de Lucas con la cara pegada al suelo hasta su liberación final en el cordón de la vereda de la calle Libertad.

Es difícil tomarle gusto a los conciertos cuando pasan cosas así, se está mejor at home.

Julio Cortázar. De "Un tal Lucas".

La canción de Sabine



Aunque otros la conozcan como "As when the dove..." de "Asis & Galatea" de Georg Friedrich Haendel.

Cuarteto

I

Detienes
Apenas un gesto
el seco perfil del tiempo


II

Cruda
Como una mañana de invierno,
De líneas nítidas hasta el horizonte,
De colores primeros.
Todo el brillo de tus ojos,
Que anuncian
en silencio
la suave sucesión del silencio.


III

Conozco
el interior de tus párpados,
el sabor del sol en tu piel

Conservo
Recuerdos de tu infancia
Ese desconocido tiempo imposible


Todo y, con todo,
Te descubro a cada momento
Deslumbrado
En la sorpresa de un niño.


IV

Hay épocas
En las que vivimos un tiempo aplazado,
En las que no pisamos las baldosas que pisamos,
Ni duramos, pero transcurrimos.
Días que se suman a la espera
De otros días que sí serán,
Olvidados, informes.
Edades que se niegan,
Que nos negamos.
Retratos en los que nos somos irreconocibles
Con una tranquila mirada desesperada.
Épocas perdidas entre otras
quizás
más afortunadas.
Épocas, edades, retratos sin memoria
Que amenazan
Con ser la vida.

Dos de Espriu

- Petita cançó de la teva mort -

La teva mare broda
en el carrer de l'Om.
La teva mare broda,
broda claror.

La teva mare canta
una cançó,
la vella història trista
d'un gran amor.

La pluja li contava
la teva mort,
la pluja li contava
com has mort sol.

Albes de fred agrisen
tot el record.
La teva mare plora
en el carrer de l'Om.

de "Les hores".




- Final del laberint -

Quan aquells dits sensibles
Toquin músiques fràgils
I lentamente vacil·lin
Llums canviants de ciris,
Surt de la festa. Mira
Quanta nit, quina extrema
Solitud se t’emporta,
Per la rialla, a l’home
Justificat i lliure
Que neix del teu silenci.


Salvador Espriu
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