De ranas y príncipes


En la página izquierda.

En la página derecha, manuscrito en tinta fluida azul. Probablemente de estilográfica:

Los príncipes azules no existen. Las ranas, sí. Así que es muy probable (seguro) que con quien estemos, hayamos estado o lleguemos a estar liados sea una rana y no un príncipe azul. Y eso no es necesariamente malo. Al menos para nosotros. Otra cosa es para las ranas.

Porque la vida de rana tiene sus altibajos y no solo por su estilo semoviente. Hoy está en esta charca, tan tranquila y conformada (o no, pero es igual) y mañana la charca se ha secado o se ha llenado de otras ranas, que no se cabe. Y todas croando y esperando que les crezca pelo.

Y llega el presunto príncipe azul. ¿Es todo alegría, entonces? No! Imaginemos el pavor de la rana cuando se ve atrapada por un animal cincuenta veces mayor que ella y que lo primero que hace es llevársela a una boca de labios fruncidos. Su duda (semejante a la del neonato justo antes de serlo): ¿pasaré por ahí? (porque las ranas nada saben de besos y sí mucho de degluciones). Su estupor ante su primer ósculo. Y todo lo que le sigue. Las largas conversaciones para conocerse, los avances epidérmicos, la primera visita a casa de esas criaturas llamadas suegros, la presión de fijar la fecha de una vez, la presión de la fecha fijada… Y no sigo, por no herir susceptibilidades.

Eso sí, entonces ya no hay que esperar a que la rana le crezca pelo. Solo ahorrar (que los bancos ya no dan créditos) para implantárselo.

Llegados a este punto (que es final) tan solo quedaría pendiente dilucidar lo que somos: ora ranas ora príncipes azules (o princesas azulas).

Aldea global

Que sí, que ya sé que toca aniversario, que no necesito dejar de atender dieciséis llamadas para darme por aludida. Que no se me ha olvidado. ¡Ojalá! Pero cómo se me va olvidar. Con lo que me gusta a mí recordar que tal día como aquel... Y con tanta insistencia, que no se le acabará la batería, no... Además, con lo bien que me está yendo todo últimamente me viene de fábula el viaje, el gasto y todo lo demás. Pero cuelga, hombre, cuelga... Que sí, que ya sé... y tú deberías saber que sé... ¿Él? ¿Qué quiero que sepa, que entienda?

"¡Dime, papá!.. Que sí, que ya sé..."

AntePasado

El tío Jesús era guapo y calavera. Guapo como debían ser los señoritos de aquella época. Alto y moreno, con los ojos muy obscuros y una mirada inteligente e irónica, descreída. Así lo muestra la única foto que conozco de él.

Y calavera, como sólo podían ser los señoritos de la época. No era extraño que desapareciese después de cenar en el casino. Se recuerda aquella ocasión en que preocupó a las mujeres de la casa después de una semana de ausencia. Hasta que, camino de misa de mañana, lo encontraron el domingo, sentado en uno de los veladores de la cooperativa, con dos señoritas de equívoco aspecto y profesión cierta. Ni disimular pudieron. “¡Adiós madre! ¡Teresa!”, a gritos, con el brazo en alto. Mi abuela Teresa siempre contó que tuvo que rezar mucho aquel día. Por los pecados de su hermano. Por su propio impulso de asesinarlo, allí mismo, en la cooperativa.

El tío Jesús era hijo de Don Constantino, uno de los terratenientes del lugar, que además era alcalde del pueblo en aquellos primeros treinta convulsos. El bisabuelo Constantino no se las daba de liberal precisamente y, en una ocasión en que los gañanes se planteaban una huelga, la evitó mediante expeditivos métodos. Guardia Civil mediante. Don Constantino y su hijo no eran precisamente santos de la devoción del proletariado militante del lugar. Y amor con amor se paga...

Liberto era uno de los gañanes del pueblo. De los más combativos. De la FAI. Le debía al bisabuelo algún año de cárcel y algún golpe. Liberto tenía un hijo.
Y aquí empieza realmente la historia.

Una tarde de invierno, ya anochecido, el Tío Jesús se hallaba en la tertulia de la rebotica de la farmacia de Don Baltasar, el suegro de su hermana (la misma farmacia que fuimos a visitar los primos en parvá sesenta años después), cuando entró el médico resoplando el frío que llevaba en los huesos. A la mirada de mi bisabuelo el farmacéutico, negó con la cabeza, pesaroso. “Nada que hacer aquí. Si pudiera ir a la capital...” El silencio repentino le hizo explicar. “El hijo de Liberto, que está mal y como no lo lleven rápido a un hospital, se nos quedará”. Cuentan que el tío Jesús no dijo nada. Se acabó el coñac y encendió un puro. Sorprendió su silencio, porque lo natural hubiera sido un chascarrillo cruel y divertido. Al cabo, se despidió y salió a la noche helada.

No dijo nada a nadie porque a nadie debía explicaciones. Se presentó en la casa de Liberto. Con su coche. “Coge al crío en una manta y veniros tu mujer y tú”. Y sin mediar más palabra enfilaron las carreteras de entonces hasta el hospital. Allí sufragó la hospitalización del crío y la estancia de los padres. Pero eso se supo más tarde. Algunos años más tarde. En el treinta y seis.

En el treinta y seis, pocos días después de empezada la guerra, dos camiones del pueblo de al lado con las insignias de la CNT se dirigen a la hacienda de Don Constantino. Todos los años de opresión punzando en los cañones de las armas que han repartido a los milicianos. Saben que él no está y esperan que no vuelva nunca. Saben también que sí encontrarán a su hijo Jesús. Ya tienen la finca a la vista y, al girar un recodo se encuentran a la facción del FAI local sentada tranquilamente sobre un carro atravesado en el camino. La discusión fue breve. Ni un pelo. Liberto tenía mucho más pasado y agallas que todos los allí presentes. Ni un pelo, ni él ni a su familia. Sin más explicaciones.

Y así fue toda la guerra. Hasta que Liberto y los suyos perdieron. Hasta que llegaron los otros, que sí habían perdido familiares en otros paseíllos, haciendas, una vida. Que no entendieron, que no quisieron entender porqué no le había sucedido lo mismo al tío Jesús. Que no le quisieron perdonar que confraternizara con el enemigo.

Prendieron a muchos de mi familia. A mi abuelo Ángel, el hijo del farmacéutico, por liberal; al tío Gumer, por diputado socialista... Pero solo mataron al tío Jesús. Por guapo y calavera. Por ser de los suyos y no haber muerto cuando debía.
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