De gustos y deseos



Me gustan las Navidades porque cada año me siento más viejo y más sabio, porque es un tiempo de consenso en el que nos deseamos felicidad aunque nos crucemos con desconocidos. Me gusta el solsticio porque la noche nos rodea mucho antes de lo que esperábamos y porque en el fondo de una copa de cava hay muchos deseos. Me gusta la Navidad porque es el tiempo de las agendas nuevas que todavía no sabemos con qué nombres van a llenarse a lo largo del año. Me gustan las Navidades porque tras la fiesta llega el cansancio más sublime y el punto y aparte en el que descansar para tomar aliento y pensar qué vamos a hacer en el futuro y quién nos va a regalar un reloj nuevo. Me gusta la Navidad porque hasta las figuras del Belén caminan y el demonio del paro dicen que se aleja. Me gusta la Navidad porque el aire huele a fuego lento y la piel ajena sabe a incienso. Desconfíen de aquellos que abominan de la Navidad, porque de ellos no podrá ser el reino de la alegría.

¡Viva la Navidad!”, publicado en elPeriodico.com el 24 de diciembre de 2009, por Joan Barril


A mí también me gustan las Navidades, pero no desconfío de quienes abomináis de ellas - que sois, al parecer, legión – y deseo que el reino de la alegría llegue a ser de todos nosotros, si no en estos días, en los que tenemos por vivir.

Así que Feliz Navidad.

Del viento y de lo extraño

Yo lo primero que leí de Gabriel García Márquez fue el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Lo he recordado esta madrugada, en el sofá de nuestra habitación desde el incómodo asombro de un insomnio – soy cualquier cosa menos insomne -, mientras fuera el temporal de viento desmontaba metódicamente la Vila. Desde luego no es que la conexión de mi memoria haya sido de una gran brillantez: simplemente sustituía un meteoro por otro; lo que en la ficción fue lluvia, en mi realidad se había convertido en viento. Detalles aparte, los paralelismos eran evidentes. El viento levantó por sorpresa el sábado por la tarde bandadas de hojas y bolsas de plástico calle abajo. Su violencia nos engañó y pensamos que no podía durar, no así, que amainaría, si no a la noche, con la amanecida. Pero el domingo fue un día de ruido, de golpes invisibles, de reclusión tras los cristales crujientes… pero ya no podía durar que todas las fuerzas, hasta las del viento, acaban agotándose. El lunes tuvimos que afrontar las rachas de furia, a pesar de las advertencias de las autoridades, – no se desplacen si no es estrictamente necesario, eviten árboles, cornisas y vallas publicitarias – la mala costumbre de conservar el trabajo, es lo que tiene. Por la noche supimos que era viento del norte, aunque por esas jugadas de la orografía y la dinámica de fluidos aplicada, a nosotros nos llegaba de poniente, desde la serranía, empujándolo todo hacia el mar, que más bien descolocado y algo airado – nunca mejor dicho – se esforzaba en vencer el terral y hacer llegar unas olas encabritadas, despeinadas hasta la costa… Y siguió el martes y el miércoles… No podía durar, pero ha durado hasta hoy, hasta esta noche pasada en que he pensado en Macondo, en lo extraño de sus gentes y sus hechos. Quizás por el viento, también por la ausencia del sueño y también, quizás, porque, por un momento, se me ha hecho extraña la casa tan grande, la Vila, que aquí esté mi vida.

Una de Ruiz de Castel-Branco

Cantiga sua, partindo-se

Senhora, partem tam tristes
meus olhos por vós, meu bem
que nunca tam tristes vistes
outros nenhuns por ninguem.

Tam tristes, tam saudosos,
tam doentes da partida,
tam cansados, tam chorosos,
da morte mais desejosos
cem mil vezes que da vida.
Partem tam tristes os tristes,
tam fora d'esperar bem
que nunca tam tristes vistes
outros nenhuns por ninguem.

Joao Ruiz de Castel Branco

No es necesario insistir en la magnitud de mi ignorancia: está ampliamente demostrada. Por ejemplo, no he sabido nada de la existencia de este poeta renacentista portugués hasta hace escasamente una hora, cuando por azar he escuchado una canción que musicaba precisamente el bellísimo poema que precede. Y eso debe ser horroroso porque mucho me temo que debe ser hasta famoso. Pero yo, lo dicho, ni idea. Y no sirve - o debiera servir - la manida escusa de que la cultura portuguesa es la gran desconocida - y ninguneada, me temo - por su mera proximidad. Mi ignorancia personal es causa suficiente para el oprobio y la vergüenza, insisto.
Aunque, por otra parte, gracias a mi ignorancia, un anodino trayecto en coche, camino de un día eterno de problemas y trabajo se puede convertir en un momento de sorpresa, de deleite, de emoción. De reconocimiento en un poeta muerto hace quinientos años... porque ahora que ya pasó la partida y la tristeza, aquel día de mi vida podría haber escrito - si hubiera sabido hacerlo, que no supe - este su verso partem tam tristes os tristes...
P.S. Por cierto, y hablando de ignorancia, ¿Alguien me puede decir cómo poner la tilde sobre la "a" de Joao?

Cuestión de enfoque

En una de esas maniobras malabares a las que nos obliga la tan deseada como incumplida conciliación de las nuestras vidas laboral y familiar, ayer tuve que levantar a Nenna a mi misma e intempestiva hora de cada día. Por eso y porque somos hijos de nuestro tiempo, aunque era casi de madrugada, mientras le preparaba sus cereales integrales con forma de números, puse la tele. El documental de animalitos que apareció en la pantalla le resultó lo suficientemente interesante como para ahorrarnos el suplicio de otro programa infantil. Un pájaro minúsculo picoteaba el suelo nevado, pero lo que llamó mi atención fue un leve fulgor evanescente que aparecía y desaparecía sinuoso tras el animalito. Un hilo de araña flotaba captando la luz blanca de una mañana de invierno siguiendo, además, el ritmo del vals mínimo y lento que sonaba en ese momento. Mi sonrisa acompañó al pensamiento de que la belleza se puede esconder en el hilo de una araña - disculpad, pero todavía no había tomado el café que me aleja del sueño -.
Justo antes de que el pájaro alzara el vuelo asustado, justo antes de que se abriera el encuadre, de que cesara la música, apareciera una bota desastrada envuelta en trapos y luego la pierna y, por fin, un hombre harapiento empuñando un rastrillo caminando entre basura. Justo antes de que el narrador del documental continuase explicando lo dura que es la vida en el mayor vertedero de Lituania.


De lectores, placeres y casualidades

Las casualidades no existen, así que no debe ser casual que Vila-Matas publicara ayer un artículo tratando dos de esos temas que llamo recurrentes por su insistencia en ocupar la atención de mis elucubraciones y que casualmente - aunque la casualidad no existe, insisto - habían aflorado muy recientemente en sendos comentarios a Dani y la Comtessa. A saber: el lector como agente activo del acto literario y la lectura como placer.

Como Vila-Matas lo dice mucho mejor de lo que yo lo podría formular por muchas vidas que viviera, he aquí dos fragmentos:

"(...) Paul Valéry (...) en sus Cuadernos consideró plausibles un tipo de obras que contaran con la iluminación propia del lector, es decir, un tipo de obras escritas sin pensar en darle algo a quien lee, sino, al contrario, pensando en recibir de él: "Ofrecer al lector la oportunidad de un placer -trabajo activo- en lugar de proponerle un disfrute pasivo. Un escrito hecho expresamente para recibir un sentido, y no sólo un sentido, sino tantos sentidos como pueda producir la acción de una mente sobre un texto
(...)

Una novela es una calle de dos direcciones, animada por dos talentos; una calle en la que la tarea que se requiere a ambos lados es, al final, la misma. Leer, cuando se lleva a cabo con linterna propia, es tan difícil y apasionante como escribir. Tanto quien escribe como quien lee, aun entreviendo el fracaso, buscan la revelación certera de lo que somos, la revelación exacta de la conciencia personal de uno mismo, y también de la del otro. Y aquellos que sitúan la lectura al nivel de la experiencia pasiva de ver televisión lo único que hacen es vejar a la lectura y a los lectores. De hecho, las mismas destrezas que se necesitan para escribir se precisan también para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven en su pequeña pantalla. Los nuevos tiempos traen esa revisión y renovación del pacto exigente entre escritores y lectores. Cabe esperar, parafraseando a Henry James, que pronto pueda decirse que unos y otros trabajan con lo que tienen, y sus grandes dudas son su pasión, y esa pasión es precisamente su gran tarea."
"El lector activo", publicado en El País de 27 de septiembre de 2009, de Enrique Vila-Matas

Una de Mozart

Este es el Papageno "de verdad" preferido de mi hija. No es su Papageno preferido, que ese es de cartón piedra, pero está comiéndole muchos cuerpos de ventaja conforme ella va creciendo. A fuerza de repetir su visita a mi nuestro ordenador, también se está convirtiendo en uno de mis favoritos.

Quiero creer que no es casualidad que a ella le guste especialmente esta aria que es en realidad un canto hedónico a los placeres de la vida: el vino, la comida, la carne humana (y no me refiero al canibalismo)... Podría indicar que su educación no va tan desencaminada como nos tememos.

Disfrutemos pues de este "Ein Mädchen oder Weibchen", de la "Flauta Mágica", de W. A. Mozart. ¡Salud!

Una brevísima de Hughes


Suicide’s note.

The calm
cool face of the river
asked me for a kiss.

Langhston Hughes.


Mi incultura es infinita así que no me sorprende no haber tenido la más mínima noticia de este señor hasta que leí la reseña de la traducción de unos pocos poemas suyos que publicó el otro día Javier Galarza. No tendría mayor importancia, ya que me ocurre muchas veces, si no fuera porque el primero de ellos, que es precisamente el que encabeza esta mirada, provocó en mí esa reacción que podríamos llamar mini-síndrome de Stendhal, que sufro muy de tanto en tanto y que describiría como una sensación de sorpresa y profundo placer que me descoloca un poco y me reconcilia otro poco con la vida. Habitualmente lo he experimentado con determinadas piezas de música, con poemas o con comida.

Si pica la curiosidad, aquí encontraréis algunos poemas e incluso los lograréis leer si obviáis los anuncios de agencias pseudomatrimoniales y alter ego virtuales que los rodean (¿Qué tipo de gente suponen que lee poesía por internet?)

Lonely Toones

Recuerdo que todos mis amigos, compañeros, mis primos coincidían en observar sus desventuras desde la distancia y la superioridad de una sonrisa displicente: a nadie se le escapaba una verdad de Perogrullo: el Coyote era, por decirlo de una manera lo suficientemente gráfica e infantil, tonto del culo. Y mis amigos, mis compañeros, mis primos y, en general, los niños que me acompañaron en la infancia abominaban unánimemente de los tontos.

Y es que el Coyote era tonto. No podía alegar en su defensa que se enfrentase en realidad, a un rival; al contrario que otros perdedores de Looney Toones como Silvestre o el Pato Lucas, que debían vérselas con seres maquiavélicos como Piolín o Bugs Bunny, Coyote tan solo tenía como contrincante a un ente que se limitaba a correr, sacar la lengua y emitir onomatopeyas: el Correcaminos no era nadie, ni tan siquiera la causa de las desgracias de Coyote, ya que Coyote se bastaba y sobraba consigo mismo para recabar todas las desgracias imaginables e incluso alguna solo imaginable para la calenturienta imaginación de un guionista de la Warner.

Coyote, en cambio, siempre ha sido mi favorito de aquellos personajes de dibujos animados de mi infancia. Porque sus caídas interminables al fondo del cañón o su insistencia en acabar bajo la mayor de las rocas disponibles me han hecho reír hasta llorar, o porque su silencio o su mirada me recuerdan a Buster Keaton, aunque eso vino después.

Pero más porque Coyote es un personaje que, a pesar de todo, conserva toda su dignidad. Es cierto: jamás logra su objetivo, que no es otro que cazar al Correcaminos, y en cada intento se escenifica una modalidad del desastre, pero su perseverancia, su fe en sus propias posibilidades, su fidelidad a la meta, aunque sea inalcanzable le hace merecedor del mayor de los respetos – de mi respeto, al menos – y le pone a salvo del ridículo que aparentemente busca con tesón.

Y más todavía porque viendo sus correrías no puedo evitar que me asalte desde siempre una duda: ¿Y si Coyote no es más que una alegoría de lo que podemos llegar a ser cada uno de nosotros? ¿No nos engañaremos tras nuestras sonrisas de suficiencia? Porque en muchas ocasiones de mi vida me ha dado la sensación que me despeñaba al fondo del cañón de decisiones erróneas, o estaba a punto de caerme sobre la cabeza la roca que había impulsado la que parecía la mejor de las ideas… En muchas ocasiones me he sentido un Coyote desgarbado y mudo, persiguiendo algo tan estúpido y huidizo como un sueño llamado Correcaminos y solo me ha quedado la esperanza de conservar, al menos, la dignidad de mi amigo.


(Y contar con un ingenio ACME que me hiciera el trabajo. Aunque, ahora que lo pienso, esa corporación fantasma era la única que sacaba alguna tajada del asunto… ¿No?)

A modo de prólogo


Ossip ha escrito:


- AQUELLA GOTA DE YEATS -

El Ovillo de Nadna es la crónica de un exilio, no por elegido menos doloroso. Es también el relato de una mudanza. El término mudanza designa el traslado de una casa a otra pero también, no por azar (Nadna niega las casualidades), el número de movimientos que se hace a compás en los bailes y danzas. Una delicada partitura guía nuestros pasos a través del laberinto de recuerdos que conforman la biografía emocional de Nadna. El poder de la música y otros temas recurrentes hilvanan las páginas de su Ovillo: la memoria como identidad; el inevitable paso del tiempo; el arte, la cultura y demás antídotos contra la barbarie; el valor imperecedero de la amistad; la felicidad a pesar de todo.

El de Nadna es un laberinto clásico. No encontramos en él encrucijadas tramposas, ni bifurcaciones que acaban en callejones sin salida. Los círculos concéntricos de su viaje confluyen en una sola vía que desemboca directamente en el corazón del laberinto. Ese espacio de intimidad custodia todo aquello a lo que Nadna otorga valor: el arte y la belleza como armas de resistencia, y las personas a las que ama, descritas siempre con generosidad. Sus escritos, más allá de la anécdota, hablan de una actitud ante la vida que recurre al sentido del humor para diluir las desilusiones cotidianas: ocho meses después de iniciado el exilio, el tres de octubre de 2008, Nadna da por concluida la fase burocrática del traslado. Tras despacharse fulminando simbólicamente a los responsables de sus problemas (concejal de urbanismo; recaudador; arquitecto; albañil… ; se salva la decoradora, Nadna es un señor, ¿o una señora?) sentencia con ironía: “Sólo nos quedan las obras”. Por fortuna, éstas se prolongaron lo bastante como para permitirnos disfrutar de sus confidencias seis meses más.

Los escritores y sus libros (sus amados libros) entran y salen del laberinto con familiaridad, desde el ubicuo Borges, que hizo del prólogo un género literario, hasta la novela iniciática de Kipling, a la que Nadna regresa cada primavera. Sus recuerdos son en parte los míos. En algunos me reconozco, otros me completan devolviéndome una experiencia olvidada o ajena. Valga como ejemplo la visita a la tumba de Yeats en Irlanda. Mientras leo el aguacero que sorprendió a Nadna y Mimianna junto al monte Ben-Bulben, busco con la mirada en un estante de mi biblioteca el volumen que contiene esa gota de lluvia que debiera haber sido de Yeats y acabó cayendo sobre el poema leído. Al abrir el libro, constato que la huella húmeda permanece en él. No deja de resultar emocionante esa correspondencia.

Uno de los momentos preferidos de Nadna es el que precede al inicio de un concierto, cuando los integrantes de la orquesta afinan sus instrumentos. Toses, murmullos, notas discordantes y crujidos de tarima se mezclan en la sala antes de ser engullidos por un gesto imperioso del director. En los prolegómenos del verdadero comienzo hay una sensación de expectativa, también de deleite. Es el olor del libro recién adquirido que leeremos al regresar a casa, o la oscuridad anterior al inicio de una buena película, o ese instante que posterga el bocado predilecto. Es también el prólogo que celebra lo que vendrá.

Todo prólogo debiera ser un pararrayos, decía Lichtenberg. No es éste el caso. Permitid; por tanto, que me arrellane en mi sofá, copa generosa en mano, tal y como Nadna me imagina, y mientras me parece escuchar su voz susurrándome al oído (‘el secreto está en dejarse ir, abandonarse...’) pase la página dispuesto a perderme una vez más entre los hilos mágicos del Ovillo.



Y yo se lo agradezco (sin que esto sustituya el pago de dos postres, que continúo debiendo).

Una de Quirós


Boulot

Siempre encuentras tus manos bajo el grifo
cada mañana, como si imploraran
en silencioso rezo que no, que no
quieren ir a la escuela, al taller
otro día más, aún más parecido
a ayer que a anteayer.
…………………………….. ¿Terminará
esto con tu llegada, Adonai,
Señor de los Seis Ceros? ¿Dónde tienes
que ir, a qué estación, a qué escalera,
para que las Bahamas se desnuden,
para que el sueño no te clave sus garfios
en los músculos, en la fe, en el aire?

No es esta agua que corre gélidamente
la que limpiará tus manos dormidas:
son tus dedos los que a duras penas
tratarán de parar el cauce infinito
del destino de cada día.

De "El día que me enamoré de mi BMW", de Raúl Quirós Molina.

El placer de escribir

Además de muy bebedor cuando bebía (pasaba periodos abstemios), era un gran devorador de libros y había sido muy putero en su juventud. Aunque recurría a ellas, las putas le desagradaban, y tal vez por eso prefería imaginar, cuando le escribía a su mujer, Nora, escenas que quizás tuvieron su correspondiente en la realidad pese a lo teatral de las figuraciones. Al fin y al cabo, Joyce había dicho una vez que «anhelaba copular con un alma». Hace ya bastantes años se hicieron celebres estas cartas obscenas, en las que el autor solía prometérselas muy felices cuando Nora y él volvieran a encontrarse (él estaba en Dublín, ella en Trieste, donde vivían habitualmente), y en las que incluso hallaba momentánea felicidad, ya que al final de más de una confiesa haberse corrido (son sus palabras) mientras escribía cochinadas: sin duda uno de los pocos escritores que han logrado con su pluma gratificaciones tan intensas.

Javier Marías, del capítulo “James Joyce en sus gestos”, de “Vidas escritas”.

Un momento

Debía haberlo previsto, debía haberme dado cuenta de que el tiempo pasa inexorable y que el momento se iba a dar en el ídem más insospechado. Deberían haber sido ya largos los días en que la elección se hubiera perfeccionado, las ponderaciones cumplidas: ¿Borges? Descartado, nada de cargar a los hijos con las propias obsesiones; ¿Algo ligero y universal como Cervantes?; O quizás poesía, pero nada ñoño o idiota y, sobre todo ¿Quién?; ¿Y en qué idioma? Todo debía de estar preparado, dispuestos los textos adecuados a su alrededor, a su paso, a la espera del momento.

Pero como siempre, el momento me ha pillado con el culo al aire – y, creedme, no hay mucho que enseñar al respecto – y este mediodía, mientras comíamos, mi hija ha leído sus primeras palabras motu propio: “tomate frito”.

Debo estar mal porque, con todo, me he emocionado

Robert Capa o la redención de la impostura

Federico Borrell, natural de Alcoy, murió en la cresta de una loma, cerca de Cerro Muriano, en Córdoba, a finales de octubre del treinta y seis, de un balazo en el costado, para que Robert Capa captara ese preciso instante con su Leica y obtuviera así una de sus fotografías más famosas y que la simplificación de lo repetido ha convertido en la representación de la guerra civil española.

O eso hemos creído hasta ahora.

Ahora que los expertos han descubierto que Borrell murió, efectivamente, en Cerro Muriano, a finales de octubre del treinta y seis, pero unas semanas después de que posara para Capa en otra localidad cordobesa, a quince kilómetros del frente, que simulara la muerte que le esperaba frente a la cámara de aquel; después de que se hayan confirmado las sospechas que se arrastraban desde hace treinta años de que todo fue una patraña, una camama. Una impostura.

Un engaño que quieren – que es – gigantesco por la importancia iconográfica de la imagen, por su dimensión colectiva, pero que también lo es desde un punto de vista íntimo y personal, desde la perspectiva individual de Capa: porque fue la fotografía fundacional de su carrera, la que le reportó el reconocimiento profesional necesario para continuarla, pero, sobre todo, porque se convirtió en una especie de declaración de principios de su trabajo como fotógrafo de guerra y que resumió en una frase célebre: «si la foto no es lo suficientemente buena es porque no estuviste lo suficientemente cerca» recordando con ello, entre otras cosas, que la bala que siempre creímos que mató al miliciano podría haberlo matado a él mismo.

El fraude ha sorprendido a los estudiosos, ha descolocado a los abonados a los mitos porque la fotografía en cuestión ha perdido todo su valor. Queda un paso para que todo el trabajo de Capa siga el mismo camino: con la misma facilidad con que ensalzamos, denostamos. Somos simples.

Y en realidad debería sorprendernos la sorpresa, porque Capa, de alguna manera denotó a lo largo de su vida aquella primera y fundamental impostura. Porque para empezar Robert Capa nació como un impostor, un fotógrafo norteamericano inexistente, creado por Gerda Taro para colocar sus fotos y las de su amante, Ernest Andrei Friedman; cuando Gerda murió poco después arrollada por un tanque durante la batalla de Brunete, Friedman asumió en solitario la personalidad de Robert Capa.

Pero, sobre todo, porque Capa se dedicó con ahínco casi desesperado a cumplir el resto de su vida con sus principios profesionales, aquellos que había conculcado en su primera fotografía, la que le había reportado el primer éxito. Así llevó al último extremo la peligrosidad de su trabajo, la proximidad del combate, y llegó a formar parte de las primeras oleadas de desembarco en las playas de Normandía, armado únicamente con su cámara Leica, o a saltar en paracaídas sobre territorio hostil. Siempre un poco más cerca. Un poco más. Como si cada centímetro de distancia que reducía le acercase, de alguna manera, al cumplimiento de una penitencia, al pago de una deuda contraída consigo mismo.
Un poco más cerca, hasta que pisó una mina en Indochina y murió dieciocho años más tarde que Federico Borrell. Me pregunto si escuchó el ínfimo chasquido de la espoleta antes de la explosión atroz. Si, por un instante, sonrió y pensó que por fin le llegaba la bala que nunca existió aquella lejana tarde cordobesa y, con ella, la redención.

Asesinato

Fragmento del atestado policial:

«Fecha y hora de autos: Domingo, 03:17 h.
Arma de color rojo metalizado, equipada con ABS + MSR, TCS + ESP (incluyendo EBA), airbags frontales y laterales, sistema isofix, llantas de aleación y espolier trasero con testigo de frenado y provista de un motor de 1400 cm3, que desarrolla una potencia de 85 cv y permite una aceleración de 0 a 100 Km/h en 11 segundos y una velocidad máxima de 180 Km/h, aunque la velocidad máxima permitida en cualquier vía es de 120 Km/h. Refiere un testigo de conocimiento que quedan pendientes de pago veinte cuotas y la final.
Edad de la víctima: 18 años».

Fin del fragmento.

Abriendo vías

Mademoiselle Henriette, Comtesse d’Angeville, nació para la Historia – para esta historia – el año 1838 en el que a la edad de cuarenta y cuatro decidió y logró llegar la cumbre del Montblanc, y no por el dudoso honor estadístico de ser la primera mujer en hacerlo, puesto que se le había adelantado una campesina natural de Chamonix y llamada Marie Paradis, sino por la manera en que lo hizo.

Mme. D’Angeville, en su condición no solo de condesa sino de miembro destacado de la alta sociedad y de los salones del París de la restauración, prescindió de cualquier veleidad montañera o deportiva y organizó una expedición que necesitó de doce porteadores para acarrear la impedimenta mínima adecuada para una señora. Entre otros adminículos, como una inimaginable bañera de campaña o una fiambrera con manjar blanco para su solo uso privado, gran parte de los bultos contenían las vituallas imprescindibles: sesenta botellas de vino ordinario, seis botellas de Burdeos, diez de Borgoña, quince de St-Jean, tres de brandy, dos de champán, una de sirope de arándanos y seis de limonada, veinte barras de pan, diez quesos, seis tabletas de chocolate, seis paquetes de azúcar, cuatro de prunas y de uva, dos de sal, seis limones… Se permitió ser menos estricta con la cuestión del vestuario y eligió un estampado de cuadros para su traje de escalada, con pantalones anchos, abrigo largo, una gran boina con una pluma mayor todavía y una larga boa negra. Así, tras una ascensión en la que no faltó un momento lo suficientemente penoso como para que la Condesa vislumbrara su propia muerte y demostrara su templanza rogando a sus guías que, si acaecía tan luctuoso hecho, tuvieran la bondad de llevar su cadáver hasta la cumbre, Henriette d’Angeville pisó por sí misma la cima del Montblanc. Su equipo se completaba – no lo he dicho – con su cuaderno de escritura y su correspondiente escribanía, lo que le permitió tomar las notas necesarias para escribir a su vuelta a la ciudad de la luz su libro “Mi escalada al Montblanc”.

No sorprende que tuviera que enfrentarse a una cierta incomprensión de su tiempo, aunque fuera acompañada de una suficiente dosis de fama social y consecuente grado de maledicencia. Sí es más sorprendente la animadversión que su gesto – no digo gesta – continúa despertando en la literatura que trata esa práctica que llamamos montañismo. Es casi unánime la opinión de que se trató de una excentricidad, casi de una rabieta de niña mal criada producida por sus celos hacia George Sand; todos los autores coinciden en señalar la heterodoxia de la expedición, la supuesta ridiculez del carácter de Henriette, absolutamente vana, desubicada, pretendiendo reproducir un salón elegante entre los Alpes y recurren cuando menos a la sorna para referir lo que consideran una mera anécdota, un paréntesis en la verdadera historia – o Historia – del Montañismo (Claire Elaine Engel, en su “A History of mountaneering in the Alps”, llega a la crueldad definiéndola como “a spinter who loved Mont Blanc because she had nothing else to love”. Me pregunto que parte de su biografía, que desconozco, impulsa a la señora Engel a ese desprecio por las solteras).

A mí, en cambio me parece que Henriette d’Angeville se limitó – es, de nuevo, una manera de hablar – a ser ella misma, a actuar de acuerdo a lo que su voluntad, su criterio y sus gustos marcaban, prescindiendo por completo de una consideración tan superficial como el qué dirán, huyendo de los caminos marcados por otros, afrontando quizás la incomprensión e incluso el ridículo (aunque la cantidad y calidad del alcohol etílico elegido, la bañera y la pluma y el papel indican un grado de civilidad extraordinario que compensaría, a mi entender, cualquier otra consideración).

Nada de esto sabría, pues nada sé de montañismo, sin el empuje de la curiosidad. ¿Quién era el personaje y por qué el elegido como determinado pseudónimo? Ya sé quién fue. No puedo saber a ciencia cierta la respuesta a la segunda parte de la pregunta, pero me parece realmente acertada la elección. Porque da nombre a alguien cuya independencia de criterio, cuya honestidad para consigo misma, cuya inteligencia y capacidad de perspectiva me han asombrado. Alguien que reconoce que no halla lo que esperaba encontrar, aunque para buscarlo se embarcara en un largo viaje y elige a su añorado rouge para contárselo; que afronta los días con unos loables desparpajo e ironía; alguien que no sucumbe al espejismo del éxito si no es el éxito lo que buscaba me recuerda mucho a aquella condesa francesa que hace más de ciento setenta años iba desbrozando su propio camino. Así que, a título personal, voto para que, ya sea en el lejano norte, ya sobre la marejada de un mar cercano y antiguo, la Comtessa d’Angeville continúe abriendo esa nueva y única vía en la montaña mágica que es la vida, sin perder esa brújula magnífica que es su propia, levantina y levantisca visión de las cosas.

Y yo que lo vea.

Solo se mueren los buenos.

O dicho en otras palabras: basta con que cualquiera profiera su último estertor para que le sean perdonados, cuando no obviados u olvidados, todos y cada uno de los pecados e inmundicias que cometiera en vida, como si la muerte supusiese suficiente castigo, como si la muerte fuese un castigo.

El fenómeno es perverso y repetido. El finado pasa de ser un ente abominable a convertirse en alguien adorable, y de hecho adorado, en el mínimo espacio de tiempo que se necesita para el trámite de morirse. Nada importa el merecimiento objetivo de la abominación o la adoración del sujeto. La muerte, al parecer, trae de serie el derecho a la hagiografía. Es común el hecho de que el grado de hipérbole de las alabanzas post mortem sea directamente proporcional a la cantidad de aspectos obscuros que contenga la biografía del muerto. Cuanto peor fue, o por peor lo tuvimos, en vida mejor será una vez muerto. Es así.

Otro fenómeno común es que serán quienes más denostaron, humillaron o ningunearon al neo-cadáver cuando todavía no lo era, los que más se llenarán la boca de palabras entrecortadas por la emoción, de pañuelos llenos de mocos, los que más se apresurarán a escribir necrológicas de página y media, los que antes buscarán una cámara, los que, a nada que se descuiden los auténticos deudos, encabezarán el cortejo fúnebre.

Y no deja de sorprender esta grandiosa y colectiva desfachatez, esta impudicia en torno de un acontecimiento – la muerte – que nuestra sociedad tiende a ocultar, a disimularlo, que hemos convertido en un tabú, algo que debe ocultarse a los niños. Cabría un resquicio para reconciliarnos con nuestro carácter humano si se pudiera entrever en esta incoherencia un intento de desagraviar al muerto, un rastro de respeto por los ancestros, un reconocimiento a los miedos atávicos de la especie a la que pertenecemos.

Pero ni eso.

Ni eso si atendemos a otra casualidad que se suele dar en muchos casos: el de la genialidad tras la muerte. De Van Gogh a Bolaño son innúmeros los casos de personas que pasaron su vida sin apenas reconocimiento por su obra, sus pensamientos o sus actos, cuando no fueron abiertamente vilipendiados o combatidos precisamente por ellos, que, una vez traspasados ven –es una manera de hablar – cómo esas obras o los frutos de sus pensamientos y sus actos cobran súbitamente una importancia capital para la historia del arte, de la literatura, de la fabricación de alpargatas… o de la música. Y entonces se organizan subastas, congresos, ediciones, recopilatorios, giras… Para mayor gloria de herederos y otros tipos de rémoras, pero nunca para la del muerto que bastante le importa ya el tema. Ni a él ni a los gusanos que se lo están comiendo.

Una declaración de principios

"Jamás compro un libro que no haya leído antes: sería tan estúpido como comprar ropa sin habérmela probado."
Helen Hanff, “84, Charing Cross Road

Parece lógico, sin embargo las editoriales y las empresas de venta de ropa por catálogo conspiran en defensa de unos intereses tan inconfesables como obvios para que esta actitud no se extienda entre el gran público.

Dos pavanas


¿Demasiada música clásica? Otorgadme un voto de confianza, cerrad los ojos y dejaos mecer. Escuchad:



"Pavane pour une enfante défunte", de Maurice Ravel



Gabriel Fauré, Pavane, opus 50.

Y contestadme: ¿Demasiada música?

Una de Calvino

Pero el viejo Ayulfo, casi adivinando que su hijo volvería tan triste y arisco, hacía tiempo que había amaestrado a uno de sus animales más estimados, un alcaudón, para que volara hasta el ala del castillo donde estaban los aposentos de Medardo, entonces vacíos, y entrara por la ventana de su habitación. Aquella mañana el viejo abrió la puertezuela al alcaudón, siguió su vuelo hasta la ventana de su hijo, y luego volvió a esparcir la comida a las urracas y a los paros, imitando sus trinos.

Al poco rato, oyó el ruido de un objeto arrojado contra la alambrera. Se asomó, y sobre una cornisa estaba su alcaudón rígido. El viejo lo retuvo en el hueco de las manos y vio que un ala estaba destrozada como si hubiesen intentado arrancársela, una patita estaba rota como oprimida por dos dedos, y un ojo lo tenía arrancado. El viejo apretó el alcaudón contra el pecho y se puso a llorar.

Se encamó aquel mismo día, y los sirvientes desde el otro lado del enrejado veían que estaba muy mal. Pero nadie pudo ir a asistirlo porque se había encerrado dentro escondiendo las llaves. En torno a su cama volaban los pájaros. Desde que se había acostado todos revoloteaban y no quería posarse ni cesar de batir las alas.

A la mañana siguiente, la nodriza, asomándose a la pajarera, vio que el vizconde Ayulfo estaba muerto. Los pájaros se habían posado todos en la cama, como sobre un tronco que flotara en medio del mar.
De "El vizconde demediado", de Italo Calvino

Una impostura sin impostora

El bebé de la foto fue el pasajero más joven del Titanic y quien más tiempo ha vivido tras su hundimiento, hasta su fallecimiento hace pocos días. Tales circunstancias, tan fortuitas como cualesquiera otras, han hecho que su nombre y su imagen obtuvieran la efímera fama de una noticia global. Se llamó Millvina Dean y tenía nueve meses cuando sucedió el accidente.

Tenía nueve meses y no guardaba ningún recuerdo de aquel día, que no existió para ella, como no existe para nadie nuestra primera infancia. No obstante, conforme el número de supervivientes iba decreciendo, aquel acontecimiento se fue haciendo cada vez más relevante para el resto del mundo. Los actos conmemorativos, las entrevistas siempre un poco más morbosas, más bizarras se fueron sucediendo con mayor frecuencia con el paso del tiempo, a pesar de que nunca ocultó la obviedad de que no tenía memoria alguna de aquel hecho. Finalmente, el éxtasis se cumplió con su muerte. Nada importaron los acontecimientos de toda una vida casi centenaria: a Millvina Dean la conocimos – la conocí – por haber sido la última superviviente del Titanic.

Vivió en una impostura impuesta. Más en sus últimos años, en que llegó a subsistir gracias al interés ajeno por un hecho que le sucedió en ese tiempo fantasmal que no existe realmente para nadie. Fueron los otros quienes se empeñaron en pedirle que jugara un papel que no le correspondía, quienes le preguntaban por aquel desastre, quienes la tenían por una opinión autorizada, olvidando el pequeño detalle de que sus opiniones valían tanto como las de cualquier otro. Solo el hecho de que reiterara una y otra vez la ausencia de recuerdos la salvó de ser ella misma una impostora.

Somos aficionados a la impostura, no importan los detalles si los detalles desvirtúan lo estético de una casualidad o de un acontecimiento. ¿Qué importa que el siglo o, mejor, el milenio concluya la nochevieja del 0 al 1 y no la del 9 al 0; no es acaso mucho más bonito celebrar la llegada del 2000, que la del 2001? ¿Qué importa que Cervantes y Shakespeare no murieran el mismo día del mismo año, que los separaran unas cuantas jornadas de vida; no queda mejor señalar un solo día del libro que maride sus muertes? Nos hemos afincado en el si non é vero, é ben trobato, olvidamos los detalles, obviamos la realidad. Nos engañamos y nos engañan.

Y así nos va.

De saltos

per Sant Joan et vaig fer el salt...

Adam Manyé, de "Entre malucs"

Astronomía


Anoche, ya de madrugada, cumplidas las celebraciones de su aniversario y devuelta la casa a ese cierto desorden que tenemos por orden, cogimos dos copas y dos sillas y ascendimos al terrado en busca de aire fresco, en todos los sentidos. Es raro, pero anoche fue la primera que disfrutamos de ese espacio que tanto nos prometíamos mientras no lo tuvimos. Y allí estábamos casi venteando la marinada, escuchando los grillos, bebiendo y diciéndonos pero qué bien que estamos, cuánta calma, qué paz... Y de ahí a levantar los ojos no hubo más que un desperezo. Entonces nuestros índices reconocieron las pocas constelaciones que conocemos, especulamos sobre tal o cual astro... ése rojo debe ser Marte... yo lo veo rojo... bueno, pues no será Marte, será la presbicia, qué quieres que te diga... ¡Qué calma, qué paz, qué lujo! Es lo que tiene vivir en un pueblo... ¿Cuánto hacía que no veíamos las estellas? La contaminación lumínica de las grandes urbes, es sabido ¡Qué infinito, qué vasto! Tenemos que hacernos con un telescopio y un atlas celeste porque esto no se puede desaprovechar... Donde esté el cielo y sus estrellas, que se quite la tele.


Y las avenidas iluminadas llenas de gente,


y los bares y los teatros y los cines


y los paseos


y la ciudad


y aquella vida...

Una de Alberti

- Noticiario de un colegial melancólico –

NOMINATIVO: la nieve
GENITIVO: de la nieve
DATIVO: a o para la nieve
ACUSATIVO: a la nieve
VOCATIVO: ¡oh la nieve!
ABLATIVO: con la nieve
de la nieve
en la nieve
por la nieve
sin la nieve
sobre la nieve
tras la nieve

La luna tras la nieve
Y estos pronombres personales extraviados por el río
y esta conjugación tristísima perdida entre los árboles.

Buster Keaton

Rafael Alberti, de “Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos

Una de Monterroso

- Gallus aureorum ouorum -

En uno de los inmensos gallineros que rodeaban la antigua Roma vivía una vez un Gallo en extremo fuerte y noblemente dotado para el ejercicio amoroso, al que las Gallinas que lo iban conociendo se aficionaban tanto que después no hacían otra cosa que mantenerlo ocupado de día y de noche.

El propio Tácito, quizá con doble intención, lo compara al Ave Fénix por su capacidad para reponerse, y añade que este Gallo llegó a ser sumamente famoso y objeto de curiosidad entre sus conciudadanos, es decir, los otros Gallos, quienes, procedentes de todos los rumbos de la República acudían a verlo en acción, ya fuera por el interés del espectáculo mismo como por el afán de apropiarse de alguna de sus técnicas.

Pero como todo tiene un límite, se sabe que a fin de cuentas el nunca interrumpido ejercicio de su habilidad lo llevó a la tumba, cosa que le debe haber causado no escasa amargura, pues el poeta Estacio, por su parte, refiere que poco antes de morir reunió alrededor de su lecho a no menos de dos mil Gallinas de las más exigentes, a las que dirigió sus últimas palabras, que fueron tales: “Contemplad vuestra obra. Habéis matado al Gallo de los Huevos de Oro”, dando así pie a una serie de tergiversaciones y calumnias, principalmente la que atribuye esta facultad al rey Midas, según unos, o, según otros, a una Gallina inventada más bien por la leyenda.

Augusto Monterroso, de “La oveja negra y demás fábulas”.

Creo

"Haïku pour Tiananmen", de Bernard Olivier Lancelot

Aunque no es esta la imagen que recuerdo de aquella noche, sino la de un cerebro humano intacto sobre una acera olvidado probablemente por las prisas de las autoridades en hacer desaparecer el resto del cadáver.

¿Y después qué?


No causan pena. Sus sueldos son obscenos, las masas los idolatran y corean sus nombres como un mantra expiatorio de los propios pecados colectivos, de las propias miserias individuales. Les creen y les hacen creer dioses omnipotentes. El mundo – o la reducción que es su mundo – está literalmente a sus pies. Han tocado la gloria.

No causan pena. Aunque tengan veinte años y nadie les haya contado que el resto de su vida no será más que un pálido recuerdo de este momento, que solo resta la decadencia.

¿Cadena perpetua?


Hoy tenía que solventar un problema trivial y acuciante del trabajo alimenticio que tanto me ocupa y tan poco debería importarme. Anoche dormí poco, pero soñé con la Irlanda de Böll. Antes de amanecer ya estaba en la mesa colapsada de papeles. Tarareando, aunque no me he dado cuenta de que lo hacía hasta que, entrada la mañana, cuando parecía que el problema iba a salir victorioso sobre mis esfuerzos, alguien ha hecho un comentario fastidiado sobre mi indiferencia al respecto.

¿Indiferencia? Quizás sí, aunque mis palpitaciones o el agobio de los últimos días parecieran descartarla y me temo que sonaba más a una de esas conexiones a las que tiende mi hipotálamo.

Ahora que todo ha pasado y la victoria ha caído de mi lado, reconozco la tonada. Imaginadme con las piernas estiradas y los pies cruzados sobre la mesa, las manos tras la nuca. Imaginad que suenan las notas de la "Canzonetta sull'aria" de "Le nozze de Figaro", de Wolfgang Amadeus Mozart:




Tendré que plantearme, no obstante, por qué llevo todo el día pensando en una escena de una película carcelaria.

Shock

Se muerde los labios, las uñas hundidas en la piel estremecida y líquida, sin advertir los fosfenos que explotan tras los párpados apretados al ritmo sincopado de sus gemidos.





Y no sabemos – no sabe – si lo que espera es la culminación del sexo o del terror.

¿Dónde?




- Una mujer desnuda y en lo oscuro -

Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.

Mario Benedetti

No debería tomarse esta mirada como un insignificante homenaje a Benedetti o como un pobre intento de señalar su muerte en mi calendario personal (con retraso, además), porque debo confesar que tales ejercicios me harían caer en una impostura incómoda ya que parecería encuadrarme entre las legiones de sus lectores. Y no es el caso. Yo a Benedetti lo he leído muy poco. Más bien lo oí mucho durante una época en la que pasaba muchas horas conduciendo y alguien me regaló un disco en el que contaba (que no parecía leer) algunas de sus relatos cortos. Eso, lo admito, creó un cierto vínculo íntimo entre nosotros, pero no lo suficiente como para convertirlo en uno de mis escritores favoritos. De injusticias está el mundo lleno.

Yo, insisto, a Benedetti lo he leído poco, pero por una de esas coincidencias jungianas a las que estoy empezando a acostumbrarme, una de las pocas cosas que he leído y puedo identificar como suya es el poema que antecede. La coincidencia radica en que es el texto que Ossip ha elegido para comentar a Meryone y que Meryone ha tenido a bien desplegar ante mí y para mí. Entre ambos momentos yo he repetido el juego de palabras que se me ocurrió cuando lo leí por primera vez (y que lo fijó en eso que llamo mi memoria): ¿Dónde dice que tiene una claridad?

No debería tomarse esta mirada por lo que no es, pero sí como un humilde guiño de consuelo para aquellos que sí están un poco más tristes porque Benedetti se murió.

¿De qué otra manera cabe?


" - Els amants –

La carn vol carn
Ausiàs March

No hi havia a València dos amants com nosaltres.

Feroçment ens amàvem des del matí a la nit.
Tot ho recorde mentre vas estenent la roba.
Han passat anys, molts anys; han passat moltes coses.
De sobte encara em pren aquell vent o l’amor
I rodolem per terra entre abraços i besos.
No comprenem l’amor com un costum amable,
Com un costum pacífic de compliment i teles
(i que ens perdoni el cast senyor López-Picó).
Es desperta, de sobte, com un vell huracà,
I ens tomba en terra els dos, ens ajunta, ens empeny.
Jo desitjava, a voltes, un amor educat
I en marxa el tocadiscos, negligentment besant-te,
Ara un muscle i desprès el peçó d’una orella.
El nostre amor és un amor brusc i salvatge,
I tenim l’enyorança amarga de la terra,
D’anar a rebolcons entre besos i arraps.
Què voleu que hi faça! Elemental, ja ho sé.
Ignorem al Petrarca i ignorem moltes coses.
Les Estances de Riba i les Rimas de Bécquer.
Després, tombats en terra de qualsevol manera,
Comprenem que som bàrbars, i que això no deu ser,
Que no estem en l’edat, i tot això i allò.

No hi havia a València dos amants com nosaltres,
Car d’amants com nosaltres en són parits ben pocs”

Del “Llibre de maravelles”, de Vicent Andrés Estellés.

Fue una cita escondida en un resquicio de un párrafo del “Der Zauberberg” la que me provocó la sonrisa de un recuerdo. Mi memoria es lo mala que es, pero el verso favorito de un poema preferido de juventud no se olvida y, además, ahora mi vida vuelve a ser algo más sencilla, así que no tuve más que buscar en la estantería el lomo rojo del librito que lo contiene para reencontrarlo.

¿Reencontrarlo? No exactamente. Una pregunta íntima acompañaba siempre a este poema: ¿De qué otra manera cabe? De qué otra manera se puede amar si no como describe el poeta. Pero era una pregunta joven, de cuando todo parece permanente, inmutable. Puede que haga más de quince años que no volvía a leerlo íntegro, detenidamente y quince no es nada pero son muchos: tantos como para que tenga respuesta a aquella pregunta de juventud; los suficientes para que el poema tenga ahora una intensidad y una profundidad que desconocía entonces. Habla de amor, sí, pero más de la proeza de mantener la pasión, de lo justo del orgullo de haberla mantenido.

Cécile


Aviso a navegantes y lectores:

Lo que sigue bien podría ser un relato corto per se, pero en realidad es el duodécimo y último capítulo del "Bonjour Tristesse" de Françoise Sagan. Queda dicho para aquellos que tengan ésta como una lectura pendiente y consideren todavía que la anécdota que explica una novela no es un elemento absolutamente prescindible y trivial de la obra literaria. En otras palabras: ojo, que si seguís leyendo sabréis cómo acaba.



El entierro se celebró en París con un hermoso sol, una multitud curiosa, vestidos de luto. Mi padre y yo estrechamos la mano a viejas parientas de Anne. Las miré con curiosidad: seguramente habrían venido a tomar el té a casa una vez al año. Todos miraban a mi padre con lástima… Webb debía de haber corrido la noticia de la boda. Vi a Cyril que me buscaba a la salida. Lo evité. El sentimiento de rencor que experimentaba hacia él era totalmente injustificado, pero superior a mis fuerzas… La gente a nuestro alrededor deploraba el estúpido y espantoso suceso y, como yo albergaba mis dudas sobre el carácter accidental de aquella muerte, sentía cierta satisfacción.

En el coche, a la vuelta, mi padre me cogió la mano y la apretó en la suya. Yo pensé: “Sólo me tienes a mí y yo solo te tengo a ti, estamos solos y somos desgraciados”, y, por primera vez, lloré. Eran lágrimas bastante agradables, no se parecían en nada a aquel vacío, aquel terrible vacío que sintiera en la clínica ante la litografía de Venecia. Mi padre me alargó el pañuelo, sin decir palabra, con la cara descompuesta.

Durante un mes vivimos ambos como un viudo y una huérfana, comiendo y cenando juntos, y sin salir jamás. Hablábamos un poco de Anne de cuando en cuando: “Recuerdas aquel día que…”. Hablábamos de ella con precaución, sin mirarnos, por temor a lastimarnos o que se disparase algo en alguno de nosotros que llevase a pronunciar palabras irreparables. Tales prudencias y dulzuras recíprocas tuvieron su recompensa. Pronto pudimos hablar de Anne con un tono normal, como de un ser querido con quien hubiéramos sido felices y a quien Dios había llamado a su seno.

Escribo Dios en vez de azar. Pero no creíamos en Dios. Bastante suponía en tales circunstancias creer en el azar.

Hasta que un día, en casa de una amiga, conocí a un primo suyo que me gustó y a quien gusté. Salí con él durante una semana con la frecuencia e imprudencia de los comienzos del amor, y mi padre, poco hecho para la soledad, hizo lo propio con una joven bastante ambiciosa. La vida volvió a ser como antes, como estaba previsto que volviera a ser. Cuando nos vemos, mi padre y yo nos reímos, hablamos de nuestras conquistas. Seguro que le consta que mis relaciones con Philippe no son platónicas, y a mí me consta que su nueva amiga le sale muy cara. Pero somos felices. El invierno toca a su fin, no alquilaremos la misma casa, sino otra, cerca de Jean-les-Pins.

Pero cuando estoy en la cama, al amanecer, sin más ruido que el tráfico de París, a veces me traiciona la memoria: vuelve el verano con todos los recuerdos. ¡Anne, Anne! Repito ese nombre muy quedo y durante mucho rato en la oscuridad. Entonces algo sube por mi interior y lo recibo llamándolo por su nombre, con los ojos cerrados:

Buenos días, Tristeza.

Buenos días Tristeza” de Françoise Sagan.

Dos de Wan Wei


Todo lo que hay en el mundo es como un sueño;
Enloquezco y me canto a mí mismo, quizás.
Pregunto los años que suman los viejos pinos,
Muchos bosques de bambú me son país, refugio.
Le digo a Han Kang que me venda las hierbas medicinales,
Al maestro Xiang le permito que atraviese mi portal.
Tumbado en la estera, con el cojín, me sorprende una sospecha:
Si lo que veo no existe, ¿Por qué son blancas las nubes?


- poema casual –

Me he hecho viejo; me da pereza escribir poesía.
Ahora es la vejez mi única compañía.
Equivocadamente, fui poeta en otra vida,
Encarnado en un tiempo lejano, pude ser pintor.
No puedo rechazar las costumbres que me quedan.
Por azar me conocen los hombres de este mundo.
Mi nombre y apellido son, es cierto, auténticos.
Todavía nada sabe, nada sabe mi corazón.


Algunos tramos del segundo poema los podría haber suscrito Borges, pero en realidad lo escribió (o algo parecido, esto es una traducción de una traducción) Wan Wei, que fue poeta, pintor, filósofo, político, mil doscientos años antes de que naciera aquel.

El último verso del primer poema siempre me ha parecido uno de los mejores y más bellos planteamientos de una duda fundamental.

¿Dijiste Rock?

All we ever wanted was everything,
all we ever got was cold.
Get up, eat jelly, sandwich bars and barbed wired;
squash every week into a day.
Oh!
The sound of the drum is calling.
The sound of the drum has called!
Flashing views shout out of darkness.
Factory town.
Oh, to be the cream!
Oh, to be the cream!..

"Al we ever wanted" de Bauhaus.



Deja pasar el tiempo suficiente, permite que ocurran los acontecimientos de media vida y no habrá nada más clásico que un tema de rock. Que ese tema de rock (aunque la versión del disco sea mejor).

Y el miedo a mi propia muerte desapareció

Pie Iesu Domine
dona eis requiem,
dona eis requiem.
Dona, oh dona, Domine,
dona eis requiem,
sempiternam requiem,
sempiternam requiem,
sempiternam requiem...
me cantó Lucia Popp (una de mis muertas favoritas).




"Pie Iesu", del "Requiem" de Gabriel Fauré.

preHistoria


Tanto acopio de monedas y valor le habían deformado el bolsillo derecho de la chaqueta. Cualquiera era buena, pero escogió aquella. Un suspiro descolgó el auricular mientras buscaba el valor entre las monedas. Tenía que hacer esa llamada. La puerta de la cabina hizo un sonido extraño al cerrarse.

Insurrección

… una lúgubre noche de noviembre vi mis esfuerzos coronados. No hubo tormentas, ni galvanismos, ni espectaculares descargas eléctricas, la chispa vital no cayó del cielo. Fue tan sencillo como el impulso voluntario con que Darwin animó un fideo dentro de una vitrina.
A las tres y treinta y dos minutos del día dos, unos ojos turbios de sueño se abrieron por segunda vez al mundo. El secreto estaba cerca. No hubo azotes, ni lloriqueos, tan solo un correcto “buenos días”.
- ¿Quién es usted y qué hace aquí?
Reprimí una sonrisa paternal.
- Soy tu creador.- le concedí unos minutos de desconcierto antes de responder a la segunda pregunta, pero se levantó indignado.
- Tengo hambre.
- No sé si le conviene comer tan pronto.
- Comeré cuando me plazca. Gracias.– Mientras hablaba, su mano izquierda cedió y se fue al suelo; del antebrazo comenzó a manar un líquido seroso.
Había tiempo para corregirlo. Estudié en su mirada la angustia del náufrago que detecta un pinchazo en el bote. Después hice acopio de profesionalidad, le empujé suavemente sobre la camilla y levanté su brazo para cortar la hemorragia.
- Respire hondo que no pasa nada.
Silbando, fui hacia el botiquín y saqué unos apósitos.
- Esto ocurre con relativa frecuencia – mentí-. Sujete aquí.
Puso un dedo en el extremo de la venda.
- Apriete más.
No había cortado aún el esparadrapo cuando el dedo cedió y fue a parar a un bolsillo de mi bata.
- Vaya por Dios; no pasa nada – repetí, y con la punta del zapato arrastré la mano muerta bajo la camilla.
- ¿Qué me ocurre? – seguía mirándose sin creer lo que veía. Opté por la demagogia.
- Mire, es un problema del sistema hemostático, sucede una vez de cada cien. Si confía en mí no le pasará nada.
Aún no había terminado de hablar cuando se desgajó de raíz el brazo que estaba vendando. Mejor así, de qué servía un brazo sin mano. Tuve que arrancarle el otro porque lo había enroscado alrededor de mi cuello. Recuperada la simetría, se tumbó y rompió a llorar.
- Venga hombre, no sea criatura, - Inmediatamente caí en lo inoportuno de mis palabras y cambié de estrategia. – Piénselo bien, la vida eterna, la resurrección, siempre ha sido el gran anhelo de la humanidad. Usted murió en un accidente de circulación. Yo le he devuelto al mundo. Debiera estarme agradecido y no se le ocurre otra cosa que ponerse a llorar como si fuese un recién nacido. – Callé de nuevo, arrepentido.
- ¿Le he pedido acaso que me resucite, desgraciado? No puedo ni rascarme la nariz.
Buscando la reconciliación, traté de eliminar sus picores. Pueden imaginar lo que ocurrió. Con la prueba del delito entre el índice y el pulgar, soporté una retahíla de insultos pronunciados con voz de catarro. Lo miré y me recordó la Venus de Milo. Estaba a punto de preguntarle si deseaba que le devolviera a su anterior estado cuando recordé el principal objetivo, la obsesión de mis experimentos.
- ¿Qué ocurre cuando uno muere?
Él se miraba los pies estupefacto.
- Estos pies…, yo tenía los pies más grandes.
- Verá, el accidente fue muy aparatoso, no pude aprovechar gran cosa.
- No podré volver a caminar – gritó con voz nasal.
Le ayudé a levantarse. Esbozó dos pasos y se fue al suelo como un muñeco de trapo. La pierna izquierda salió despedida contra la pared, la derecha se le quedó junto a la cara. El suelo se tragaba sus palabras.
- Si insiste usted en ignorar mis instrucciones no respondo de las consecuencias.
Le devolví a la camilla y comencé a taponar aberturas. Al cabo de un rato me arrepentí de no haber comenzado por la boca. Cuando concluí, el laboratorio parecía un taller de desguace: manos y piernas por el suelo, charcos de un color insano, vendas empapadas, instrumental quirúrgico brillando a la luz del fluorescente y, en el centro del alboroto, una especie de paquete envuelto para regalo, con una cabeza en su extremo.
- ¿Se siente mejor? – Yo sí me encontraba bien, eufórico incluso. El experimento era un éxito.
Movió la cabeza con incredulidad, se acordó del resultado de anteriores movimientos y optó por regresar a un prudente reposo. Quedaba excluida cualquier posibilidad de rebelión, máximo desvelo de todo creador. Descorché la botella de las celebraciones y puse una copa en sus labios. Bebió con tanta avidez que el líquido se derramó por el boquete de la nariz. Tosió. Una oreja rebotó en la camilla. Volvió a toser. Le apliqué otro paquete de vendas mientras el champán se calentaba en la botella, no soporto el champán caliente. Me acerqué zalamero a su única oreja.
- ¿Qué ocurre cuando uno muere?
No contestó. Había pasado por alto una forma de sublevación, la silenciosa. Repetí la pregunta elevando el tono de voz, él se limitó a dar un respingo. Entonces fui consciente de mi poder: podía estrangularle, dejarle morir de hambre, prolongar su vida miserable. Le tenía a mi merced. Apreté los puños y respire hondo. Un escalofrío de perversidad me recorrió la columna. Cogiéndolo por los hombros, incorporé lo que quedaba de mi creación. Sus labios se plegaron en un rictus irónico. Antes de hablar escupió un diente:
- No creo en ti, yo ya estoy muerto – dijo, y soltó un diente más.
Mis manos se crisparon en su cuerpo, una de las heridas volvió a abrirse. El resultado de mis experimentos se vaciaba como una cantimplora. Comenzó a extrañarme que aún siguiese vivo, solo era una cabeza deforme sustentada por un amasijo de vendas. Le traté con amabilidad, prodigué promesas de reconstrucción, apelé a su sentido común. Dado que no lograba convencerle, insinué mi posición de privilegio: en vano. Era evidente que podía oírme porque a ratos esbozaba una sonrisa tan insufrible que, cuando quise darme cuenta mis brazos habían lanzado su cuerpo contra un rincón del laboratorio.
Cayó con un crujido de fruto seco. Me acerqué a él creyendo que había muerto, pero se aferraba a su segunda existencia. Un hilo de baba unía su boca con la oreja que le quedaba. Me incliné y formulé nuevamente la pregunta.
- ¿Qué ocurre cuando uno se muere?
Antes de contestar, trató de ofrecerme una sonrisa postrera.
- Que un indeseable te resucita – dijo, y el último esfuerzo desenroscó su cabeza del tronco.

José A. Sánchez Lorenzo.
Para nuevos y mayores deleites: http://fugartesinmas.blogspot.com/

Aria mit verschiedenen Veränderungen vors Clavicimbal mit 2 Manualen





Johann Sebastian Bach. Las "Variaciones Goldberg" en las manos de Glenn Gould

Porfiar

Nadie logra todo lo que se propone. En este sentido, todos somos fracasados. Lo importante es pues no desfallecer en el continuo esfuerzo por organizar y desarrollar nuestras vidas.

Joseph Conrad. De “Una cuestión de honor”.

Leído en un ensayo obsesivo del “Stabat Mater” de Pergolesi, en clausura por una tormenta desatada y un tobillo esguinzado.

Lucas, sus desconciertos


Allá por el año del gofio Lucas iba mucho a los conciertos y dale con Chopin, Zoltan Kodaly, Pucciverdi y para qué te cuento Brahms y Beethoven y hasta Ottorino Respighi en las épocas flojas.

Ahora no va nunca y se las arregla con los discos y la radio o silbando recuerdos, Menuhin y Friedrich Gulda y Marian Anderson, cosas un poco paleolíticas en estos tiempos acelerados, pero la verdad es que en los conciertos cada vez le iba de mal en peor hasta que hubo un acuerdo de caballeros entre Lucas que dejó de ir y los acomodadores y parte del público que dejaron de sacarlo a patadas. ¿A qué se debía tan espasmódica discordancia? Si le preguntás, Lucas se acuerda de algunas cosas, por ejemplo la noche en el Colón cuando un pianista a la hora de los bises se lanzó con las manos armadas de Katchaturian contra un teclado por completo indefenso, ocasión aprovechada por el público para concederse una crisis de histeria cuya magnitud correspondía exactamente al estruendo alcanzado por el artista en los paroxismos finales, y ahí lo tenemos a Lucas buscando alguna cosa por el suelo entre las plateas y manoteando para todos lados.

- ¿Se le perdió algo, señor?- inquirió la señora entre cuyos tobillos proliferaban los dedos de Lucas.

- La música, señora – dijo Lucas, apenas un segundo antes de que el senador Poliyatti le zampara la primera patada en el culo.

Hubo asimismo la velada de lieder en que una dama aprovechaba delicadamente los pianissimos de Lotte Lehman para emitir una tos digna de las bocinas de un templo tibetano, razón por la cual en algún momento se oyó la voz de Lucas diciendo: “Si las vacas tosieran, toserían como esa señora”, diagnóstico que determinó la intervención patriótica del doctor Chucho Beláustegui y el arrastre de Lucas con la cara pegada al suelo hasta su liberación final en el cordón de la vereda de la calle Libertad.

Es difícil tomarle gusto a los conciertos cuando pasan cosas así, se está mejor at home.

Julio Cortázar. De "Un tal Lucas".

La canción de Sabine



Aunque otros la conozcan como "As when the dove..." de "Asis & Galatea" de Georg Friedrich Haendel.

Cuarteto

I

Detienes
Apenas un gesto
el seco perfil del tiempo


II

Cruda
Como una mañana de invierno,
De líneas nítidas hasta el horizonte,
De colores primeros.
Todo el brillo de tus ojos,
Que anuncian
en silencio
la suave sucesión del silencio.


III

Conozco
el interior de tus párpados,
el sabor del sol en tu piel

Conservo
Recuerdos de tu infancia
Ese desconocido tiempo imposible


Todo y, con todo,
Te descubro a cada momento
Deslumbrado
En la sorpresa de un niño.


IV

Hay épocas
En las que vivimos un tiempo aplazado,
En las que no pisamos las baldosas que pisamos,
Ni duramos, pero transcurrimos.
Días que se suman a la espera
De otros días que sí serán,
Olvidados, informes.
Edades que se niegan,
Que nos negamos.
Retratos en los que nos somos irreconocibles
Con una tranquila mirada desesperada.
Épocas perdidas entre otras
quizás
más afortunadas.
Épocas, edades, retratos sin memoria
Que amenazan
Con ser la vida.

Dos de Espriu

- Petita cançó de la teva mort -

La teva mare broda
en el carrer de l'Om.
La teva mare broda,
broda claror.

La teva mare canta
una cançó,
la vella història trista
d'un gran amor.

La pluja li contava
la teva mort,
la pluja li contava
com has mort sol.

Albes de fred agrisen
tot el record.
La teva mare plora
en el carrer de l'Om.

de "Les hores".




- Final del laberint -

Quan aquells dits sensibles
Toquin músiques fràgils
I lentamente vacil·lin
Llums canviants de ciris,
Surt de la festa. Mira
Quanta nit, quina extrema
Solitud se t’emporta,
Per la rialla, a l’home
Justificat i lliure
Que neix del teu silenci.


Salvador Espriu

De ranas y príncipes


En la página izquierda.

En la página derecha, manuscrito en tinta fluida azul. Probablemente de estilográfica:

Los príncipes azules no existen. Las ranas, sí. Así que es muy probable (seguro) que con quien estemos, hayamos estado o lleguemos a estar liados sea una rana y no un príncipe azul. Y eso no es necesariamente malo. Al menos para nosotros. Otra cosa es para las ranas.

Porque la vida de rana tiene sus altibajos y no solo por su estilo semoviente. Hoy está en esta charca, tan tranquila y conformada (o no, pero es igual) y mañana la charca se ha secado o se ha llenado de otras ranas, que no se cabe. Y todas croando y esperando que les crezca pelo.

Y llega el presunto príncipe azul. ¿Es todo alegría, entonces? No! Imaginemos el pavor de la rana cuando se ve atrapada por un animal cincuenta veces mayor que ella y que lo primero que hace es llevársela a una boca de labios fruncidos. Su duda (semejante a la del neonato justo antes de serlo): ¿pasaré por ahí? (porque las ranas nada saben de besos y sí mucho de degluciones). Su estupor ante su primer ósculo. Y todo lo que le sigue. Las largas conversaciones para conocerse, los avances epidérmicos, la primera visita a casa de esas criaturas llamadas suegros, la presión de fijar la fecha de una vez, la presión de la fecha fijada… Y no sigo, por no herir susceptibilidades.

Eso sí, entonces ya no hay que esperar a que la rana le crezca pelo. Solo ahorrar (que los bancos ya no dan créditos) para implantárselo.

Llegados a este punto (que es final) tan solo quedaría pendiente dilucidar lo que somos: ora ranas ora príncipes azules (o princesas azulas).

Aldea global

Que sí, que ya sé que toca aniversario, que no necesito dejar de atender dieciséis llamadas para darme por aludida. Que no se me ha olvidado. ¡Ojalá! Pero cómo se me va olvidar. Con lo que me gusta a mí recordar que tal día como aquel... Y con tanta insistencia, que no se le acabará la batería, no... Además, con lo bien que me está yendo todo últimamente me viene de fábula el viaje, el gasto y todo lo demás. Pero cuelga, hombre, cuelga... Que sí, que ya sé... y tú deberías saber que sé... ¿Él? ¿Qué quiero que sepa, que entienda?

"¡Dime, papá!.. Que sí, que ya sé..."

AntePasado

El tío Jesús era guapo y calavera. Guapo como debían ser los señoritos de aquella época. Alto y moreno, con los ojos muy obscuros y una mirada inteligente e irónica, descreída. Así lo muestra la única foto que conozco de él.

Y calavera, como sólo podían ser los señoritos de la época. No era extraño que desapareciese después de cenar en el casino. Se recuerda aquella ocasión en que preocupó a las mujeres de la casa después de una semana de ausencia. Hasta que, camino de misa de mañana, lo encontraron el domingo, sentado en uno de los veladores de la cooperativa, con dos señoritas de equívoco aspecto y profesión cierta. Ni disimular pudieron. “¡Adiós madre! ¡Teresa!”, a gritos, con el brazo en alto. Mi abuela Teresa siempre contó que tuvo que rezar mucho aquel día. Por los pecados de su hermano. Por su propio impulso de asesinarlo, allí mismo, en la cooperativa.

El tío Jesús era hijo de Don Constantino, uno de los terratenientes del lugar, que además era alcalde del pueblo en aquellos primeros treinta convulsos. El bisabuelo Constantino no se las daba de liberal precisamente y, en una ocasión en que los gañanes se planteaban una huelga, la evitó mediante expeditivos métodos. Guardia Civil mediante. Don Constantino y su hijo no eran precisamente santos de la devoción del proletariado militante del lugar. Y amor con amor se paga...

Liberto era uno de los gañanes del pueblo. De los más combativos. De la FAI. Le debía al bisabuelo algún año de cárcel y algún golpe. Liberto tenía un hijo.
Y aquí empieza realmente la historia.

Una tarde de invierno, ya anochecido, el Tío Jesús se hallaba en la tertulia de la rebotica de la farmacia de Don Baltasar, el suegro de su hermana (la misma farmacia que fuimos a visitar los primos en parvá sesenta años después), cuando entró el médico resoplando el frío que llevaba en los huesos. A la mirada de mi bisabuelo el farmacéutico, negó con la cabeza, pesaroso. “Nada que hacer aquí. Si pudiera ir a la capital...” El silencio repentino le hizo explicar. “El hijo de Liberto, que está mal y como no lo lleven rápido a un hospital, se nos quedará”. Cuentan que el tío Jesús no dijo nada. Se acabó el coñac y encendió un puro. Sorprendió su silencio, porque lo natural hubiera sido un chascarrillo cruel y divertido. Al cabo, se despidió y salió a la noche helada.

No dijo nada a nadie porque a nadie debía explicaciones. Se presentó en la casa de Liberto. Con su coche. “Coge al crío en una manta y veniros tu mujer y tú”. Y sin mediar más palabra enfilaron las carreteras de entonces hasta el hospital. Allí sufragó la hospitalización del crío y la estancia de los padres. Pero eso se supo más tarde. Algunos años más tarde. En el treinta y seis.

En el treinta y seis, pocos días después de empezada la guerra, dos camiones del pueblo de al lado con las insignias de la CNT se dirigen a la hacienda de Don Constantino. Todos los años de opresión punzando en los cañones de las armas que han repartido a los milicianos. Saben que él no está y esperan que no vuelva nunca. Saben también que sí encontrarán a su hijo Jesús. Ya tienen la finca a la vista y, al girar un recodo se encuentran a la facción del FAI local sentada tranquilamente sobre un carro atravesado en el camino. La discusión fue breve. Ni un pelo. Liberto tenía mucho más pasado y agallas que todos los allí presentes. Ni un pelo, ni él ni a su familia. Sin más explicaciones.

Y así fue toda la guerra. Hasta que Liberto y los suyos perdieron. Hasta que llegaron los otros, que sí habían perdido familiares en otros paseíllos, haciendas, una vida. Que no entendieron, que no quisieron entender porqué no le había sucedido lo mismo al tío Jesús. Que no le quisieron perdonar que confraternizara con el enemigo.

Prendieron a muchos de mi familia. A mi abuelo Ángel, el hijo del farmacéutico, por liberal; al tío Gumer, por diputado socialista... Pero solo mataron al tío Jesús. Por guapo y calavera. Por ser de los suyos y no haber muerto cuando debía.
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